jueves, 8 de abril de 2021

Monseñor Viganó y el Concilio Vaticano II

Respeto a monseñor Viganó profundamente, como obispo catolico y como hombre que lucha contra el Mal. Ser lo primero debería bastar para tener absolutamente claro que se lucha contra el Mal. Últimamente me distorsiona en su discurso los frecuentes ataques y críticas al Concilio Vaticano II. Este párrafo de monseñor me deja perplejo por diferentes motivos que intentaré humildemente explicar: Todo esto partiendo de la base de que estas palabras son del obispo Viganó. 


Arzobispo Viganó: "También creo que, en la situación actual, la disputa sobre quién es el Papa reinante sólo sirve para debilitar la ya fragmentada parte sana del cuerpo eclesial, sembrando la división entre los buenos".


Lo que fragmenta la Iglesia es atacar el Concilio Vaticano II, Monseñor. En cambio, reconocer a Benedicto XVI como verdadero Vicario de Cristo no es sembrar la división, pues ésta, ya está sembrada, y los que crean división,  marcados, pesados y medidos. Tal reconocimiento, Benedicto Papa, es un acto de fe y justicia, además de una bandera santa que nos señala a día de hoy, donde está verdaderamente asentada la Iglesia de Cristo: en la Verdad, allí donde sufre Pedro. Y al igual que sólo hay un Cristo, Nuestro Señor, sólo hay un Pedro, que Dios nos lo cuide y lo defienda de los lobos rabiosos. Así sea.

Un buen sacerdote obedece, pero si obedece al mal, deja de ser buen sacerdote. No hay dos partes en la Iglesia, solo hay una, pues sólo hay una cabeza, que es Cristo, este Cuerpo, por ser parte de la Cabeza, es santo y bueno. Usted, monseñor cae frecuentemente en una contradicción cuando crítica a los sacerdotes mundanos, covidianos, pues, llegan a aceptar este engaño maquiavelico por ser antes obedientes a Bergoglio que a la Verdad. Se comulga con el mundo porque se es bergogliano. ¿Entonces? El Concilio Vaticano II es santo, por ser magisterio de la Iglesia. El mal esparcido a los vientos no fue obra de los postulados del Concilio, sino de los infiltrados que manipularon su mensaje y su espíritu para sus perversos fines, de la misma masonería eclesial que colocó a su peón en Roma. Bergoglio. Hubieran usado, no obstante, cualquier plataforma magisterial o eclesial para llevar a la Iglesia a un callejón sin salida, a su martirio, su calvario, cuestión ésta ya profetizada por el mismo Jesucristo. Las rebeliones van sacando fuera su veneno, tenían que llegar.

Por lo tanto, saber y aceptar que Benedicto XVI es el papa no siembra dudas al que siempre ha obedecido y venerado las enseñanzas católicas. Esas dudas anidan en quien pone sus intereses personales por encima de la Verdad, que es Cristo. Parafraseando sus palabras, mi criterio es que, en la situación actual, la disputa sobre la legitimidad del Concilio Vaticano II  sólo sirve para debilitar la ya fragmentada parte sana del cuerpo eclesial, sembrando la división entre los buenos. Coloque su punto de mira en el verdadero Enemigo, y créame, este Enemigo de la Iglesia se sonroja de placer al observar como usted gasta su valerosa munición en pequeñas  bagatelas. Por último, ni Juan XXIII, ni Pablo VI, ni Juan Pablo I, ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI, hijos todos del Concilio, sembraron división alguna entre los buenos, ni fragmentaron parte del Cuerpo, no, Monseñor, esa división y esa ruptura comenzó exactamente el trece de marzo de dos mil trece. 

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