martes, 22 de marzo de 2016

Matrimonio católico

La esencia de un mundo caído consiste en que lo mejor no se puede alcanzar mediante el libre disfrute o lo que se suele llamar “autorrealización” (que es generalmente un nombre bonito para la autocomplacencia, absolutamente contraria a la realización de los demás), sino negándose a uno mismo, sufriendo. La fidelidad en el matrimonio cristiano conlleva precisamente eso: una gran mortificación.

Para un cristiano, no hay vía de escape. El matrimonio puede ayudar a santificar y dirigir hacia su objeto adecuado sus deseos sexuales, y su gracia puede ayudarlo en la lucha, pero la lucha sigue estando ahí. El matrimonio no le saciará —en el sentido en que comer regularmente sacia el hambre—, sino que le ofrecerá tantas dificultades para vivir la pureza propia del estado matrimonial como facilidades.

Ningún hombre, por mucho que haya amado a su prometida y novia en su juventud, ha sido fiel a ella como esposa en cuerpo y alma sin un ejercicio consciente y deliberado de la voluntad, es decir, sin negarse a sí mismo. Apenas se le dice esto a nadie, ni siquiera a los educados “en la Iglesia”. Los que están fuera no parecen haberlo oído prácticamente nunca.

Cuando el encanto desaparece, o simplemente se atenúa un poco, creen que han cometido un error y que aún no han encontrado su auténtica alma gemela. Entonces, la “verdadera alma gemela” suele pasar a ser la siguiente persona sexualmente atractiva con la que se encuentran, alguien con quien podrían muy bien podrían haberse casado, si no fuera porque… De ahí el divorcio, para proporcionar el “si no fuera porque”.

Y, por supuesto, suelen tener razón: cometieron un error. Sólo un hombre muy sabio, al final de su vida, podría realmente tomar una decisión sensata sobre con qué mujer, entre todas las posibles, debería haberse casado. Casi todos los matrimonios, incluso los felices, son errores, en el sentido de que casi con seguridad (en un mundo más perfecto o incluso con un poco más de esfuerzo en este mundo tan imperfecto) ambos cónyuges podrían haber encontrado un esposo o una esposa más adecuados). Sin embargo, tu “auténtica alma gemela” es aquella con la que de hecho estás casado. En realidad, uno elige poco: la vida y las circunstancias lo hacen casi todo (aunque, si existe un Dios, la vida y las circunstancias deben ser instrumentos suyos o sus intervenciones). […] En este mundo caído, nuestras únicas guían son la prudencia, la sabiduría (poco frecuente en la juventud, demasiado tarde en la vejez), un corazón limpio y la fidelidad de la voluntad.

Desde la oscuridad de mi vida, con tantas frustraciones, pongo ante ti lo único verdaderamente grande y digno de amor en esta Tierra: el Santísimo Sacramento… En él encontrarás romance, gloria, honor, fidelidad y el verdadero camino de todos tus amores en esta Tierra y más aún, en la muerte.

(Carta de J.R.R Tolkien a su hijo) 

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