martes, 28 de abril de 2015

Las aulas sin Dios

Una parte de la izquierda -no toda, por suerte- tiene una histórica dificultad para comprender que sin Dios los hombres son bestias. Tal incomprensión no es ajena al resentimiento, y al hecho de que siempre es más fácil echarle la culpa a alguien, aunque sea al cielo, que esforzarse por ser mejor. Cuando uno no sale al encuentro de Dios, sale al encuentro de cualquier cosa. Y encuentra lo que encuentra, como por ejemplo una ballesta.

Cuando un hombre vive de espaldas a su tensión trascendente es un hombre demediado que no atiende a su misión, y su alma se atrofia en lugar de proyectarle. Cuando la vida deja de ser sagrada suele caer a precios muy bajos. Ello no significa que no haya creyentes perversos ni que no puedan ocurrir desgracias en colegios religiosos. Lo que significa es que la experiencia humana nunca puede ser completa si renunciamos a nuestro vínculo fundamental, a nuestro misterio, a la certeza profunda de que vivir consiste en tratar de borrar las huellas del pecado original.

La educación religiosa en los colegios es básica para que los niños se entiendan y entiendan el mundo en el que viven. La educación religiosa es crucial para que los niños crezcan con los conceptos de bien y mal correctamente delimitados, y para que trabajen su sentimiento de culpa, que es uno de los más importantes diques de contención del mundo civilizado. Un psicólogo es la parodia laica de un confesor, y siempre será preferible aprender a pedir perdón y sentir el alivio de recibirlo que cualquier filosofía oriental o manual de autoayuda.

Acudir a misa resuelve muchas más dudas que cualquier educación para la ciudadanía, y en un Padrenuestro bien dicho está la salvación, mientras que el igualitarismo atroz sólo genera envidia y frustración. Privar a un niño de la enseñanza religiosa es condenarlo a la ignorancia y a sentirse extraño en su vida y en su cultura. El furor negacionista se basa en el odio y como cualquier odio es destructivo.

En su afán por sustituirle, la izquierda pretende esconder a Dios y que los niños crezcan inadvertidos de su existencia. Este recurso, de tan exhaustiva mezquindad, se refleja en los panfletarios profesores de la escuela pública, en su retorcido rencor, y en generaciones y generaciones de españoles que crecen ajenos a que la libertad es un deber, como el amor, y a que nuestra primera higiene moral tiene que ser la compasión. Busca la compasión hasta que la encuentres, aunque tengas que bucear en el más hondo mar de tu corazón.

Nuestras vidas son imperfectas pero un Dios total nos hizo a su semejanza, de modo que siempre nos qedará la esperanza. Proteger a un niño no es decirle que no es culpable, ni proclamar que es la gran víctima de un sistema que, entre muchas otras cosas, le está pagando la escuela.

Proteger a un niño es educarle en las categorías fuertes para que ante el gran dolor del mundo tenga argumentos para defenderse. Proteger a un niño es adentrarle en su misterio, conducirle en su relación con Dios, para que comprenda el altísimo valor de lo que está en juego y pueda hallar consuelo en la oración. Proteger a un niño es reprimirle, mostrarle los límites, y hacerle ver las terribles consecuencias que determinados actos pueden tener. Proteger a una niña no es decirle que el aborto es un derecho, ni permitirle abortar sin que lo sepan sus padres, sino haberle enseñado mucho antes el valor de la vida, de su cuerpo y de su alma.

Proteger a un niño no es decirle que no ha pasado nada. Ni esconderle el crimen, como antes le escondimos a Dios, sino mostrarle hasta la última repugnancia de lo que ha hecho para que él mismo sienta el irrefrenable deseo de pedir perdón y de enmendarse, que es lo que Dios espera de nosotros, y lo que de hecho todos esperamos de los demás tal como los demás lo esperan de nosotros.

Los dos grandes dones de Dios son la libertad y el amor, que son en el fondo el mismo don. Somos deudores de la luz que nos ha traído hasta aquí. Todos los sentimientos están resumidos en el Calvario y la ciencia sin Dios conduce a Auschwitz. ¿De verdad crees que hay algo más importante que tu colegio podría enseñarte?




por Salvador Sostres-

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