domingo, 24 de agosto de 2014

Officium Defunctorum (Nueva España, 1559)

 
El arte religioso que produce el Siglo de Oro español, es la manifestación más sublime del conocimiento, el discernimiento y la intuición de la gloria de Dios por el hombre. Nada lo supera. Si en la imaginería nos encontramos en mi tierra, Sevilla, cuna de grandes artistas, con un sublime Juan de Mesa que es capaz y capataz de crear en la hojarasca de la madre madera al mismísimo Gran Poder de Dios, en las letras, no podemos pasar por alto la capacidad de acercarnos a Él de una mística monja casi analfabeta, pero con la sabiduría que infunde estar cerca de su Gloria: Teresa de Jesús. En la música, España es cuna de los más memorables y eminentes hombres que con su arte ensalzan y alaban a Dios Padre, al catolicismo que vertebra el espíritu bueno, que obra Occidente. Que gloriosa época para vivirla, cuánto la echo de menos...



Le pregunté con temor un día a mi maestro de acústica y canto coral, un experto en el Renacimiento español y el buen gusto, un exégeta de la vida como Dios manda, sobre la diferencia que el notaba -sutil-, y percibía, aparte de las estilísticas, entre Palestrina y Cristóbal de Morales;



-Mira niño, Palestrina nos prepara para la Gloria de Dios, y Cristóbal de Morales, en cambio nos recuerda que el sufrimiento y el padecimiento en la tierra no es eterno.





Ahí quedo eso.










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