jueves, 26 de septiembre de 2013

Bergoglio: "Antes de la bendición, quiero deciros otra cosa: Hoy, en Pakistán, por una decisión equivocada, de guerra, hubo un atentado y murieron 70 personas".

Una "decisión equivocada" es la que yo tomo cuando elijo mal el camino que debe llevarme al centro de salud de mi barrio.  Una "decisión equivocada" es adquirir una docenas de ostras en mal estado. Una "decisión equivocada" es dedicarse en cuerpo y alma a la religión cuando sabes de sobra que la trascendencia y lo sobrenatural de Dios te está vetado.

Para calificar de "Decisión equivocada" un ataque terrorista contra cristianos debes tener al menos el interior de tu alma enfangado de sombras y tinieblas para no morir de asco en el intento. Pero Begoglio, lo hace, y no pasa nada.  A un asesinato en masa por el simple hecho de ser cristianos un papa nunca lo puede llamar "decisión equivocada". Un cristiano asesinado en manos de un islamista no muere por una "decisión equivocada", muere por abrazar la cruz.  Y punto. Esto es lo que no quiere ver el "Obispo de Roma", porque no le interesa verlo. Esto es lo que no quiere ver la masa con olor a borrego que sigue a este individuo a pie juntilla hasta que los conduzca al precipicio.

Bergoglio llama "guerra", a lo que sólo es la acción terrorista de un grupo islámico contra una comunidad cristiana, pacífica y desarmada. En la lucha antiterrorista, el ABC de la doctrina, que se repite como un mantra, es no comparar nunca jamás de los jamases a los terroristas con soldados. Al llamar "guerra" a un acto diabólico y asesino ejecutado contra nuestros hermanos cristianos en Pakistán, Bergoglio, vuelve de nuevo a poner en valor esa jesuítica equidistancia a la que desgraciadamente ya nos tiene bastante acostumbrado, y a colocar sobre el sucio tablero un movimiento netamente político, no religioso, y menos, católico.


Acentuando con ello, además, una impulsiva característica que adorna su malhadado papado: la cobardía latente para no llamar a las cosa por su nombre. Cuando alguien, sea éste el “Obispo de Roma”, el Rey de España o mi vecino del quinto, no llama a las cosas por su verdadero nombre, falta a la verdad. Y en el caso de un líder religioso que se pretende papa esto no tiene perdón de Dios. Probablemente, esta frase, sea la más siniestra que haya pronunciado Bergoglio desde que ocupa la Silla de Pedro. Bueno, no sé, ha producido tantas de este tenor...

Esa acción de "guerra", esa "decisión equivocada", como las define el trastornado de la Pampa, por ponerles en situación, consistió en asesinar a más de 70 personas y dejar herida a otras 130 en una iglesia de la ciudad noroccidental paquistaní de Peshawar. El ataque ocurrió poco antes del mediodía, hora local, en la Iglesia de Todos los Santos (por el nombre deduzco que se trata de una comunidad católica), situada en la zona de la Puerta de Kohati de la capital de la conflictiva provincia de Khyber-Pakhtunkhwa.

Los terroristas (perdón, los soldados, según Bergoglio) entraron en la iglesia cuando los fieles estaban concluyendo la oración y activaron las cargas explosivas que portaban adheridas a sus cuerpos. En el momento del ataque había entre 600 y 700 feligreses en el lugar.

La acción de "guerra" no tuvo resistencia  alguna por parte del otro "bando", formado principalmente por padres y madres acompañados por sus hijos.

Que alguien en Roma (tampoco hace falta que se entere nadie) susurre al oído de Bergoglio, a ese pestorejo que tiene por oreja, que debería empezar a cuidar las palabras, su sentido, su alma, ya que está haciendo mucho daño con ellas -a mi personalmente no, ya estoy vacunado contra este demagogo-, y además, me malicio que interesadamente. Aunque si lo que tiene dentro es tan oscuro como lo que destella desde fuera, al final, aunque intente enmendarse, acabará enseñando la patita, como en la fábula del lobo. Por otra parte, y acabo, se me viene a la memoria el atentado mortal de la T4 en Madrid, al que Zapatero calificó de mero "accidente". En aquella ocasión ZP negociaba por lo bajini con los terroristas de la ETA. ¿Con quién pretende negociar Bergoglio para no llamar a las cosas por su nombre?




La obsesión de Francisco: el dinero



limosna
 
Francisco demuestra, desde que subió al trono de Pedro, una falso amor a los pobres.
Ese falso amor es por su amor al dinero.
Eso le hace estar hablando continuamente de los pobres y del dinero, y preocupándose por sacar de la pobreza a los hombres, cuando ésa no es la misión de la Iglesia.
“Judas Iscariote… dijo. ¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? Esto decía, no por amor a los pobres, sino porque era ladrón, y, llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban. Pero Jesús dijo: Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.” (Jn 12, 7)
Para Francisco, el dinero es un ídolo, y el mundo se ha construido sobre ese ídolo. Y se ha construido mal. Y los hombres tienen que luchar para quitar ese ídolo y ponerse como centro ellos mismos: “Dios quiso que el centro del mundo no fuera un ídolo, que fueran el hombre y la mujer, los que sacasen adelante con su trabajo el mundo…No queremos este sistema económico globalizado que nos hace tanto daño”. En el centro tienen que estar el hombre y la mujer, tal como Dios quiere, y no el dinero !” (Cerdeña – 22 de septiembre del 2013)
Dios no quiere nunca que el hombre y la mujer saquen adelante con su trabajo el mundo, porque Dios no ha venido a resolver los problemas del mundo, los problemas de los hombres. Dios ha venido a poner un camino de salvación a todos los hombres, que consiste en quitar el pecado, en luchar contra el pecado. Y, de esa forma, llegar al término de su vida, que es la santidad de vida.
Dios no lucha por las clases sociales, Dios no saca de la pobreza a nadie, Dios no hace un mundo mejor basado en las obras de los hombres. Esto es lo que quiere Francisco. Y sólo esto, porque está lleno de la ideología comunista, que pretende acaparar los bienes de todos los hombres, hacer un común y así sólo servir a unos pocos con esa riqueza. Y pregonan el cuento de ayudar a los pobres con la riqueza, cuando sólo quieren someterlos a su falsa ideología.
Francisco es comunista. Y, como comunista, le gusta el dinero. Y va tras el dinero en todas las cosas. Como comunista, vive pobremente. En su porte exterior, no se ven riquezas, no vive de riquezas, porque tiene la idea de que hay que distribuir bien las riquezas entre todos. Y eso ir en contra del Evangelio de Jesús.
Jesús ni se preocupó por el dinero en toda su vida. Judas fue el que se preocupó por el dinero y, por eso, le llevó ese amor al dinero a su pecado de entregar al Maestro.
Francisco se preocupa del dinero. Ya no está imitando a Jesús. No cree en la vida de Jesús. Sólo cree en la vida de los hombres. Y, por eso, dice que el centro de la vida son el hombre y la mujer. Y el centro de la vida es siempre Dios.
Jesús vivía para Su Padre, no para los hombres. Vivía para hacer del centro de su vida una adoración continua a la Voluntad de Su Padre. Francisco vive para recoger dinero de los hombres, para que los hombres le den dinero, para que los hombres vean que la Iglesia se preocupa por los asuntos del hombre y así los hombres entren en la Iglesia con sus problemas económicos para que la Iglesia se los resuelva.
Es lo que está haciendo desde que subió al Trono. Y pone el ejemplo del Samaritano, que es lo que hay que imitar en la Iglesia. Y no hay que preguntarse por las heridas de los hombres, sino que hay que ayudar a los hombres en sus necesidades materiales, humanas, económicas.
Francisco no sabe dar la espiritualidad del amor al prójimo. No sabe enseñar que para dar dinero al prójimo hay que discernir el amor, porque no se puede dar a todos igualmente.
Si no se discierne el amor, entonces sólo se predica que hay que dar dinero. Y eso va contra el Evangelio, contra la Palabra de Dios.
En el Samaritano, Jesús enseña a amar al prójimo cuando es enemigo y, por tanto, hay que amarlo con un amor de justicia: hay que darle lo que ese prójimo, por ser enemigo, merece. No hay que amarle ni con amor de caridad ni con amor de benevolencia, ni con amor de sacrificio.
Cuando el Señor pide que se dé alimento al que tiene hambre, bebida al que tiene sed, que se ayude al peregrino, que se vista al desnudo, que se visite al enfermo, que se vaya al que está en la prisión (cf. Mt 25, 35), Jesús enseña el amor al prójimo por virtud de la benevolencia. Se ama al prójimo porque se ama, no por otra razón. Y se le da de comer por amor y sólo por amor. Y se le va a visitar cuando está enfermo o en la cárcel sólo por amor. Porque el amor es lo más importante en la vida. Y donde hay amor hay salvación. Pero donde no hay amor, sino sólo dinero, entonces no hay salvación. Para salvarse, el hombre tiene que amar, no dar dinero. Esta es la enseñanza de Jesús cuando presenta la salvación de los hombres y la condenación de los hombres. El hombre se condena porque no amó con este amor. No amó sin más. Se ama porque se ama. Y como despreció este amor al ver al hambriento, al ver al sediento, al ver al que no tenía vestido…, entonces el hombre se condenó.
Esto no lo enseña Francisco. Sólo enseña a dar dinero.
Y la limosna que se da a los pobres hay que darla por amor de sacrificio, para expiar los pecados de cada uno. Es un amor que hace que la persona se sacrifique de su dinero o de sus bienes materiales para reparar sus pecados. La limosna no vale cuando se da dinero sin este fin espiritual. Porque lo que importa es el fin espiritual con que se hace el acto de la limosna. No importa el dinero: “la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado. Los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad, mientras que los pecadores son enemigos de su propia dicha” (Tb 12, 9-10).
Francisco sólo se fija en el dinero y no enseña la verdad del amor al prójimo, del amor a los pobres. Luego, es necesario concluir que Francisco es como Judas: le gusta el dinero. Y hace lo que Judas: ¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? ¿Por qué la Iglesia no busca bienes materiales, dinero, para ayudar a los pobres?
La obsesión de Francisco por el amor a los pobres, por el dinero, por querer hacer a los hombres felices aquí en la tierra es sólo una distracción del demonio para que la Iglesia no vea lo que se está cociendo en este tiempo de espera.
Porque Francisco está esperando algo. Lleva seis meses hablando, pero no ha actuado. Se han visto signos visibles de lo que quiere hacer Francisco, pero no ha puesto por obra todo su pensamiento. Si lo pusiera, entonces la cosa sería diferente en la Iglesia. Pero la Iglesia todavía está cómoda con lo que dice Francisco porque no se ha metido con el dogma de la Iglesia ni con sus tradiciones en la práctica, que es lo que le interesa a la Iglesia. Y Francisco distrae a la Iglesia con todo eso de su amor a los pobres. Él no tiene el espíritu de San Francisco. No sabe ni lo que es ese espíritu. Sólo se fija en lo externo de ese espíritu para así caer bien a todo el mundo.
El dinero es del demonio. Y los problemas económicos de los hombres es por su pecado de avaricia. No por otra cosa. La codicia del dinero, de la vida que da el dinero, la ambición por tenerlo todo en la vida: ése es el verdadero problema de todos los hombres. Y si no se quita este pecado de avaricia, no se quitan los problemas económicos. Y, por eso, el Señor profetiza: Pobres, siempre los tendréis, porque el hombre no quiere quitar su pecado de avaricia para ser de Dios y salvarse.



del blog Lumen Marie-
 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Herejías

Francisco: “Si a lo largo de la historia las religiones han evolucionado tanto, ¿por qué no vamos a pensar que en el futuro también se adecuarán a la cultura de su tiempo?”.

  La Fe no está ahora en la presencia de una herejía particular – como lo estuvo en el pasado ante la herejía arriana, la maniquea, la albigense o la mahometana – ni tampoco está en presencia de una especie de herejía generalizada como lo estuvo cuando tuvo que enfrentar a la revolución protestante hace trescientos o cuatrocientos años atrás. El enemigo al cual la Fe tiene que enfrentar ahora, y que podría ser llamado “El Ataque Moderno”, constituye un asalto integral a lo fundamental de la Fe – a la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora avanza sobre nosotros está cada vez más consciente de que no existe la posibilidad de ser neutrales. Las fuerzas que ahora se oponen a la Fe están diseñadas para destruir. De aquí en más la batalla se librará sobre una bien definida línea divisoria y lo que está en juego es la supervivencia o la destrucción de la Iglesia Católica. Y toda su filosofía; no una parte de ella.
 
  Sabemos, por supuesto, que la Iglesia Católica no puede ser destruida. Pero lo que no sabemos es la medida del área en la cual habrá de sobrevivir. No conocemos su poder para revivir ni el poder del enemigo para empujarla más y más hacia atrás hasta sus últimas defensas, hasta que parezca que el Anticristo ha llegado y estemos a punto de decidir la cuestión final. De tal envergadura es la lucha ante la cual se halla el mundo.

...examinemos al Ataque Moderno – al avance anticristiano – y distingamos su naturaleza especial. Para empezar, hallamos que es, al mismo tiempo, materialista y supersticioso.

  Hay aquí una contradicción racional pero la fase moderna, el avance anticristiano, ha abandonado a la razón. Está enfocada en la destrucción de la Iglesia Católica y la civilización creada por ella. No le preocupan las aparentes contradicciones en su propio organismo mientras la alianza general esté dirigida a terminar con todo aquello por lo cual hasta ahora hemos vivido. El ataque moderno es materialista porque, en su filosofía, considera solamente causas materiales. Es supersticioso sólo como una consecuencia secundaria de este estado mental. Alimenta superficialmente las tontas extravagancias del espiritualismo, el vulgar sinsentido de la “Ciencia Cristiana”, y sólo el cielo sabe cuantas fantasías adicionales. Pero estas tonterías no están alimentadas por un hambre de religión sino por la misma raíz que ha convertido al mundo en materialista: por la incapacidad de comprender la verdad primordial de que la fe está en la base de todo conocimiento; por pensar que la verdad no se puede apreciar sino por experiencia directa...

  Podemos dejar por sentado, pues, que el nuevo avance contra la Iglesia – en lo que quizás resulte ser el avance final contra ella siendo que constituye el único enemigo moderno relevante – es fundamentalmente materialista. Lo es en la lectura que hace de la Historia y, por sobre todo, en sus propuestas de reforma social.

  ...(el Ataque Moderno) Es materialista y ateo; y siendo ateo, necesariamente es indiferente ante la verdad. Porque Dios es Verdad. Pero existe cierta indisoluble Trinidad constituida por la Verdad, la Belleza y la Bondad. No se puede negar o atacar a una de ellas sin, simultáneamente, negar o atacar a las otras dos. En consecuencia, con el avance de este nuevo y tremendo enemigo de la Fe y de toda la civilización que la Fe produce, lo que se viene no es tan sólo un desprecio por la belleza sino un odio hacia ella; e inmediatamente después, pisándole los talones, aparece el desprecio y el odio a la virtud.

  Los tontos menos malos, los menos viciosos conversos que ha hecho el enemigo, hablan vagamente de “reajustes”, de “un nuevo mundo” y de un “nuevo orden”; pero no comienzan diciéndonos – como por razones elementales deberían hacerlo – sobre qué principios habrá de levantarse este nuevo orden. No definen el fin que tienen en vista.
El comunismo (que es tan sólo una de las manifestaciones, y probablemente sólo una manifestación pasajera, de este Ataque Moderno) proclama que está dirigido hacia cierto bien; vale decir: hacia la abolición de la pobreza. Pero no nos dice por qué esto habría de ser bueno; no admite que su esquema incluye también la destrucción de otras cosas que son buenas según el consenso común de la humanidad: la familia, la propiedad (que garantiza la libertad y la dignidad individuales), al humor, a la misericordia y a todas las formas que consideramos como propias de una vida recta.

  Al fenómeno en si lo conocemos aceptablemente bien. Y no es la revuelta de los oprimidos; no es el alzamiento del proletariado contra la injusticia y la crueldad capitalista. Es algo que viene de afuera; como un espíritu maligno que se aprovecha de la desesperación de las personas y de su enfado por condiciones injustas...

  Comenzó con la negación de una autoridad central y terminó diciéndole al hombre que es autosuficiente instaurando por todas partes grandes ídolos para que fuesen adorados como dioses.


  No es tan sólo por el lado comunista que esto aparece; lo hace también en las organizaciones que se oponen al comunismo; en las razas y naciones en dónde la fuerza bruta está colocada en el lugar de Dios. Aquí también se instauran ídolos a los cuales se les ofrecen espantosos sacrificios humanos. También en estos lugares se niega la justicia y el correcto orden de las cosas.

 .…(El ataque moderno) Considera al hombre como un ser autosuficiente, a la oración como una autosugestión y – esto es fundamental – a Dios como nada más que un producto de la imaginación; como la propia imagen del ser humano arrojada al universo; como un fantasma y no como una realidad.


  Éste es el enemigo moderno; éste es ese diluvio en progreso; ésta es la mayor lucha, y puede ser la final, entre la Iglesia y el mundo. Debemos juzgar a este enemigo por sus frutos y los mismos, si bien aún no están maduros, ya se han hecho reconocibles.

The Great Heresies - 1938 -Joseph Hilaire Pierre René Belloc

domingo, 8 de septiembre de 2013

Ecumenismo Bobalicón (al estilo Bergoglio)

Cuando escuché por vez primera la palabra “ecumenismo”, allá en mis lejanos tiempos de noviciado, su significado obvio estaba marcado por la enseñanza de los Papas: no era otra cosa que el deseo ferviente de que los herejes, cismáticos y todos los que estaban fuera de la Iglesia volvieran al redil, según aquella consigna del Señor: Que haya un solo rebaño y un solo Pastor. Se trataba de rezar insistentemente y hacer el apostolado necesario para que ellos abandonaran sus doctrinas anti-católicas y se adhirieran a la Fe de la Santa Madre Iglesia, única verdadera. Por aquellos tiempos se entendían las palabras del Credo en su sentido más elemental: Una sola fe, una sola Iglesia, un solo Bautismo.
Un poco más adelante, me explicaron que esto del ecumenismo se había entendido mal durante veinte siglos de Historia de la Iglesia. Las cosas iban ahora por otros derroteros: se trataba de comprender que las palabras herejes, cismáticos… no eran muy caritativas. Por eso había que llamarlos hermanos separados, para hacer ver con el lenguaje (siempre el lenguaje “interpretando” la realidad), que estaban en otro departamento, pero estábamos todos en la misma casa. Por tanto había que tener la puerta abierta por si deseaban regresar. Sin rencores, sin temores, sin intolerancias.
Conseguido esto, se me explicó que en realidad no son tantas las diferencias entre la fe de unos y la verdadera Fe católica. Se me decía que era cuestión de matices. Que al fin y al cabo no se puede dar a los dogmas (los famosos dogmas que provocaron las separaciones odiosas) un contenido sustancial y real, sino que más bien habían sido producto de la diversidad de culturas y de pensamientos filosóficos (haciendo especial hincapié en ese maldito pensamiento escolástico que tanto mal hizo a la Iglesia al cosificar los misterios). Ya no hacía falta por tanto esperar a que los hermanos regresaran: eramos nosotros los que deberíamos permitir que también ellos expresaran SU fe en el ámbito católico. O sea, que podían entrar en nuestro departamento como si nada y establecerse allí.
Otro capítulo más apareció después, ya en mi vida de fraile. Ahora la cuestión estaba mucho más “nítida”, pues me explicaban los novicios jóvenes que en realidad no podíamos pretender tener toda la Verdad. Por lo que era necesario admitir el derecho de cada ser humano a tener su propia religión. Ya no eran solamente los hermanos separados (aún no me había acostumbrado a llamarlos así), sino que también los paganos, los animistas, los hinduistas eran quienes tenían que ser comprendidos y no ser molestados en absoluto, porque también ellos tenían parte de la Verdad en el acercamiento a SU dios. Recuerdo que esta época coincidió con el regreso a casa de multitud de misioneros, que ya no veían necesaria la conversión de nadie. Fue la época del declive estrepitoso de todas aquellas ordenes religiosas misioneras, fundadas muchas de ellas en el siglo XIX, que pasaron automáticamente a convertirse en organizaciones solidarias, caritativas, promotoras del desarrollo, e incluso (lo más lógico en este ambientillo), en Congregaciones con acentos marxistoides. Por tanto ya no hacía falta ni dejar la puerta abierta para que regresaran, ni salir nosotros a convencerles. Ahora se trataba de que nos dieramos cuenta de que debíamos dejarlos actuar sin interferir para nada, porque de todos modos ellos estaban en su derecho a creer lo que quisieran.
Cuando yo creía que esta locura (a mí me lo parecía) había terminado, hete aquí que me encuentro con que se me empezó a decir que la fe católica es la misma que la de los judíos. También con algunos matices, sí. Pero que ellos son los hermanos mayores en la Fe, que ellos también esperan a SU Mesías, que no se puede ser antijudío y católico y además de todo eso, que ellos y los musulmanes adoramos al mismo Dios. ¡Toma castaña! Confieso que en ese momento, mi natural bondad y relajación dialéctica comenzó a verse ensombrecida, mientras el demonio iracundo se me iba subiendo a la cabeza.
Comenzaron las Jornadas de Oración en común pidiendo la Paz a ese Dios que cada uno tenía en su cabeza, los indios con su pipa de la paz rezando a Manitú (o como se llamara), el Dalai Lama, los animistas y brujos africanos y otros muchos… junto al Santo Padre, Vicario de Cristo. Empecé a ver a personajes arrodillados ante líderes religiosos solicitando su bendición, mientras seguían acosándonos con todo tipo de argumentos que siempre acababan en la consideración de que lo importante es que todos somos hermanos por ser humanos y que había que insistir en lo que nos unía, más que en lo que nos separaba. Todos estábamos redimidos y punto. Todo esto me parecían falacias, mientras se iba perdiendo lo propio de la fe católica en aras de una pretendida voluntad de diálogo, que siempre consistía en darles la razón a ellos.
Confieso que todo esto me desagradaba. Pero creo que en estos días estamos llegando al colmo, con lo que he llamado Ecumenismo Bobalicón. Quizá sea ésta la última fase disparatada, antes de abocar en la Religión Universal y Fraterna que muchos promueven.
El que profesa el Ecumenismo Bobalicón se admira por cosas que no merecen admiración, se queda boquiabierto ante algo que no tiene categoría para asombrar a nadie. De este modo, se valora sobremanera el ayuno del Ramadán mientras se ha olvidado el ayuno cristiano como algo habitual y no sólo para una fecha determinada; se ensalza el esplendor de la liturgia bizantina, mientras se desprecia la Misa de San Pío V; se sobrevalora y justifica la lucha islámica para implantar su fe, mientras se desprecian las Cruzadas; se babea por el islam, mientras se pide a la Iglesia que revise sus posiciones en torno a la homosexualidad. Podríamos seguir en una lista interminable, fruto del complejo de inferioridad de un cristianismo débil que piensa que nada tiene que enseñar, decir y -mucho menos-, imponer. En una palabra: caida de baba por todo lo que no sea católico, mientras se destruye lo católico.
Por eso mismo, yo he pedido a mi Padre Superior que me dispense de estos menesteres cuando se celebren eventos ecuménicos en mi convento. Prefiero volver a lo que me enseñaron en mis primeros años, y seguir rezando, como la liturgia española antigua: omnes errantes ad unitatem Ecclesiae revocare et infideles universos ad Evangelii lumen perducere… (dígnate volver a la unidad de la Iglesia a todos los que viven en el error, y traer a la luz del Evangelio a todos los infieles….)
Así sea.

martes, 3 de septiembre de 2013

Botas de inuit soltero y seguidor de Bergoglio en SOL (Madrid).

EVOCACIÖN

El día se presentaba complicado. La noche anterior, había pasado su característico manto de misterio ante mis ojos almendrados y no logré desconectar, una mas. No dormir es una de las mayores torturas a la que puede aspirar un mártir, y yo, voy camino de serlo. Es lo que pasa cuando los problemas acucian con la voracidad de un tiburón negro que se siente herido en su letal aleteo. Las sucias aguas parecen que nunca van a desahogar su bravura. Oh, turbulencias marinas que me acecháis, perder toda esperanza.. .

Te montas en el coche con la sana intención de darle salida a los aprietos y demás pesares, y te cruzas, con uno de esos locos que van al volante camino de la perdición, y lo que es peor; pretende la tuya, tu perdición..
Un metro me separó del abismo. Un metro menos, y este maldito hijo de puta nacido de una lechuga y un melón verde, hubiera llevado su imprudencia a buen término. Inconscientes hay muchos que pululan por estos tiempos, los producen estos días aciagos, relativistas, como a setas, pero este tenía pinta de general de los ejércitos del absurdo.

¿Qué desayunan estos miserables para llevar tanta mala leche entre cuatro ruedas, ignorando y despreciando al prójimo con sus eructos mentales? ¿Qué pretenden estos imbéciles que se cruzan un semáforo en rojo? ¿Quizás crean que circulan sólo por la carretera de la vida? ¿Tal vez han tenido como yo una noche de insomnio, o, sólo hablamos de un cretino que se adueña del camino por sentirse el chulo de la clase, el chulo de la carretera, el macho alfa que pretende marcar su territorio a meao y vomitadera?

Quizás vaya llegando la hora de cambiar de vida, de hábitos, de parajes, de todo.
Siempre quice vivir en el campo, alejado de casi todo, olvidado por las prisas, que siempre son malas consejeras. Amaneceres claros rodeado de silencio, casa viejas con sabor añejo.

Salones calientes a la luz de la chimenea acompañando el desayuno con pan de pueblo.
Mañanitas de paseo mientras se abre la niebla, cumbres borrascosas, prados verdes, ríos de vida inmortales. Una parada en el camino para probar el almuerzo que me ofrece el pastor amigo que se ha puesto a cubierto de la tormenta que tiene encharcado de anhelos todo el campo. El gruñir de los árboles cuando el viento acaricia sus ramas con más fuerza de la deseada.

A veces siento el vértigo y el resquemor de no estar haciendo lo debido. De no encontrarme en el sitio apropiado, en el lugar adecuado que me marca mi Señor. Y ese sentimiento, a veces, sólo a veces, penetra el tuétano patético de la melancolía y comienza a herir, sólo a herir…, de momento.




lunes, 2 de septiembre de 2013

Una de las canciones de mi vida (una)

The Wedding Present 'Dare' 




En realidad, "Seamonster", trabajo que grabó la banda de Leeds en 1991, ha sido de lo más fuerte, enfático y enigmático que escuchado en mi ya larga vida de buscador de perlas musicales, y por lo tanto, uno de los discos que me grabó el esternocleidomastoideo a sangre y fuego, a hiel y desesperanza y a gota de leche y rábano. Esa desesperanza -la última- que vino a quitarme un día de resaca lúcida como la almeja de Punta Umbria, el Divino Galileo (ese es otro tema). Permítanme la cursilería, hoy ando con el almíbar subido, a punto de ebullición, se me escapa entre los dedos. Mi chica, Silvia (pedazo de hembra en estado semisalvaje, rubia de la estirpe del gran Khan mongol siempre agradable con los débiles como el que les escribe y severa con los pazguatos que ponen la esperanza en la cuenta corriente de puto banco), al final del pasillo, me espera y me reñirá... Siempre he pensado que David Gedge, el vocalista, con ese vozarrón nacido de las fraguas que desembocan en las gélidas aguas del infierno me rescataría. Lo ha hecho. A rabiar.. Sigo botando mientras escucho una de las músicas más católicas que se han creado. Tal vez, ni los muchachos de The Wedding sean conscientes, pero, su bendita música, su modo de transmitir la inmortalidad del alma, que de eso es lo que trata este artículo, transmite un relato al estilo J. R. R. Tolkien. Ellos, podrían fácilmente haber incorporado un poema épico del Señor de los Anillos a sus sencillas letras:

«Tres anillos para los reyes elfos bajo el cielo.
Siete para los señores enanos en casas de piedra.
Nueve para los hombres mortales condenados a morir.
Uno para el «Señor oscuro», sobre el trono oscuro
en la tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la tierra de Mordor donde se extienden las sombras».

Ustedes eligen, yo no digo na...


domingo, 1 de septiembre de 2013

Una pequeña historia del rock

por Eloína Fernández
Todo lo que sé de música se lo debo a las sesiones de dos DJ “frustrados” como mis hermanos y a las interminables (y maravillosas) tres horas diarias de Sputnik en los años de Universidad, cuando Televisió de Catalunya se dedicaba a algo más que a hacer propaganda por la independencia.
Estamos en los 90. Interpreto ahora como un privilegio el haber empezado esa década con 13 años y haberla acabado con 23 (con mis hermanos: el mellizo Alejandro y Víctor, un año menor); es decir, adolescencia y primera juventud. No es difícil imaginar que aquellos fueron los años más felices de nuestras vidas.

En el año 90 el heavy empezaba a entrar en decadencia, pero no había un solo chaval en San Pedro y San Pablo que no reverenciase a Metallica, Iron Maiden, Helloween, Manowar, AC/DC o Judas Priest. Lo mismo debía de pasarle, a mil kilómetros de distancia, a mi primo José Ángel, que desde Oviedo nos introdujo al mundo del metal con una de aquellas cintas de selección de hits que circulaban por entonces y que acababan convertidas en auténticos objetos de culto, hasta el punto de que yo nunca me hubiera movido de aquel cassette si Alejandro no hubiese empezado su frenética carrera por escuchar más y más cosas. El Kill’Em All, el The Number of the Beast y toda la discografía de Metallica (el grupo de Alejandro) y Iron Maiden (el de Víctor) comenzaron a entrar en casa, junto con un goteo constante de nuevos grupos que iban fraguando nuestra primera cultura musical. No es de extrañar que en ese contexto, la irrupción de Nirvana fuera percibida como una agresión para los metaleros de San Pedro, muchos de los cuales no empezamos a valorarlos hasta unos cuantos años después. Nuestra fe en el heavy permanecería inquebrantable incluso con la llegada de dos acontecimientos paralelos y a la vez completamente antagónicos como fueron la LEVEL y aquellos ‘temazos’ de trance, bakalao e italodance (oh, el italodance), que, a pesar de su aparente frivolidad, dejaron una huella que aún hoy, como la del heavy, sigue viva en muchos corazones de los barrios de Tarragona; y descubrir a The Smiths, ese grupo eterno que una vez entra, como bien sabrán los fans, te acompaña de por vida.
 
No fue hasta años más tarde, como decía, cuando Alejandro y yo empezamos a escuchar a Nirvana. Un tanto desubicados en la modernidad de la gran urbe de Barcelona y en la frenética vida cultural de la Universidad, dimos una oportunidad (¿o más bien se coló?) al grunge, que entró como un elefante en una cacharrería y de alguna forma desplazó a nuestra banda sonora de barrio, el heavy (a pesar de la resistencia de Sepultura), de manera que Pearl Jam, Soundgarden, Stone Temple Pilots, Screaming Trees o Alice in Chains construyeron nuestro nuevo mapa del rock. Mientras tanto, Víctor navegaba entre las aguas de Iron Maiden y Megadeth y las del hardcore melódico, con NOFX encabezando una lista que iría completándose con Lagwagon, Satanic Surfers o Pennywise hasta hacerse interminable.
Aún estábamos en 1994 y ya se habían producido numerosos cambios respecto a los primeros 90.
 
 Pero en ese año y los siguientes nos esperaban muchos más. Un descubrimiento de algo pasado cambiaría nuestras vidas: los Pixies, Black Francis y sus inconcebibles gritos en River Euphrates. Se nos abría el mundo de lo alternativo a la vez que en el Sputnik sonaban insistentemente Stereo de Pavement y los ritmos industriales de Ministry o Nine Inch Nails. El brit pop se hace un hueco también con el memorable Definitely Maybe de Oasis y el sorprendente Parklife de Blur, mientras que el intentar acallar el ruido de una verbena de mi barrio me lleva a escuchar extasiada diez veces seguidas un vinilo desconocido que anda por casa, el disco homónimo de Suede, sin tener la más mínima necesidad de explicarlo al mundo (es esta escena lo que a día de hoy yo me atrevería a llamar felicidad). Faith No More, The Posies, Redd Kross, Type O Negative, Paradise Lost, My Bloody Valentine, Teenage Fanclub… se van incorporando a nuestra banda sonora de los 90, particular y concreta, y sin embargo no creo que muy diferente de la de millones de jóvenes de la época (si exceptuamos el italodance).

Se acerca el año 2000. De alguna manera sabemos que ya no será nuestra década. Toca madurar musicalmente antes de hacerlo en general (yo no quiero ni lo uno ni lo otro) y aquellos grupos demasiado “serios” que aparecían en el Rockdelux y que, en plena juventud, habíamos tenido a bien dejar en el tintero empiezan a sonar por casa por cortesía de Alejandro. Son los años de escuchar entre otros muchos a The Jayhawks, The Afghan Whigs o Mark Lanegan, la gran pasión de mi mellizo que yo no entendí hasta que lo vi en directo más de diez años después. Nos acercamos ya sin complejos a los clásicos (a los que ya habíamos acariciado tímidamente atraídos por el misticismo de The Doors): The Beach Boys dejan de sonar solo a California Girls y David Bowie, Neil Young o Love (o más concretamente, el que para mí es el mejor disco de la historia, Forever Changes) ocupan ya un lugar de honor en nuestro trono musical. De repente, The B-52’s nos parece lo mejor que hemos oído. Nuevos grupos y cantantes (al menos para mí), como Boo Radleys o el maravilloso Jeff Buckley me van resucitando los 90. Empezamos a escuchar a Pernice Brothers, a Foo Fighters, a Queens of the Stone Age

Continúa nuestra pequeña historia del rock (seguramente Alejandro y Víctor, que son los verdaderos melómanos, me dirán que me dejo muchas cosas). En realidad, no se acaba nunca. Cuando crees que ya lo has visto todo, descubres a Derribos Arias y a toda la Movida Madrileña, o al iluminado de David Eugene Edwards con 16 Horsepower y Wovenhand, o entras en una especie de comunión inexplicable con Joy Division, o entiendes que en realidad Leonard Cohen es un auténtico genio… y vuelves a empezar. No, no se acaba nunca. Nuevos y viejos nombres se agolpan en nuestra mente, que los va recopilando minuciosamente para no perder esa conexión con algo que en cierto sentido nos ha hecho distintos: más sensibles, más humanos.

Supongo que el advenimiento de la era de las descargas en Internet pilló a Alejandro comprando un arsenal de discos en la FNAC y a Víctor hojeando un catálogo norteamericano de discos de hardcore melódico. Ese mundo no ha llegado a interesarnos (dudo que lo haga nunca), tal vez porque intuíamos lo que por el camino de la tecnología se iba a perder. Pero esa es ya otra historia…