domingo, 22 de junio de 2014

LAS CARTAS PROFÉTICAS de Las TRES CAMPANADAS de San Josemaría Escrivá.

Antes de morir el Fundador del Opus Dei envió tres cartas – entre 1972 y 1974 – a los fieles de la Prelatura que, por la importancia que el propio Fundador les dio, son conocidas en la Obra como las Tres Campanadas.
Estas cartas no han sido publicadas, quedando restringidas a algunos de los fieles numerarios de la Prelatura. Solamente se han filtrado dos de ellas, cuyos algunos párrafos se transcriben más abajo y con negrilla algunas frases que corren por nuestra cuenta. Una de ellas -según se comenta, mucho más dura que las otras dos- permanece inaccesible, incluso para la mayoría de los miembros numerarios de la Prelatura.

Más allá de lo que dicen las cartas, que tampoco sorprende, lo relevante de ellas pasa por el hecho de que fueron tenidas a la vista para el proceso de canonización del Fundador -que se centra en los últimos años de la vida de Escrivá de Balaguer – y ninguna objeción doctrinal o eclesial fue realizada por las autoridades vaticanas sobre estos escritos. Es decir, existe una aceptación por parte de la Autoridad Máxima de la Iglesia de estas opiniones del Fundador del Opus Dei como legítimas -más allá de ser opiniones- sobre el post-concilio y la situación interna de la Iglesia. Como se verá, algunos de los conceptos del Fundador van un poco más allá de la alegoría de SS Pablo VI -precisa y contundente pero limitada en su explicitación- sobre el “humo de Satanás” que se ha colado dentro de la Iglesia de Dios. Sólo se hace hincapié en el hecho de que estas cartas fueron escritas hace ¡38 años! ¡Lo que diría ahora!
 
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Tiempo de prueba son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna.


Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora, cuando la Iglesia misma parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana.

Llevo años advirtiéndoos de los síntomas y de las causas de esta fiebre contagiosa que se ha introducido en la Iglesia, y que está poniendo en peligro la salvación de tantas almas…



Convenceos, y suscitad en los demás el convencimiento, de que los cristianos hemos de navegar contra corriente. No os dejéis llevar por falsas ilusiones. Pensadlo bien: contra corriente anduvo Jesús, contra corriente fueron Pedro y los otros primeros, y cuantos —a lo largo de los siglos— han querido ser constantes discípulos del Maestro. Tened, pues, la firme persuasión de que no es la doctrina de Jesús la que se debe adaptar a los tiempos, sino que son los tiempos los que han de abrirse a la luz del Salvador. Hoy, en la Iglesia, parece imperar el criterio contrario: y son fácilmente verificables los frutos ácidos de ese deslizamiento. Desde dentro y desde arriba se permite el acceso del diablo a la viña del Señor, por las, puertas que le abren, con increíble ligereza, quienes deberían ser los custodios celosos…



Es hora, pues, de rezar mucho y con amor, y de pedir al Señor que quiera poner fin al tiempo de la prueba.



No podemos dejar de insistir. No buscamos nada para cada uno de nosotros, por interés personal; buscamos la santidad, que es buscar a Dios. Y Él espera que se lo recordemos con insistencia. Se están causando voluntariamente heridas en su Cuerpo, que va a ser muy difícil restañar. Nos dirigimos a la Trinidad Beatísima, Dios Uno y Trino, para que se digne acortar cuanto antes esta época de prueba. Lo suplicamos por la mediación del Corazón Dulcísimo de María; por la intercesión de San José, nuestro Padre y Señor, Patrono de la Iglesia universal, a quien tanto amamos y veneramos; por la intercesión de todos los Ángeles y Santos, cuyo culto algunos intentan extirpar de la Iglesia Santa…



Resulta muy penoso observar que —cuando más urge al mundo una clara predicación— abunden eclesiásticos que ceden, ante los ídolos que fabrica el paganismo, y abandonan la lucha interior, tratando de justificar la propia infidelidad con falsos y engañosos motivos. Lo malo es que se quedan dentro de la Iglesia oficialmente, provocando la agitación. Por eso, es muy necesario que aumente el número de discípulos de Jesucristo que sientan la importancia de entregar la vida, día a día, por la salvación de las almas, decididos a no retroceder ante las exigencias de su vocación a la santidad…



La lucha interior —en lo poco de cada día— es asiento firme que nos prepara para esta otra vertiente del combate cristiano, que implica el cumplimiento en la tierra del mandato divino de ir y enseñar su verdad a todas las gentes y bautizarlas (cfr. Matth. XXVIII, 19), con el único bautismo en el que se nos confiere la nueva vida de hijos de Dios por la gracia.



Mi dolor es que esta lucha en estos años se hace más dura, precisamente por la confusión y por el deslizamiento que se tolera dentro de la Iglesia, al haberse cedido ante planteamientos y actitudes incompatibles con la enseñanza que ha predicado Jesucristo, y que la Iglesia ha custodiado durante siglos. Éste, hijos míos, es el gran dolor de vuestro Padre. Éste, el peso del que yo deseo que todos participéis, como hijos de Dios que sois. Resulta muy cómodo —y muy cobarde— ausentarse, callarse, diluidos en una ambigua actitud, alimentada por silencios culpables, para no complicarse la vida. Estos momentos son ocasión de urgente santidad, llamada al humilde heroísmo para perseverar en la buena doctrina, conscientes de nuestra responsabilidad de ser sal y luz.



Hemos de resistir a la disgregación, cuidando sobrenaturalmente nuestra propia entrega y sembrando sin desmayos, con decisión, con serenidad y con fortaleza, la doctrina y el espíritu de Jesucristo.


Considerad que hay muy pocas voces que se alcen con valentía, para frenar esta disgregación. Se habla de unidad y se deja que los lobos dispersen el rebaño; se habla de paz, y se introducen en la Iglesia —aun desde organismos centrales— las categorías marxistas de la lucha de clases o el análisis materialista de los fenómenos sociales; se habla de emancipar a la Iglesia de todo poder temporal, y no se regatean los gestos de condescendencia con los poderosos que oprimen las conciencias; se habla de espiritualizar la vida cristiana y se permite desacralizar el culto y la administración de los Sacramentos, sin que ninguna autoridad corte firmemente los abusos —a veces auténticos sacrilegios— en materia litúrgica; se habla de respetar la dignidad de la persona humana, y se discrimina a los fieles, con criterios utilizados para las divisiones políticas.



Toda esa ambigüedad es camino abierto, para que el diablo cause fácilmente sus estragos, más cuando se ve que es corriente —en todas las categorías del clero— que muchos no prediquen a Jesucristo y, en cambio, parlotean siempre de asuntos políticos, sociales —dicen—, etc., ajenos a su vocación y a su misión sacerdotal, convirtiéndose en instrumentos de parte y logrando que no pocos abandonen la Iglesia…



No se puede imponer por la fuerza la verdad de Cristo, pero tampoco podemos permitir que, con la violencia de los hechos, nos dominen como ciertos y justos, criterios que son una patente deserción del mensaje de Jesucristo: esta violencia se comete por algunos, impunemente, dentro de la Iglesia. Sería una deslealtad y una falta de fraternidad con el pueblo fiel, no resistir al presuntuoso orgullo de unos pocos que han maleado ya a tantos, sobre todo en el ambiente eclesiástico y religioso.



Comprended que no exagero. Pensad en la violencia que sufren los niños: desde negarles o retrasarles el bautismo arbitrariamente, hasta ofrecerles como pan del alma catecismos llenos de herejías o de diabólicas omisiones; o en la que se actúa con la juventud, cuando —¡para atraerla!— se presentan principios morales equivocados, que destrozan las conciencias y pudren las costumbres. Violencia se hace, también diabólica, cuando se manipulan los textos de la Sagrada Escritura y se llevan al altar en ediciones equívocas, que cuentan con aprobaciones oficiales. Y no podemos dejar de ver el brutal atropello que se impone a los fieles, y en los fieles al mismo Jesucristo, cuando se oculta el carácter de sacrificio de la Santa Misa o cuando el dinero de las colectas se malgasta en propagar ideas ajenas al enseñamiento de Jesucristo. Hijos, míos, nunca se ha hablado tanto de justicia en la Iglesia y, a la vez, nunca se ha empleado tanta injusta opresión con las conciencias…



Nos sentimos obligados a resistir a estos nuevos modernistas —progresistas se llaman ellos mismos, cuando de hecho son retrógrados, porque tratan de resucitar las herejías de los tiempos pasados—, que ponen todo en discusión, desde el punto de vista exegético, histórico, dogmático, defendiendo opiniones erróneas que tocan las verdades fundamentales de la fe, sin que nadie con autoridad pública pare y condene reciamente sus propagandas. Y si algún pastor habla decididamente, se encuentra con la sorpresa —amarga sorpresa— de no ser suficientemente apoyado por quienes deberían sostenerlo: y esto provoca la indecisión, la tendencia a no comprometerse con determinaciones claras y sin equívocos.



Parece como si algunos se empeñaran en no recordar que, a lo largo de toda la historia, los que guían el rebaño han tenido que asumir la defensa de la fe con entereza, pensando en el juicio de Dios y en el bien de las almas, y no en el halago de los hombres. No faltaría hoy quien tachara a San Pablo de extremista cuando decía a Tito cómo debería tratar a los que pervertían la verdad cristiana con falsa! doctrinas: increpa illos dure, ut sani sint in fide (Tit. I, 13); repréndelos con dureza —le escribía el Apóstol—, para que se mantengan sanos en la fe. Es de justicia y de caridad, obrar así.



Ahora, sin embargo, se facilita la agitación con un silencio que clama al cielo, cuando no se coloca a los saboteadores de la fe en puntos neurálgicos, desde los que pueden sembrar la confusión «con aprobación eclesiástica». Ahí están tantos nuevos catecismos y programas de «enseñanza religiosa» testimoniando la verdad de lo que afirmo.



Hijos de mi alma, pidamos a Nuestro Señor que ponga término a esta dura prueba…



No podemos dormirnos, ni tomarnos vacaciones, porque el diablo no tiene vacaciones nunca y ahora se demuestra bien activo. Satanás sigue su triste labor, incansable, induciendo al mal e invadiendo el mundo de indiferencia: de manera que muchas gentes que hubieran reaccionado, ya no reaccionan, se encogen de hombros o ni siquiera perciben la gravedad de la situación; poco a poco, se han ido acostumbrando.


Esta carta es como una tercera invitación, en menos de un año, para urgir vuestras almas con las exigencias de la vocación nuestra, en medio de la dura prueba que soporta la Iglesia…



Os escribo para que estéis prevenidos ante los asaltos del diablo, que ataca a la hora undécima quizá, casi al fin de este caminar de aquí abajo…



No olvidéis el particular empeño que pone en estos tiempos el demonio, para lograr que los fieles se separen de la fe y de las buenas costumbres cristianas, procurando que pierdan hasta el sentido del pecado con un falso ecumenismo como excusa. Deseamos, tanto como el que más lo desee, la unión de los cristianos: y aun la de todos los que, de alguna manera, buscan a Dios. Pero la realidad demuestra que en esos conciliábulos, unos afirman que sí y —sobre el mismo tema— otros lo contrario. Cuando —a pesar de esto— aseguran que van de acuerdo, lo único cierto es que todos se equivocan. Y de esa comedia, con la que mutuamente se engañan, lo menos malo que suele producirse es la indiferencia: un triste estado de ánimo, en el que no se nota inclinación por la verdad, ni repugnancia por la mentira. Se ha llegado así al confusionismo: y se aniquila el celo apostólico, que nos mueve a salvar la propia alma y las de los demás, defendiendo con decisión la doctrina sin atacar a las personas…



Se escucha como un colosal non serviam! (Ierem. 11, 20) en la vida personal, en la vida familiar, en los ambientes de trabajo y en la vida pública. Las tres concupiscencias (cfr. 1 Ioann. 11, 16) son como tres fuerzas gigantescas que han desencadenado un vértigo imponente de lujuria, de engreimiento orgulloso de la criatura en sus propias fuerzas, y de afán de riquezas. Toda una civilización se tambalea, impotente y sin recursos morales…



En una palabra: el mal viene, en general, de aquellos medios eclesiásticos que constituyen como una fortaleza de clérigos mundanizados. Son individuos que han perdido, con la fe, la esperanza: sacerdotes que apenas rezan, teólogos —así se denominan ellos, pero contradicen hasta las verdades más elementales de la revelación— descreídos y arrogantes, profesores de religión que explican porquerías, pastores mudos, agitadores de sacristías y de conventos, que contagian las conciencias con sus tendencias patológicas, escritores de catecismos heréticos, activistas políticos.



Hay, por desgracia, toda una fauna inquieta, que ha crecido en esta época a la sombra de la falta de autoridad y de la falta de convicciones, y al amparo de algunos gobernantes, que no se han atrevido a frenar públicamente a quienes causaban tantos destrozos en la viña del Señor.



Hemos tenido que soportar —y cómo me duele el alma al recoger esto— toda una lamentable cabalgata de tipos que, bajo la máscara de profetas de tiempos nuevos, procuraban ocultar, aunque no lo consiguieran del todo, el rostro del hereje, del fanático, del hombre carnal o del resentido orgulloso…



El cinismo intenta con desfachatez justificar —e incluso alabar— como manifestación de autenticidad, la apostasía y las defecciones. No ha sido raro, además, que después de clamorosos abandonos, tales desaprensivos desleales continuaran con encargos de enseñanza de religión en centros católicos o pontificando desde organismos para-eclesiásticos, que tanto han proliferado recientemente.



Me sobran datos bien concretos, para documentar que no exagero: desdichadamente no me refiero a casos aislados. Más aún, de algunas de esas organizaciones salen ideas nocivas, errores, que se propagan entre el pueblo, y se imponen después a la autoridad eclesiástica como si fueran movimientos de opinión de la base…



Por desgracia, se observan también en la Iglesia sitios —cátedras de teología, catequesis, predicación— que deberían alumbrar como focos de luz, y se aprovechan —en cambio— para despachar una visión de la Iglesia y de sus fines totalmente adulterados. Hijos míos, es un grave pecado contra el Espíritu Santo, porque precisamente el Paráclito vivifica con su gracia y sus dones a la Iglesia (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 143), establece allí el reinado de la verdad y del amor, y la asiste para que lleve con seguridad a sus hijos por el camino del cielo (ibid.).



Confundir a la Iglesia con una asamblea de fines más o menos humanitarios, ¿no significa ir contra el Espíritu Santo? Ir contra el Espíritu Santo es hacer circular, o permitir que circulen sin denunciar sus falsedades, catecismos heréticos o textos de religión que corrompen las conciencias de los niños, con enseñanzas dañosas y graves omisiones…



Errores y desviaciones, debilidades y dejaciones he dicho ya: y ahora —como siempre— el mal se envuelve diabólicamente en paños de virtud y de autoridad: y así resulta más fácil que se fortalezca y que produzca más daño. Porque aparecen gentes con una falsa religiosidad, saturada de fanatismo, que se oponen desde dentro a la Iglesia de Jesucristo, dogmática y jurídica, haciendo resaltar —con increíble desorden, cambiando por los del Estado los fines de la Iglesia— lo político antes que lo religioso.



Todo coopera al desprestigio general de la autoridad eclesiástica y a que no se corrijan con oportunidad y energía los desórdenes: los desatinos heréticos, la inestabilidad, la confusión, la anarquía en asuntos de fe y de moral, de liturgia y de disciplina. A esta situación la llaman algunos —defendiéndola— aggiornamento, cuando es relajación y menoscabo del espíritu cristiano, que trae como consecuencia inmediata —entre otros efectos— la desaparición de la piedad, la carencia de vocaciones sacerdotales o religiosas, el apartar a los fieles en general — ya lo dije— de las prácticas espirituales. Y, por tanto, menos trabajo en servicio de las almas, al paso que los eclesiásticos —al verse ineficaces— se muestran desgraciados y abandonan el proselitismo, porque piensan que procurarán también la infelicidad a otros…



No se relee sin gran dolor lo que San Pío X describió en su encíclica Pascendi, cuando exponía las características del modernismo, que en ese documento definía como compendio de todas las herejías. Todo aquello que entonces el Magisterio universal de la Iglesia intentó atajar con penetrante visión y energía sobrenatural, aparecía ya con su enorme gravedad, pero era todavía un mal relativamente limitado a algunos sectores. En nuestros días ese mismo mal —idéntico en su inspiración de raíz y con frecuencia en sus formulaciones— ha resurgido violento y agresivo, con el nombre de neomodernismo, y en proporciones prácticamente universales. Aquella enfermedad mortal, antes localizada en unos pocos ambientes malsanos, y contenida dentro de esas fronteras por prudentes medidas de la Santa Sede, ha alcanzado aspectos de epidemia generalizada. Su extensión ha facilitado su virulencia y la manifestación de efectos monstruosos en cantidad y en calidad, que quizá ni siquiera hubiésemos podido imaginar ante los primeros brotes del modernismo.



Lo que inicialmente se mostraba sólo, aunque ya fuese muy grave, como la reducción de las Verdades dogmáticas a la simple experiencia subjetiva, conservando algún matiz espiritual, se ha degradado aún más: las hondas exigencias del alma —y aun las de la misma gracia divina— quedan disueltas en la horizontalidad sin relieve de lo mundano: identificando el amor de Dios con las aspiraciones o deseos más inmediatos del hombre-masa, sometido a los determinismos de la planificación materialista y atea, y a la de los instintos animales.



La soberbia de la vida (I Ioann. II, 16) presenta su vanidad total en la exteriorización de la concupiscencia de los ojos, ambición de poder y de bienes terrenos, sin mesura; y de la concupiscencia de la carne, sensualidad sin freno y degradación libertina. Es como la descomposición entera de un cuerpo, después de haber perdido el alma…



Si, para combatir eficazmente los males del modernismo, San Pío X —como de modo análogo había hecho antes León XIII— señalaba, entre los más importantes remedios que urgía poner, el fiel seguimiento de la filosofía y de la teología de Santo Tomás, es patente que ahora se impone como nunca el estricto cumplimiento de esa disposición. Con el Motu proprio Doctoris Angelici, San Pío X traducía, en normas disciplinares concretas, lo que había sido una constante recomendación de sus antecesores en la Sede de Pedro, desde el año 1325.



No me parece ocioso transcribir aquí algunas de las afirmaciones de ese documento pontificio: se deben conservar santa e inviolablemente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera congruente con la Fe, se refutan los errores de cualquier época, se puede distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a nadie más, se ilustra con toda claridad la diversidad y la analogía existente entre Dios y sus obras.



Y añade: por lo demás, hablando en general, estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza.



Los puntos más importantes de la filosofía de Santo Tomás no deben ser considerados como algo opinable, que se pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la ciencia de lo natural y lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas ni siquiera podrán captar el significado de las palabras, con las que el Magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios. Por eso quisimos advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de metafísica, será con gran detrimento.

Así, entre otras determinaciones, San Pío X exhortaba: pondrán en esto un particular empeño los profesores de filosofía cristiana y de sagrada teología, que deben tener siempre presente que no se les ha dado facultad de enseñar, para que expongan a sus alumnos las opiniones personales que tengan acerca de su asignatura, sino para que expongan las doctrinas plenamente aprobadas por la Iglesia. Concretamente, en lo que se refiere a la sagrada teología, es Nuestro deseo que su estudio se lleve a cabo siempre a la luz de la filosofía que hemos citado.



¡Cuánto dolor se hubiese ahorrado a la Iglesia y cuánto daño se hubiese evitado a las almas, con la fiel obediencia a esos mandatos de San Pío X! Pido ahora a mis hijas y a mis hijos, precisamente en este año en el que se conmemora el VII centenario de la muerte del Doctor Angélico, que sigan delicadamente esas indicaciones de la Iglesia en el estudio y en la enseñanza de la doctrina filosófica y teológica, seguros de que también así contribuiremos a que, por la misericordia divina, las aguas vuelvan a su cauce…

Francisco, las drogas, y "un hombre sabio".


Francisco: “La legalización, incluso parcial, de las llamadas “drogas blandas”, además de ser discutible en términos jurídicos, no produce los efectos deseados”.

Estoy de acuerdo, legalizar las drogas, sean blandas o duras, es un mal asunto que sólo trae más desgracia. No hay que darle más vueltas. Pero si de verdad se piensa de esta manera -la correcta- y se tiene tan claro, ¿por qué Francisco recibió como un bendito al impresentable presidente del Uruguay, José Mújica, y tras su encuentro, el ex arzobispo de Buenos Aires, calificó al mandatario como “un hombre sabio”?. ¿A qué juega Francisco?. ¿A quién quiere engañar diciendo una cosa hoy y obrando de diferente manera mañana?. Porque está claro que Fráncico es consciente, él lo sabe, que Mújica, aparte de fomentar en su país el aborto y los gaymonios entre hombres, pretende también legalizar el consumo y la siembra de drogas.
 
(BBC MUNDO) José Mujica sobre la legalización de la marihuana: “Los retrógrados se van a asustar”. La norma aprobada en diciembre por el Parlamento uruguayo convirtió a este país de 3,3 millones de habitantes en el primero en poner en manos del Estado la producción, distribución y venta de marihuana.
 
En el colmo del cinismo: Bergoglio bendiciendo hojas de coca durante una recepción



 
 
José Mújica es “un hombre sabio” para Francisco. Ya saben ustedes pues, dónde encuentra Francisco su sabiduría, en la mente de un descerebrado enemigo de la Iglesia y de Cristo. Terrorista marxista en sus tiempos mozos. Colaborador necesario del Demonio para corromper la juventud de ese país. Payaso sin escrúpulo de la escena internacional. Humilde profesional al igual que su amiguito porteño. Y este desecho de tientas, esta basura con patas, este maldito para la Iglesia verdadera es un hombre “sabio” para Francisco.

Vayan abriendo los ojos que aún están a tiempo y no se hagan los locos mirando para otro sitio. Esto es el francisquismo en estado químicamente puro: La colaboración con el mal.
 



En definitiva, un hombre como Jorge Mario Bergoglio no es que ya no sea fiable como “papa”, es que ni tan siquiera es fiable para salir con él a tomarte un par de cervezas al bar de enfrente. Seguro que te busca un marrón para irse sin pagar y de camino te birla la cartera. Conozco a los tipos de su condición y nunca jamás hay que fiarse de ellos. Dicen una cosa y su contraria dependiendo quien tenga delante. Son más falsos que Judas.


 

jueves, 19 de junio de 2014

Francisco escupe a la Iglesia

del blog católico Lumen Mariae


Francisco ha comenzado una enseñanza diabólica en la Iglesia. Presenta una iglesia que no es la Iglesia verdadera, no es la de Cristo, sino la que su cabeza se ha inventado. Sus enseñanzas están llenas de herejías y son totalmente cismáticas.
1. «Hoy comienzo un ciclo de catequesis sobre la Iglesia. Es un poco como un hijo que habla de la propia madre, de la propia familia. Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia» (Ver texto). Hay que poner los puntos sobre las íes: Francisco no habla como hijo de la Iglesia Católica (porque no cree en el Dios de los católicos), sino que habla como hijo del demonio. Su padre es el demonio y, por tanto, está enseñando la doctrina de su nueva y falsa iglesia, de su familia, de su mundo, de sus ideas locas en la Iglesia.
2. «En efecto, la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma o una organización privada, una ONG, ni mucho menos debe restringir su mirada al clero o al Vaticano…La Iglesia piensa. Pero la Iglesia somos todos. ¿De quién hablas tú? No, de los curas. Ah, la Iglesia son parte de la Iglesia pero la Iglesia somos todos, ¡eh! No limitarla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano. Ellos son parte de la Iglesia pero la Iglesia somos todos, todos familia de la madre. Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en laboratorio, no nació improvisadamente».
a. Primera herejía: «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma». Sólo con esta frase, ya podemos decir, con los ojos cerrados, de qué va a hablar Francisco. En esta frase, se anulan muchas cosas, pero la principal una: Cristo Jesús no es Dios. Si Cristo, al fundar Su Iglesia no le pone un fin divino en sí misma, entonces hay que negar la divinidad de Jesús. Jesús fue un hombre que funda una iglesia y que le pone el fin para ese tiempo, un fin humano acomodado a ese tiempo, a esa historia de los hombres, a sus culturas.
Si la iglesia que predica Francisco no tiene una finalidad en sí misma, sino en los hombres, entonces, preguntamos a toda la Jerarquía de la Iglesia: ¿qué estáis haciendo en una iglesia humana, temporal, mecánica, carnal material, política, natural, orgánica, que sólo obra para un fin caduco? No podemos entender cómo la Jerarquía de la Iglesia no se levanta para enseñarle a ese hombre lo que es la verdadera Iglesia.
• ¿Qué enseña la doctrina de la Iglesia sobre el fin de la Iglesia?
i. PIO IX, en la Encíclica «Etsi multa luctuosa», enseña explícitamente: «que existe un doble orden de cosas y que al mismo tiempo hay que distinguir dos potestades en la tierra, una natural… y otra, cuyo origen es sobrenatural, la cual está al frente de la Ciudad de Dios, a saber de la Iglesia de Jesucristo, instituida por Dios para la paz de las almas y para la salvación eterna»: D 1841. En otras palabras, el fin de la Iglesia es la santificación y salvación de los hombres. Es un fin sobrenatural, divino, porque el origen de la Iglesia es sobrenatural, no humano.
ii. LEON XIII de modo igualmente explícito dice en la Encíclica «Inmortale Dei»: «Así como Jesucristo vino a la tierra para que los hombres tengan vida y la tengan abundante (In 10,10), del mismo modo la Iglesia tiene propuesto como fin la salvación eterna de las almas». Más claro, agua.
iii. PIO XII enseña la misma doctrina en la Encíclica «Mystíci Corporís Christi» cuando afirma: «Así como el Hijo del Padre eterno bajó del cielo a causa de la salvación eterna de todos nosotros, del mismo modo fundó el Cuerpo de la Iglesia y lo enriqueció con el divino Espíritu en orden a procurar y a alcanzar la bienaventuranza de las almas inmortales (…) La ciudad cristiana por voluntad de su Fundador es Cuerpo social y perfecto, cuyo fin altísimo es: la constante santificación del Cuerpo mismo para gloria de Dios y del Cordero»
• ¿Qué enseña la Sagrada Escritura?
i. «Predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará» (Mc 16,15). La misión de enseñar está dirigida a la predicación del Evangelio. Y esa predicación es para que los hombres crean en Jesús, para que los hombres lo confiesen, lo adoren, invoquen su nombre. Y esto se hace para alcanzar la salvación del alma. Esto no se hace para darle un gusto a la gente, para entretenerla, sino para indicarle el camino de salvación, el camino del cielo, que es lo que no muestra Francisco: pone un camino humano, un fin temporal al hombre y a la Iglesia.
ii. «Yo soy el Buen Pastor; el Buen Pastor da Su Vida por las ovejas (…) Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga, y oirán Mi Voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor (…) pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas. Mis ovejas oyen Mi Voz, y Yo las conozco, y ellas Me siguen, y Yo les doy la Vida Eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de Mi Mano» (Jn 10,11.16.26-28). Cristo apacienta sus ovejas para darles la vida eterna, para llevarlas al cielo, no a la tierra. Y hay almas que no son de Cristo, no son del rebaño de Cristo, como es Francisco y todo su gobierno horizontal, y toda la Jerarquía que lo apoya: no son de la Iglesia Católica. Los que son de Cristo son los que escuchan la Voz de Cristo, que es la Verdad. Y esos no puede escuchar otras voces, sólo la Voz del Buen Pastor, que se da en la Iglesia en el Vicario de Cristo, en el Papa legítimo. Como Francisco no es el Papa legítimo, sino un usurpador del Papado, entonces los que son de Cristo no pueden escucharlo, no puede seguirlo, porque automáticamente se dan cuenta de que ese hombre no es de Cristo, no habla las palabras de Cristo, sino sus propias palabras, su labia mordaz, su labia fina para confundir a todo el mundo. Y sólo lo escuchan los que no son de Cristo, los que se van a condenar, los que no pertenecen a la Iglesia Católica.
iii. «Bien sabéis los preceptos que os hemos dado en nombre del Señor Jesús. Porque la Voluntad de Dios es vuestra santificación (…), que no nos llamó Dios a la impureza sino a la santidad» (1 Tes 4, 3.7). Cristo enseñó una doctrina divina a Sus Apóstoles, unos preceptos, no humanos, no carnales, no naturales, sino sobrenaturales, celestiales, sagrados, divinos. Y quien cumple esa doctrina de Cristo alcanza la santidad de vida, la perfección en todas las cosas: humanas y divinas. La Voluntad de Dios no consiste en dar de comer a los pobres, en llenar estómagos, en resolver problemas sociales, en darle un gusto al mundo. Sino que consiste en santificarse, alcanzar la misma santidad de Dios: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»
b. Segunda herejía: «La Iglesia piensa. Pero la Iglesia somos todos (…) la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad».
i. la Iglesia no somos todos, no se abre a toda la humanidad: es claro por el Evangelio: «pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas»
ii. la Iglesia no piensa sino que es la que cree en Cristo, la que tiene fe en la Palabra de Dios, la que sigue las enseñanzas de Cristo; enseñanzas que nadie puede tocar: ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún Papa, puede cambiar lo que ha enseñado Cristo a Sus Apóstoles. El pensamiento de los hombres, en la Iglesia, no hace la Iglesia. La Iglesia Católica es la Mente de Cristo, es la que tiene la Mente de Cristo: «Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo» (1 Cor 2, 16b). Aquella Jerarquía que no posea la Mente de Cristo, como es la de Francisco y todos los que le apoyan, no son de la Iglesia Católica. Aquella Jerarquía que cambie el Evangelio, lo dogmas, la Tradición Divina en la Iglesia no es de Ella. Francisco habla para los suyos: los que están en la Iglesia pensando la doctrina, innovando la doctrina con sus fábulas, cambiando la doctrina según sus interpretaciones filosóficas, políticas, económicas, culturales, de los hombres.
iii. La Iglesia es una sociedad sobrenatural:
a. «Así pues la Iglesia es una sociedad divina por su origen: sobrenatural por su fin y por todo lo que está próximo a su fin» (León XIIII – D 1959). Por tanto, la Iglesia no es una sociedad humana, terrenal, que se abre a toda la humanidad.
b. «Se citan tres sociedades necesarias, distintas entre sí: dos de éstas, a saber la asociación familiar y la sociedad civil son de orden natural; y la tercera, o sea la Iglesia, es una sociedad de orden sobrenatural…, en la cual los hombres, mediante el agua bautismal, entran en la vida de la gracia divina» (PIO XI en la Encíclica «Divini Illius Magistri» – D 2203). Los que no están bautizados no pertenecen a la Iglesia. Los que estando en la Iglesia no tienen fe en Cristo, no son de la Iglesia, a pesar de su Bautismo. Porque la Iglesia es un ser sobrenatural, no natural. Y, por tanto, se está en la Iglesia para un fin sobrenatural, no natural. No se hace la Iglesia para reunir a todos los hombres en una comunidad, que es lo que quiere Francisco: abrir la Iglesia al mundo, a todos los hombres. Se está en la Iglesia para obrar lo divino, no lo humano. Por eso, mucha gente que dice que cree en Jesús, realmente no cree porque sólo obra para un fin natural, social, civil, material, en la Iglesia. Es necesario un amor sobrenatural para conseguir este fin. Y, por eso:
c. «La sociedad cristiana es elevada a un grado, que supera enteramente todo orden natural» (Pío XII en la Encíclica «Mystici Corporis»). La Iglesia da la Gracia, que es el amor divino, para poder conquistar este fin sobrenatural, que tiene en Sí Misma. En todos los Sacramentos se da la gracia que lleva a lo sobrenatural:
i. En el Bautismo el fin es la vuelta a nacer de naturaleza sobrenatural en virtud del Espíritu Santo (Jn 3,3-5);
ii. en la Confirmación el fin es la entrega del don del Espíritu Santo (lHec. 8,14-17);
iii. en la sagrada Eucaristía el fin es la participación de aquella vida sobrenatural y eterna por la que los fieles vivan a causa de Jesucristo (Jn 6,53-58);
iv. en la Penitencia el fin el perdón verdadero de los pecados (Jn 20,21-23);
v. en la Santa Unción el fin es el alivio y la salvación del enfermo y el perdón de sus pecados (Sant 5,14-15);
vi. en el Orden el fin es conferir la gracia y la virtud para cumplir denodadamente el ministerio del Evangelio (2 Tim 1,59);
vii. en el Matrimonio el fin es darles la gracia a los contrayentes, por la que éstos puedan imitar aquella unión y amor mutuo, con los que Jesucristo se une a la Iglesia y ama a ésta (Ef 5,22-32).
c. tercera herejía: «ni mucho menos debe restringir su mirada al clero o al Vaticano (…)No limitarla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano. Ellos son parte de la Iglesia».
i. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Es decir:
a. Su Cabeza es Cristo;
b. Su Alma (= a modo de alma, en sentido analógico) es el Espíritu Santo;
c. Sus miembros: los hijos de Dios.
ii. Y Cristo, funda Su Iglesia en Pedro, que es Jerarquía, la cual no es una cabeza aparte en la Iglesia, sino el mismo Vicario de Cristo. No está fundada la Iglesia en los demás fieles, en los Apóstoles, sino en una piedra, para que haya una sola cátedra, una sola fe, una sola enseñanza, un solo Señor. Para que los hombres obedezcan a un hombre, que es el Vicario de Cristo, que da la misma Mente de Cristo. Y, por eso, la Jerarquía no es una parte de la Iglesia, sino el mismo fundamento de la Iglesia:
«El Señor dijo a Pedro: “Yo te digo que tu eres Pedro”, etc. Edifica la Iglesia sobre uno solo. A este mismo después de su resurrección le dice: “Apacienta mis ovejas” y le confía a él las ovejas para que las apaciente. Y aunque a todos los Apóstoles después de su resurrección les conceda una potestad semejante (San Juan 20,21-23), sin embargo a fin de poner en claro la unidad, ordenó con su propia autoridad el origen de esta misma unidad que tuviera su principio en uno solo y constituyó una sola cátedra. Ciertamente también los otros Apóstoles eran esto que fue Pedro, al estar dotados de consorcio análogo de honor y de potestad, sin embargo el comienzo parte de la unidad a fin de que la Iglesia de Jesucristo se muestre única. Y el Primado se le otorga a Pedro a fin de que aparezca una sola cátedra». (San Cipriano – R 555).
iii. En la Iglesia se mira a Pedro y, en Pedro, a toda la Jerarquía. Son ellos los que tienen el poder en la Iglesia: el poder para gobernar, enseñar y santificar. Los demás, en la Iglesia, son nada. No tienen ningún poder. No hacen nada. Porque se salvan y se santifican obedeciendo a la Jerarquía, no haciendo cosas en la Iglesia. La Jerarquía lo es todo en la Iglesia, no es una parte.
Cuando un hombre habla así de la Iglesia Católica, sin apoyarse en el Magisterio de la Iglesia ni en los Evangelios, sin apoyarse en lo que los Santos han dicho sobre la Iglesia, entonces es claro que su enseñanza no viene de Cristo. Que Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino que pertenece a su iglesia, una iglesia universal, donde entren todos y donde todos los hombres puedan opinar, puedan pensar al Iglesia. Sólo al comienzo de su exposición, Francisco ha dado cantidad de errores, que no se pueden seguir, que no se pueden aceptar de ninguna manera.
Y en los errores que da a continuación se ve la negrura de su alma, se ve su falta de fe, se ve para qué está en la Iglesia, para qué la está gobernando.
No pierdan el tiempo con esas catequesis. Luchen contra la mente de Francisco, muestren la Verdad a toda la Iglesia, pero no pierdan la paz por lo que dice ese hombre. Ese hombre ha perdido la sensatez espiritual. No sabe decir ni una Verdad bien dicha. Sólo sabe hablar y hablar para confundir a todo el mundo. Ése es su objetivo. No tiene otro. Los que tienen dos dedos de frente, saben muy bien de qué está hablando ese hombre en estas enseñanzas del demonio.
Francisco es la voz de un nuevo y falso Papado en la Iglesia y, por tanto, es la base para construir una nueva herejía, una nueva iglesia sin verdad, sin fundamento en la Revelación, sino sólo en lo que piensan los hombres. Y quien da culto al pensamiento del hombre se vuelve dios en la Iglesia.
La Iglesia es la Eucaristía. Ahí está toda la Iglesia. Y quien no viva a Cristo en su corazón, sólo lo destruye con su mente humana, que es lo que hace Francisco.
 
 
 
 
 

martes, 17 de junio de 2014

Palabras blasfemas de Francisco

Lumen Mariae: ” Una Iglesia que no permanece al pie del Crucificado, como lo hicieron la Virgen María y San Juan, no sabe reparar sus muchos males y no sabe engendrar la virtud en las almas. No sabe ser perfecta. No tiene la sabiduría divina. Es sólo una veleta de los pensamientos de los hombres, un juego, un negocio más en la vida.”

Francisco, incluso duda a través de su puerco lenguaje y metiendo con ello su blasfemo veneno en la escena bíblica, de que la Virgen permaneciera firme en la Cruz y fuerte en la fe. La miserabilidad de este maldito imbécil, siempre lo repito, alcanza cotas inimaginables para una mente no enferma de odio a la Cruz. Sólo crea confusión para llevar a las almas a donde él irá a parar. Ese es su plan. Letras azules mías:

Francisco: “El Evangelio no nos dice nada (Los Evangelios están llenos de referencias de cómo era la Virgen María y lo que pasaba por su corazón, lo dice todo):
si ha dicho algo o no… Era silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor!
(«Proclama mi alma la grandeza del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:su nombre es Santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación." Magnificat) ‘Tu, aquel día –esto es lo que hemos leído– me has dicho que será grande; tu me has dicho que le habrías dado el Trono de David, su padre, que habría reinado para siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen María era humana! Quizá tenía las ganas de decir: ‘¡Mentiras! ¡He sido engañada!!”. 


del Evangelista Lucas:  2:25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.
2:26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
2:27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley,
2:28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
2:29   Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, 
Conforme a tu palabra; 
2:30   Porque han visto mis ojos tu salvación, 
2:31   La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 
2:32   Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.
2:33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él.
2:34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha
2:35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.






La hermana de Bregoglio entrevistada


Un par de apuntes. Su favorito para ocupar la Sede de Pedro era un cardenal brasileño, no su hermano. No se acuerda del nombre de este cardenal carioca, ni falta que hace. Esperaba, eso sí, que el papa saliera elegido de fuera de Europa, un "latinoamericano", como dicen los cursis, para "avanzar más" en la Iglesia. No especifica la señora hermana de Su Humildeza hacia donde debe avanzar más la Iglesia. Pero si ese avance es el mismo que llevo a rajatabla y con pulso totalitario su hermano el cardenal Bergoglio en Buenos Aires, entonces, se trata ni más ni menos de dejar los seminarios y los templos vacíos, hechos un erial. Dos, al igual que su hermano, la señora Bergoglio también es partidaria de los cambios en la Iglesia. Cambios por arriba, cambios por abajo, cambios sin sentido ni rumbo en una Iglesia que debe permanecer inmutable para el mundo (así lo mandó Jesucristo), cambios que algunos sabemos bien, intuimos, donde nos llevan

"El horror a Lo Mismo de Siempre es una de las pasiones más valiosas que hemos producido en el corazón humano: una fuente sin fin de herejías en lo religioso, de locuras en los consejos, de infidelidad en el matrimonio, de inconstancia en la amistad. Los humanos viven en el tiempo y experimentan la realidad sucesivamente. Para experimentar gran parte de la realidad, consecuentemente, deben experimentar muchas cosas diferentes; en otras palabras, deben experimentar el cambio." (C.S. Lewis- Cartas del diablo a su sobrino.)



Entrevista; https://www.youtube.com/watch?v=AaVPe6H2_e8

Francisco es anatema

del Blog Lumen Mariae
 
 
 
Primero ahuyentan a los fieles de los templos, luego los ocupan.
 


El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad. El Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia. Un Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no como Obispo de Roma.
 
Por eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero. Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.
El Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la Iglesia.
Un Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.
Nunca un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como obra entre los hombres, en el mundo.
Un Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia. Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los hombres.
Un Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los hombres.
Es claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo, que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.
Francisco no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad, una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.
Francisco ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva economía y un nuevo orden mundial.
Francisco vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de condenar las almas al fuego del infierno.
Francisco no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para lo que se vive: la gloria de los hombres.
Un hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma. Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios divinos al alma.
Para Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente, lo quiera.
Francisco hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo natural, de lo material, de lo carnal.
Francisco es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el juego en esa locura.
Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:
1. Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la mente del hombre.
2. La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha recibido en su Elección.
3. Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa Verdad.
4. Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.
El Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los gobiernos del mundo.
Francisco aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres, las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo, haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del mundo, la política que se sigue en el mundo.
El Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa Martín I “Catholicae Ecclesiae universae”, en la cual promulga los decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es un documento ex Cátedra.
Las encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).
Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro, recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y, cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles, pero no en la sustancia, sino per accidens.
Y, por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los anteriores.
La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles. Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la doctrina.
Francisco, al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice. Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.
Francisco, al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía contra el verdadero Papa.
Pero Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido; es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia, anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.
Por tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira, pone el camino hacia el error.
En consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.
Unos Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.
Un Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.
Muchos, en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar toda la Iglesia.
Una Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la Iglesia. Viene mucho mal.
Por tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la mentira.
Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.
No se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco. Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda viendo el error, la mentira.
Francisco no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo. NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.
Francisco no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el Señor lo quita de en medio.
Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido» (1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gal.1, 8).
Francisco es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar» (Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco. La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa el pueblo, es lo que piensa Cristo.
La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia (…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].
Los que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos su comunismo en la Iglesia.
De Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo la Iglesia Católica.

lunes, 16 de junio de 2014

Francisco: "Quieren quitar del diccionario la palabra solidaridad. Les parece un taco y es una palabra cristiana"

Un Bergoglio en su salsa
Francisco: "Quieren quitar del diccionario la palabra solidaridad. Les parece un taco y es una palabra cristiana"

La palabra "solidaridad" no es cristiana, es de origen masónico, no es de Dios. Liberté, égalité, fraternité y "sollidaritec" y en este plan sadomasón y chunguilismo ilustrísimo. La mierda de Liberté, égalité, fraternité que acabó masacrando a los católicos de Francia y del orbe entero en nombre de tú ideología y de paso quitó a Dios del centro de la vida del hombre para poner al Diablo.

Lo cristiano siempre ha sido la CARIDAD, no la "solidaridad". Esto de la solidaridad es un invento masónico para derrocar la Caridad de Dios, que es lo que hace uno por amor al prójimo, amar a Dios, no por interés a una logia, pedazo de imbécil marxista. Cuando caen las bombas en las aldeas africanas, los cooperantes solidarios salen por patas y solo queda la Caridad de Dios que dan los misioneros de Cristo. Te gusta mucho últimamente escandalizar al catolicismo más pío y legal, que aún quedan de esos. Y ahí llevas tú signo de sátrapa al servicio de Satanás. Apoyas lo que siempre condenó la Iglesia, la masonería. Y la apoyas porque tú perteneces a esa secta satánica. Se te ven en las patitas que asomas por la puerta sombría. Y tarde o temprano todos los ciegos ensoberbecidos que apoyan tu diabólica causa no podrán desprenderse del elixir de tú veneno podrido. Quedaran pringados a tus aberraciones como una mosca a la tela de una araña.

Francisco y sus mártires...

 
 
Francisco junto a marginados de la sociedad corrupta
Francisco: "Hoy, ofrecemos la Misa por estos - tantos, tantos - que pagan la corrupción, que pagan la vida de los corruptos. Estos mártires de la corrupción política, de la corrupción económica y de la corrupción eclesiástica."


No hay mártires en la Iglesia Católica debidos a "la corrupción política, de la corrupción económica o de la corrupción eclesiástica" como afirma escandalosamente ese pobre hombre al que llaman Francisco. Los únicos mártires para los ojos de Dios, y para la Iglesia, son aquellos que mueren torturados o asesinados por defender su fe católica, víctimas de la persecución religiosa, del odio religioso. Esto es lo que siempre ha enseñado la Iglesia Católica durante siglos. Los mártires mueren abrazando la Cruz. ¿Dónde se da la persecución religiosa o el odio contra Dios en los grupos que señala Francisco? . Este hombre se inventa las cosas, trastoca las palabras y manipula las enseñanzas católicas para su único fin, cubrirse de gloria a los ojos del mundo y de los hombres. Y ya no respeta ni lo más sagrado de la Iglesia, sus mártires.
 
 
 

jueves, 12 de junio de 2014

Francisco, en Santa Marta: "El que insulta mata, asesina"

http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2014/06/12/el-papa-en-santa-marta-el-que-insulta-mata-asesina-religion-iglesia-vaticano-francisco-conflictos-paz.shtml




Bergoglio dejándose querer por la marabunta


Bergoglio, hoy en Santa Marta: "El que insulta mata, asesina"

Palabras de Francisco, el que no insulta, dedicadas a los católicos:


¡Vieja camarera!
¡Promotor de coprofagia!
¡Especialista del Logos!
¡Contador de Rosarios!
¡Funcionario!
¡Ensimismado, prometeico y neo-pelagiano!
¡Restauracionista!
¡Pelagiano!
¡Don y doña Quejido!
¡Triunfalista!
¡Cristiano líquido!
¡Momia de museo!
¡Príncipe renacentista!
¡Obispo de aeropuerto!
¡Ideólogo del Logos!
¡Cortesano leproso!
¡Ideólogo!
¡Cara larga, lúgubre cristiano de funeral!
¡Gnóstico!
¡Obispo carrerista!
¡Amargado!
¡Simulador!
¡Obsesivo de la liturgia!
¡Decidor de oraciones!
¡Autoritario!
¡Elitista!
¡Pesimista quejumbroso y desilusionado!
¡Cristiano triste!
¡Niños! ¡Temerosos de bailar! ¡Llorones! ¡Temerosos de todo!
¡Requeridor de certezas en todo!
¡Cristiano cerrado, triste, atrapado, no un cristiano libre!
¡Cristiano pagano!
¡Pequeño monstruo!
¡Cristiano derrotado!
¡Recitador del Credo, cristiano papagayo!
¡Cristiano de fe aguada, débil de esperanza!
¡Golpeador inquisitorial!
¡Seminaristas que aprietan los dientes y aguardan terminar, observan reglas y sonríen, revelando la hipocresía del clericalismo -uno de los peores males!
¡Ideólogo abstracto!
¡Fundamentalista!
¡Adorador de sacerdotes, zalamero!
¡Devoto del dios Narciso!
¡Cura vanidoso como mariposa!
¡Cura chanchullero!
¡Cura magnate!
¡Religioso que tiene un corazón ácido como el vinagre!
¡Patrocinador del veneno de la inmanencia!


Etc....

Francisco no hace la genuflexión en la Consagración porque no cree en la presencia real de Jesucristo.

Esto texto pertenece a un desvergonzado idólatra que firma como Chestertenófilo en el blog “La cigüeña de la torre”:

“En las fotos en que aparece el papa Francisco arrodillado, siempre aparece una mano suya apoyada en el suelo, más o menos sirviendo de apoyo al Papa.

¿Dónde está la mano apoyándose?

Así, apoyándose con una de sus manos, amortiguando todo el peso de su cuerpo, el papa Francisco sí puede, no sin gran esfuerzo, permanecer de rodillas.

Francisco el esforzado


Pero a la vez que puede estar arrodillado en un reclinatorio, no puede hacer genuflexión; por ejemplo, en el momento de la consagración eucarística.

Mesa camilla andante plantando un arbolito


En un reclinatorio tienes un apoyo cómodo para las rodillas, el pie al apoyarse en el suelo descarga parte del peso del cuerpo y también puedes apoyar los codos de manera que la rodilla soporte aún menos peso. Cuando haces genuflexión, la rodilla soporta todo tu peso, y si (como esa mano apoyada en el suelo demuestra) el Papa tiene problemas en las rodillas, hacer eso le supone una tortura tremenda.

Bergoglio hincando la cerviz ante una reina mora


Lo sé porque yo tengo las rodillas un poco “p’allá” y cuando hago genuflexión siempre apoyo la mano en algo para descargar parte de mi peso y que mi rodilla no sufra tanto”

El artista bendecido por el telepredicador de una secta