jueves, 10 de junio de 2021

Cuarenta días de ayuno de pan y agua (día 8)




A medida que la evangélica viga del ojo, del mío, se aparta por la fuerza del ayuno la luz entra en mi interior con una energía inusitada, limpia de porquerías. Es como si hubieran abierto de par en par las compuertas de un hermoso Castillo medieval por donde hace su entrada triunfal el valeroso Batallón de Ángeles del Cielo cuya misión es formar militar y espiritualmente a los Ejércitos de la Santísima Virgen. 


Desde el primer momento, desde el primer día que comencé a caminar por el desierto, las fuerzas físicas sé que se multiplicarían, que no me abandonarían, porque Dios nunca abandona al que tiene puestas sus Esperanzas en Él. Ya he podido sentir en otros ayunos, menos rigurosos y menos complicados que éste, como mi cuerpo a menor cantidad de alimentos ingeridos, menos esfuerzos gasta en desalojar una -mala- energía mayormente adulterada. Azúcar, harina, la sal, las carnes, los condimentos, lo dulce, lo salado, las verduras, las frutas, todo, desde hace tiempo, me sentaba mal. En vez de recibir fuerzas, me la quitan. 

La mayor parte de la cadena alimenticia, tanto por aire, mar como por tierra, está en las pocos saludables manos de la Mafia distribuidora y sus diferentes chiringuitos autonómicos. Está absolutamente podrida por la inoculación criminal de productos químicos nocivos para el consumo humano. Hace tiempo que una gran mayoría de médicos cambiaron su conducta ética y profesional por la de ser meros expendedores de medicamentos. "Sus supositorios" "Gracias". Ganas lo mismo y acabas antes con la técnica: "... Vamos, que pase el siguiente...!!". Cuando servidor bebía como un cosaco, y comía como un vikingo adolescente, hablo de hace cinco o seis años, me dió una subida de tensión. Normal. Si anda, come y vuela como un pato, es un pato Pues bien, yo era un pato y un ganso a la vez. Comía y bebía lo que me echasen. La doctora No Se Qué, experta en hablar sin decir nada concreto, me recetó unas pastillas para la tensión que dejé automáticamente cuando perdí unos kilos y dejé de beber como un escocés. Me dijo literalmente la doctorcilla sanitaria: "Estás pastillas son para toda la vida, no la puedes dejar de tomar". 

Supuestamente, me moriría si no la tomaba. Pues bien, hace años que no tomo una de esas pastillas y aquí sigo vivo en un desierto abrasador rodeado de bestias y alimañas hambrientas. De vez en cuando les echo a las pobres unos cacahuetes y chicles de menta. Cuando se sabe tratar a las bestias, ellas se conforman con poco. Ellas saben cual es su sitio cuando un hombre justo exige el lugar que le corresponde en este asqueroso mundo hasta que llegue su hora y se marche con viento fresco con su Dios. Ahí os quedáis...

"¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a Mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David".
 (Isaías 51 2-3).

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