sábado, 16 de julio de 2016

La muerte de Frédéric Chopin

El sacerdote Jelowick, en carta dirigida a la señora Saveria Grocholska, en París y fechada en 21 de octubre de 1849, relata así la muerte del eminente músico Chopin:
“Estimadísima señora: Estoy todavía bajo la impresión de la muerte de Chopin, ocurrida el 17 de octubre de este año. Ya desde hace mucho tiempo la vida de Chopin estaba suspendida de un hilo. Su organismo, siempre delicado y débil, se consumía día a día como la llama de su genio.
Todos se maravillaban  que en un cuerpo tan extenuado pudiera sobrevivir el alma que tenía, desde lo agudo de su intelecto al ardor de su corazón. Su rostro, semejante al alabastro, era frío, blanco y trasparente; y de sus ojos, con frecuencia velados por una nube, fulgía aún el resplandor de una viva mirada. Habitualmente, dulce, afable, exuberante de espíritu y de otras atrayentes cualidades, parecía desprenderse de la tierra.
Pero, ¡ay!, no pensaba en el Cielo. Buenos amigos, tenía pocos y de poca fe, no en su arte, del que eran adoradores, sino en más altas creencias. La piedad, que Chopin había bebido en los pechos de su madre polaca, era para él un lejano recuerdo materno. La irreligiosidad de sus compañeros se había infiltrado en su ánimo y extendido por su alma como una plúmbea nube de desesperación. Sólo su exquisita educación le impedía hacer befa o escarnio de la Religión. En tan deplorable estado moral le acometió la grave dolencia del pecho. Llegaron días en que le faltaba la respiración y ya advertía próximo su fin al abandonarle la presencia de ánimo. Todos fueron presa del mismo temor y calladamente entraron en la alcoba en espera del último momento. A ese punto Chopin, cuya alma había reaccionado por aquellos días, por efecto de las exhortaciones que como viejo amigo le había hecho, abrió los ojos y dijo:“¿Qué es lo que hacen aquí todos? ¿Por qué no rezan?”
Día y noche, continuamente, tenía sus manos entre las mías, para decirme:“Tú no me abandonarás en el instante decisivo”, y apoyaba su cabeza sobre mi hombro, como un niño se refugia en su madre cuando advierte el peligro.
De cuando en cuando, con éxtasis de fe, de esperanza, de gran amor, besaba un crucifijo. En otros momentos hablaba con ternura diciendo: “Amo a Dios y amo a los hombres… Me está bien morir así… Hermana mía preferida, no llores…; no lloréis, amigos míos…; yo soy feliz… Rogad por mi alma…”Otras veces, al dirigirse a los médicos que luchaban para salvarle la vida, exclamaba: “Dejadme que mi era, Dios me ha perdonado y me llama a su seno”, y después: “¡Bella ciencia que prolonga los sufrimientos!…”
Al acercarse la muerte, Chopín volvió a invocar el nombre de Dios, besó el crucifijo y pronunció estas palabras:“Ya me encuentro en la fuente de la felicidad”, y expiró confortada su alma por la más dulce serenidad. 

Así murió Chopin. Rogad por él, señora”.


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