lunes, 6 de abril de 2015

Suicidio

HACE apenas unos meses apareció en Francia un libro, Le suicide français (El suicidio francés), convertido en éxito de ventas y objeto de debate en los medios de comunicación galos. Escrito en forma de crónica, apunta directamente a las raíces de lo que el autor considera una Francia desfigurada, en fase de destrucción, irreal a base de negarse a sí misma para dar cabida a otras ideas, valores y sensibilidades, y, en última instancia, al borde del suicidio. Además de la enfermedad, el autor diagnostica sus causas. El análisis, piensa certeramente el autor, es válido, en mayor o menor grado, para los países de la Unión Europea, incluida España.

El suicidio no es sólo propio de los individuos, también puede serlo de las naciones y culturas. Es más, parece como si, periódicamente, algunos pueblos fuesen colocando, con habilidad de orfebre, los elementos necesarios para su extinción, sustitución o para una catarsis de trágicas dimensiones.

Ciñéndonos estrictamente a lo político, la instalación en el poder de regímenes represivos y sanguinarios es con frecuencia producto del ejercicio democrático. Son los propios ciudadanos quienes les abren las puertas por medio de las urnas. El voto personal puede ser un voto pensado y reflexivo; sin embargo, en democracia, decide la masa.

Pero el suicidio también proviene de los propios excesos de un pueblo, instigado por sus élites políticas, culturales y económicas. ¿Qué cabe esperar de unos países que han elevado a categoría de dogma indiscutible comportamientos autodestructivos? El esfuerzo continuado por reforzar un sistema basado en la desvinculación del sujeto de lo que han significado su tradición, sus arraigos, sus valores y referentes durante siglos, tiene consecuencias perniciosas.

Sobre todo el desarraigo. Un pueblo desarraigado es capaz de adherirse a las causas y proyectos más pedestres e ilógicos, incluidos los más deshumanizadores. El esfuerzo por desasir, en nombre del progreso o de una pretendida tolerancia, no deja de estar lleno de riesgos. Particularmente cuando se ignora que lo propio merece estimación y respeto; que quien llega ha de hacer un esfuerzo de adaptación a las creencias, modos de vida y valores de quien le recibe. El problema surge cuando han sido vaciados y apenas queda nada valioso que ofrecer.

Durante décadas, a impulsos del movimiento del 68, fracasado en lo político, pero no así en lo cultural, se han ido dando pasos hacia la situación actual de vacío e irrealidad. Los momentos los expone Éric Zemmour, autor del libro citado, con precisión: la deconstrucción o desvinculación, la ridiculización y la demolición, en cuyo tiempo nos hallaríamos.

Primero se trató de demostrar que nada es natural, todo es objeto de construcción cultural por parte del hombre. La llamada revolución sexual y la ideología de género concurrente han constituido dos eficaces puntas de lanza para dicho logro. El segundo momento consistió en la burla, la ridiculización de todo lo que hasta entonces había sido valioso, creador de lazos solidarios, digno de respeto y hasta sagrado: la religión cristiana, la familia, la patria, los valores de la honradez, la austeridad y el trabajo. Por último, la destrucción de todo ello para levantar en su lugar una realidad ficticia, que una mayoría ha terminado por creer como verdad absoluta.

Este proceso hubiera sido impensable sin la acción de unas élites, muy activas e influyentes, que se ven a sí mismas como vanguardia del progreso, y la insustituible ayuda de los medios de comunicación: cine, canciones, series, revistas o vídeos.

De este concurso ha nacido una ideología dominante, una nueva cultura colectiva, cuyos destinatarios han sido adoctrinados para aceptar sus presupuestos, incapaces de ver su propia desnudez. Es, en definitiva, la culminación de todo un proceso de desculturización, de desvinculación de las masas de su tradición y memoria milenarias, sin precedentes en la historia.

Sólo desde este fenómeno puede entenderse que hoy lo reprobable se eleve a la categoría de encomiable, lo natural se convierta en insólito y lo obvio en una mera opinión. Se trata de una subversión, de un cambio antropológico sin precedentes. En tal contexto se explica que el cristianismo y en particular la Iglesia, a pesar de sus flaquezas actuales, valladar frente a los despropósitos de la cultura dominante, se hayan convertido en los últimos bastiones a derribar por parte de los protagonistas de esta revolución. Expresa igualmente la dureza con que se emplean en su demolición.

La tarea que se presenta ante nosotros es ardua y de resultados imprevisibles. Se trata, pues, de deconstruir a los deconstructores. Explicar sin desfallecer lo que han hecho y recuperar lo real. Utilizar la sabiduría que aún nos queda para desmontar la trágica ficción que han creado. Todos los esfuerzos empleados serán poco, pero la grandeza épica de la empresa bien lo merece.



-Manuel Bustos Rodríguez-

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