miércoles, 1 de marzo de 2017

Maricas (y) blasfemos


En el carnaval de las Palmas de Gran Canarias, dentro de una esquizoide competición de locas organizada por otras locas para ver quien es mas gilipollas -difícil lo ponen-, una mariquita echá p'lante se ha vestido de Virgen, luego desvestido, y por último, mientras la masa cretinamente descerebrada y pueril vibraba enardecida y alentada por un espíritu oleaginoso celebraba encolerizada tal aberración, se ha colocado, a la manera en que colocaron a Nuestro Señor, en una cruz. Pasamos de subir fotos de esa vomitadera infernal al blog, pero si quieren verlo les dejo el enlace (aquí).

En fin, este numerito le ha valido al maricón que la nombren reina del mariconeo insular. Casi ná... El giocondo ya tiene algo que contar a los gusanos que la seducen para hacer de él pienso para los demonios. San Gregorio, Papa, escribe que la liviandad (la sensualidad y la lujuria) confunde y oscurece las buenas obras; ciega la mente y todo lo conculca. De la sugestión pasa a la detención; de ésta a la morosidad; de ésta a la delectación; de ésta al consentimiento; de éste a la operación; de ésta a la mala costumbre; de ésta a la desesperación; de ésta a la defensa del pecado; de ésta a gloriarse de su culpa; y de esto a la condenación eterna.

 No obstante, y aquí es donde quiero céntrame, este pobre marica es un demonio de cuarta, muy cutre, como son todos los demonios, y si lo comparamos con otros demonios más resabiados, ejecutores de actos más sibilinos y por ello, más satánico, más peligroso, el parguela canario da hasta pena.

Entiéndaseme, ante la visión de tal blasfemia solo se me ocurre santificar mi puño en la cara de ese cobarde. Bendita sea María Santísima la excelsa Madre de Dios. Digo que este tipo de demonio, torpe, grosero, visible, no me preocupa lo más mínimo. Ese aquelarre hortera más que robar almas para el infierno a la larga va a fortalecer la fe de muchos. Ya digo, un demonio de poca monta. Que hasta en el infierno hay clases, oigan. Por lo demás, temo más a los demonios que no hacen tanto ruidos ni monta espectáculos a la luz de los focos que nos ha traído esta época furcia. A los que se mueven silenciosamente entre bambalinas posando sus garras entre los fieles. Confundiendo con sus medias verdades. Humanizando lo divino. Y divinizando lo mundano. Tergiversando los evangelios, o directamente sembrando de dudas y minas la fe de los más pequeños:

"Pienso en cuantas veces [María] ha guardado silencio y cuantas veces no ha dicho aquello que sentía para custodiar el misterio de la relación con su Hijo, hasta el silencio más crudo al pie de la Cruz. El Evangelio no nos dice nada si ella dijo o no una palabra… Era silenciosa, pero dentro su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! “Tú, aquel día —esto es lo que hemos leído— me has dicho que serás grande; tú me has dicho que le habrías dado el Trono de David, su padre, que habría reinado por siempre ¡y ahora lo veo allí!” ¡La Virgen era humana! Y quizás tenía ganas de decir: “¡Mentira! ¡He sido engañada!”: Juan Pablo II decía esto, hablando de la Virgen en aquel momento. Pero Ella, con el silencio, ha cubierto el misterio que no comprendía y con este silencio ha dejado que este misterio pudiese crecer y florecer en la esperanza.” (Jorge Mario Bergoglio Homilía en Santa Marta, 20 de diciembre de 2013)

"Muchas veces pienso en la Virgen, cuando le dieron el cuerpo muerto de su Hijo, tan destrozado, escupido, ensangrentado, sucio. ¿Qué hizo la Virgen? ¿Lleváoslo? No, lo abrazó, lo acarició. Tampoco la Virgen lo entendía. Porque, en aquel momento, se acordaría de lo que el Ángel le había dicho: Será Rey, será grande, será profeta, y dentro de sí, con aquel cuerpo −tan herido, que había sufrido tanto antes de morir− en sus brazos, por dentro seguramente tendría ganas de decir al Ángel: ¡Mentiroso! ¡Me has engañado!"(Encuentro con niños enfermos, 30 de mayo de 2015)
     

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