viernes, 30 de agosto de 2013

FRAGMENTO DE LA CONCLUSIÓN DEL LIBRO DE JULIO MEINVIELLE: “DE LA CABALA AL PROGRESISMO”

 

Ya hemos entrado en la sexta edad del mundo, en la cual Cristo inició para nosotros el camino nuevo. Después de la ley natural y mosaica, la ley evangélica. Qué curso han de seguir los pueblos en sus desvaríos, no lo puede conocer el hombre. Porque la Revelación sólo le da a conocer "ea quae pertinent ad necessitatem salutis" (4). El hombre sólo puede vislumbrar generalidades sobre el curso de los acontecimientos y sobre la densidad de la historia. Esta densidad se ha de medir por un acercamiento más o menos grande a la norma de Cristo, que constituye el centro y el eje de la historia. La Historia se ha de acomodar a la tradición cabalística o a la tradición católica. No hace falta mucha sagacidad para ver que desde hace cinco siglos el mundo se está conformando a la tradición cabalística-El mundo del Anticristo se adelanta velozmente. Todo concurre a la unificación totalitaria del hijo de la perdición. De aquí también el éxito del progresismo. El cristianismo se seculariza o se ateíza.
Cómo se hayan de cumplir, en esta edad cabalística, las promesas de asistencia del Divino Espíritu a la Iglesia y cómo se haya de verificar el portae in feri non prevalebunt, las puertas del infierno no han de prevalecer, no cabe en la mente humana. Pero así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima (5), y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más modesta. Sabemos que el m ysterium iniyuitatis ya está obrando (6); pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar. Un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparente y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte., produciendo hechos equívocos y aun reprobables, aparecería corno alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad.
La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponernos. Pero si se piensa. bien, la Promesa de Asistencia dé la Iglesia se reduce a una Asistencia que impida al error introdu cirse en la Cátedra Romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruida por sus enemigos (7).
Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defeccióú de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?" (8).
San Pablo (9) llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del "hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición".
Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual.
La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alienado bajo el inicuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará sí a su Iglesia, "pusillus grex" (10), rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino.

viernes, 23 de agosto de 2013

El pacto de Metz

                  
Uno de los misterios de nuestro tiempo es la aceptación de la que goza en el seno de la Iglesia Católica la ideología más inicua jamás concebida por el ser humano: el comunismo. Este artículo pretende analizar las raíces históricas de esta connivencia impía entre comunismo y catolicismo e ilustrar algunos de sus efectos. Varias veces, en conversaciones con católicos, me han dicho cosas por el estilo; “el comunismo es algo bueno, aunque su puesta en práctica ha fallado”, “el comunismo es parecido al cristianismo, porque se preocupa por los pobres”, o “si el mundo entero fuera comunista habría justicia social y viviríamos mejor.” Ante esto suelo citar la condena fulminante del Papa Pío XI de 1937, en su Encíclica Divini Redemptoris, donde escribió, entre otras cosas, que el comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana. Es una pena que los Papas post-conciliares no hablen con la rotundidad de Pío XI, porque se ahorra mucho esfuerzo y tiempo llamando al pan, pan y al vino, vino. Hoy en día no estilan las formas pre-conciliares; en lugar de excomulgar, condenar y anatemizar a los enemigos de la fe, se prefiere la “medicina de la misericordia” que invocó Juan XXIII. [1]

Para un católico laico de a pie con tendencias filo-comunistas, si su problema es sólo la ignorancia y conserva aún la buena voluntad, esta condena papal basta para que entre en razón. Sin embargo, resulta más difícil explicar la simpatía que sienten por el comunismo tantos teólogos, sacerdotes y obispos, porque no puede aducir ignorancia en su defensa. Para justificarse dirán que la pastoral de la Iglesia debe evolucionar, que no nos podemos anquilosar en el pasado, cuando el mundo ha avanzado tanto, etc., etc., etc. Han interiorizado tanto las ideas hegelianas de la evolución de la Historia [2], que creen sinceramente que lo que en 1937 era “intrínsicamente perverso”, hoy puede ser moralmente aceptable y hasta loable. Es triste decirlo, pero hoy en día ya no podemos dar por sentado que los pastores de la Iglesia “desean salvar la civilización cristiana”, porque es evidente que muchos están demasiado ocupados en colaborar con los artífices de su demolición.



El Concilio Vaticano II, cuyos 50 años se recuerdan ahora, escribió un triste capítulo en esta demolición de la civilización cristiana. Dicho Concilio se negó a condenar el comunismo, debido al infame Pacto de Metz, la ciudad francesa donde se reunieron en agosto de 1962 (dos meses antes de la apertura del Concilio) el Cardenal Tisserant, enviado por Juan XXIII, y Nikodim, el patriarca ortodoxo de Moscú, un títere del Politburo soviético [ver ambos abajo]. Allí acordaron que la Unión Soviética permitiría que varios miembros de la Iglesia Ortodoxa Rusa aceptaran la invitación del Papa para asistir como observadores en el Concilio (¡las barbaridades que se cometen en nombre del ecumenismo!), y a cambio el Vaticano se comprometió a que no habría ninguna condena explícita del comunismo. Para que no piense el lector que me adentro en una oscura teoría de la conspiración, debo aclarar que este pacto, lejos de ser un secreto, fue anunciado en conferencia de prensa por el entonces obispo de Metz, Monseñor Schitt; fue detallado en el diario católico francés, La Croix; y ha sido confirmado públicamente por el que era entonces el secretario del Cardenal Tisserant, Monseñor Roche. [3]


Es sumamente interesante lo que cuenta Monseñor Lefebvre sobre lo ocurrido en el Concilio con respecto a este tema. La petición de condena al comunismo, redactada por el Coetus Internationalis Patrum [4], obtuvo la firma de 454 obispos, representando 86 países. Monseñor Lefebvre entregó personalmente esta petición, dentro del plazo previsto, el 9 de noviembre de 1965, al secretario del Concilio. En su reciente biografía del Arzobispo [5], Monseñor Tissier de Mallerais comenta en detalle cómo el Pacto de Metz fue rigurosamente respetado por Pablo VI. Creo que cualquier católico debería saber esto, por lo que a continuación ofrezco (con permiso de la editorial) un extracto de la mencionada biografía (pág. 421):
¿Qué pasó entonces? El 13 de noviembre, la nueva redacción del esquema no tomó en cuenta los deseos de los solicitantes; el comunismo seguía sin ser mencionado. Por eso, Monseñor Carli protestó el mismo día ante la presidencia del Concilio y presentó un recurso dirigido al tribunal administrativo… El Cardenal Tisserant ordenó una investigación que reveló… que, por desgracia, la petición se había “extraviado” en un cajón. En realidad, lo que pasó fue que Monseñor Achille Glorieux, Secretario de la comisión competente, después de recibir el documento, no lo hizo llegar a la comisión.
El “olvido” de Monseñor Glorieux fue objeto de disculpas públicas por parte de Monseñor Garrone, pero, como quiera que sea, el plazo concedido para introducir el párrafo sobre el comunismo ya había caducado. Por otro lado, una condena del comunismo habría discrepado demasiado con la intención del Papa Juan, que había decidido que el Concilio no condenaría ningún error; y además, en su encíclica Pacem in terris, del 11 de abril de 1963, Juan XXIII había evitado toda reprobación del comunismo, y aceptaba incluso que se pudiera “reconocer en él algunos elementos buenos y laudables.”
Eso era negar el carácter “intrínsicamente perverso” del comunismo, según el Papa Pio XI y aceptar la colaboración de los católicos con el comunismo…. Como árbitro del debate, pero heredero de Juan XXIII, Pablo VI mantuvo el silencio sobre la palabra “comunismo”, y se contentó con añadir el 2 de diciembre una mención de las “reprobaciones del ateísmo hechas en el pasado”, lo que era falsificar la doctrina de Pio XI, que condenaba el comunismo en cuanto organización y método de acción social perversos (una técnica de esclavitud de masas y una práctica de la dialéctica, en palabras de Jean Madiran), y no sólo en cuanto atea.


Este lamentable episodio explica muchas cosas que pasarían después en la Iglesia. Sin duda explica la traición al heroico Cardenal Mindszenty de Hungría [ver foto abajo]. Este prelado, tras años de encarcelamiento y tortura por el régimen comunista, estuvo refugiado en la embajada de EEUU en Budapest desde 1956 hasta 1971, cuando los diplomáticos del Vaticano consiguieron su liberación. El precio de su libertad fue su silencio ante el comunismo. Este acuerdo entre Roma y Moscú se hizo a espaldas del cardenal, por lo que éste se negó a respetarlo, y para su gloria fue una piedra en el zapato para los partidarios del Ostpolitik [6] hasta su muerte en 1975. A pesar de la valiente resistencia del Cardenal Mitszenty, los demás obispos húngaros firmaron en 1965 un acuerdo de sumisión al régimen soviético, con la esperanza de que así aplacarían a los comunistas y cesaría la persecución. Sus cálculos erraron por completo y sólo consiguieron neutralizar las fuerzas de resistencia católicas, y de esta manera dar una apariencia de legitimidad al régimen.



El pacto de Metz también puede explicar la expansión de la Teología de la Liberación por toda Latinoamérica en los años inmediatamente después del Concilio, como un cáncer en plena metástasis. Explica la visita diplomática del Arzobispo Casaroli a Cuba y sus posteriores alabanzas a Fidel Castro. Fue precisamente este acontecimiento lo que motivó la Declaración de Resistencia de Plinio Correa de Oliveira en 1974, en la que se dirigió al Papa Pablo VI en estos términos: Ordene lo que quiera, Santo Padre, excepto que dejemos de luchar contra el comunismo. Esto, en conciencia, no obedeceremos. Sobre este asunto resistiremos. El pacto explica como durante los años ´70 una gran parte del clero de Nicaragua se alineó abiertamente a favor de la revolución sandinista, y que en 1979 la Conferencia Episcopal de Nicaragua publicara una carta pastoral alabando “la contribución de los cristianos a la causa revolucionaria”, sin que recibieran la menor sanción desde Roma. Cuando Juan Pablo II visitó el país en 1983 la situación había llegado a tal desmadre que el Papa tuvo que hacerse oír por encima de los abucheos de los asistentes a sus misas. Explica por qué, cuando este mismo Papa quiso cumplir con la petición de la Virgen en Fátima, consagrando Rusia al Inmaculado Corazón de María [7], fracasó las dos veces que lo intentó, en 1982 y 1984, por consagrar el mundo, sin siquiera mencionar Rusia. Es otro ejemplo penoso de hasta qué punto el Papa tenía miedo de contrariar al enemigo.

El Ostpolitik no se acabó con la caída del imperio Soviético, como demuestra el vergonzoso acuerdo entre el Vaticano y la Iglesia Ortodoxa en Balamand, (El Líbano) de 1993. Tras la caída de la Unión Soviética, la Iglesia Ortodoxa temía una desbandada por parte de los católicos orientales, que durante 80 años de comunismo habían tenido que renunciar, al menos oficialmente, a la Iglesia Católica para escapar de la persecución. Si esto ocurría era previsible que estos católicos además reclamaran la devolución de todos los templos que les habían sido usurpados por la Iglesia Ortodoxa. Llega la jerarquía católica al rescate, y se acuerda, en aras de la unidad ecuménica, que se evitaría “la conversión de gente de una Iglesia a otra”. Es decir, la Iglesia Católica prefiere que las almas se queden en una secta cismática, antes que reunirse al Cuerpo de Cristo en la Tierra. De esta manera el Vaticano negó implícitamente la declaración infalible del Concilio de Florencia (1431-1445), que afirma que “paganos, judíos, herejes y cismáticos” se encuentran “fuera de la Iglesia Católica”, y por tanto “nunca pueden ser partícipes de la Vida Eterna”, a menos que “antes de su muerte” se unan a la única verdadera Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Católica. Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la conversión de los ortodoxos no es una opción; es una OBLIGACIÓN.
Es curioso como el destino del mundo en los tiempos modernos parece girar alrededor de Rusia. La Virgen en Fátima ya avisó en 1917, apenas meses antes de la Revolución Bolchevique, que si Rusia no se convertía, esparciría sus errores por todo el mundo. Así ha ocurrido al pie de la letra, no sólo con el comunismo, sino con el aborto (el gobierno de Lenin fue el primero en legalizar el aborto en 1920). Aún seguimos esperando que el Papa vea bien cumplir con lo que la Madre de Dios le ha pedido. Antes el problema eran los comunistas; ahora son los cismáticos ortodoxos. Lo cierto es que mientras el Santo Padre anteponga intereses diplomáticos a la voluntad del Cielo, ni se convertirá Rusia, ni habrá paz en el mundo.



Creo que la política de apaciguamiento del comunismo, notablemente el Pacto de Metz, explica en gran parte la actitud tan benevolente hacía esta ideología que tienen tantos católicos hoy, laicos y clérigos. Y, visto los resultados catastróficos del Ostpolitik en Europa oriental y Rusia (y no hablemos de China), creo que convendría retornar a la política que la Iglesia ha practicado tradicionalmente frente a sus enemigos. En lugar de buscar acuerdos y querer a toda costa llevarnos bien con ellos, lo que deberíamos hacer es primero llamarlos a la conversión, y luego, si se resisten a la gracia, combatirlos sin tregua.
NOTAS
[1] En su solemne discurso inaugural del Concilio Vaticano II del 11 de octubre de 1962, el Papa Juan XXIII dijo: Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad.


La idea de este Papa era que la Verdad se imponía por sí misma, y que los errores se desvanecen como la niebla ante el sol, por lo que las condenas y excomuniones ya no eran necesarias. A mi juicio, fue una actitud tremendamente ingenua, teniendo en cuenta las gravísimas advertencias de todos sus antecesores inmediatos. Además, las consecuencias de esta “misericordia”, que a efectos prácticos se tradujo en laxitud, tanto doctrinal como disciplinaria, causaron un auténtico desastre en la Iglesia. Al abrir las compuertas, enseguida las herejías entraron en todas las instituciones de la Iglesia como un “tsunami”. Los pocos católicos ortodoxos que resistieron el impacto de la ola revolucionaria fueron sistemáticamente marginados y perseguidos por la jerarquía.
[2] Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Filósofo idealista alemán que ejercería una ponderosa influencia sobre Karl Marx por sus teorías sobre dialéctica histórica.



[3] Este acontecimiento está también relatado en dos magníficos libros: Iota Unum de Romano Amerio, Angelus Press 1996 (p.65-66), y The Jesuits – The Society of Jesus and the Betrayal of the Roman Catholic Church de Malachi Martin, New York: Simon Schuster, 1987 (p.85-86).
[4] El Cœtus Internationalis Patrum (Grupo Internacional de Padres) era un grupo de 250 obispos conservadores, que durante el Concilio Vaticano II hizo frente a las tesis liberales que finalmente triunfaron. Su presidente era Mons. Lefebvre y su secretario el Cardenal de Proença Sigaud. Entre sus filas figuraba el Arzobispo de Madrid, Mons. Casimiro Morcillo.
[5] Marcel Lefebvre: La Biografía de Bernard Tissier de Mallerais, ed. Actas, 2012.
[6] La política de apaciguamiento de regímenes comunistas, iniciada bajo el pontificado de Juan XXIII por el Cardenal Agostino Casaroli, quien llegó a ser Secretario de Estado de la Santa Sede bajo Juan Pablo II entre 1979 y 1991. Se renunciaba a condenar el comunismo a cambio de una supuesta mejora de las condiciones de los católicos que vivían bajo estos regímenes.
[7] El 13 de junio de 1929 en Tuy, España, se le apareció la Virgen María a Sor Lucía, la única vidente de Fátima que seguía con vida. Esta vez le dijo: Ha llegado el momento en que Dios pide que el Santo Padre haga, en unión con los Obispos del mundo, la consagración de Rusia. Si esta consagración se hacía, Rusia se convertiría y habría paz en todo el mundo. Sor Lucía dijo en 1985: la consagración todavía no ha sido realizada, porque Rusia no fue el objeto claro de la consagración, sino el mundo. A pesar de ello, los neo-católicos, defensores a ultranza de TODO lo que hacen los Papas, insisten en que la consagración sí se ha hecho, pero lo que no logran explicar es por qué Rusia no se ha convertido ni porqué no hay paz en todo el mundo, tal y como prometió la Virgen.

  

domingo, 18 de agosto de 2013

Proverbios 13, 24

Quien escatima la vara quiere mal a su hijo,
quien bien le quiere procura corregirlo



Cuando suelten los nubarrones que están por llegar, las aguas infectadas de podredumbre y miseria que el relativismo lleva trasvasando desde hace años al corazón de la gente, cuando lleguen esos días, que nadie se rasgue las vestiduras.
El clamor impetuoso de los cobardes, no será escuchado por los hombres justos que vendrán a poner las cosas en su sitio.
El mayor castigo lo tomarán aquellos que han dejado en manos ajenas, necias, malvadas e impostada, el sueño y el porvenir de sus hijos.
Nuestro particular código genético encargado de medir la pureza del alma, se llama inocencia.
A medida que nos hacemos adultos, vamos aparcando nuestro particular código genético por los andurriales que provoca la desazón; lugar inhóspito por desesperante.
Nadie dijo que la vida fuera fácil, ¿si?.
La verdadera monstruosidad -la que no les perdonarán el día de mañana-, radica en la doctrina que cercena la inocencia de un niño en el nombre de una ideología que devasta en su camino, cualquier atisbo de bondad.
La vida ya es de por si demasiado difícil y amarga como para que encima vengan esta cuadrilla de degenerados a poner sus zarpas sobre la inocencia de nuestros hijos.

(El juzgado de lo penal número uno de Pamplona ha absuelto del delito de maltrato de que era acusado a un padre que se llevó por la fuerza, de una plaza de la localidad navarra de Tafalla, a su hija menor de edad cuando ésta se encontraba bajo la influencia de bebidas alcohólicas)


DISCURSO DEL SANTO PADRE EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA -Benedicto XVI-

 
 
 
 
 



Martes 12 de septiembre de 2006


Fe, razón y universidad.
Recuerdos y reflexiones
 

Eminencias,
Rectores Magníficos,
Excelencias,
Ilustres señoras y señores:
Para mí es un momento emocionante encontrarme de nuevo en la universidad y poder impartir una vez más una lección magistral. Me hace pensar en aquellos años en los que, tras un hermoso período en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad como profesor en la universidad de Bonn. Era el año 1959, cuando la antigua universidad tenía todavía profesores ordinarios. No había auxiliares ni dactilógrafos para las cátedras, pero se daba en cambio un contacto muy directo con los alumnos y, sobre todo, entre los profesores. Nos reuníamos antes y después de las clases en las salas de profesores. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un dies academicus, en el que los profesores de todas las facultades se presentaban ante los estudiantes de la universidad, haciendo posible así una experiencia de Universitas —algo a lo que hace poco ha aludido también usted, Señor Rector—; es decir, la experiencia de que, no obstante todas las especializaciones que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones, colaborando así también en la común responsabilidad respecto al recto uso de la razón: era algo que se experimentaba vivamente. Además, la universidad se sentía orgullosa de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionabilidad de la fe, realizan un trabajo que forma parte necesariamente del conjunto de la Universitas scientiarum, aunque no todos podían compartir la fe, a cuya correlación con la razón común se dedican los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón no se alteró ni siquiera cuando, en cierta ocasión, se supo que uno de los profesores había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios. En el conjunto de la universidad estaba fuera de discusión que, incluso ante un escepticismo tan radical, seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y que esto debía hacerse en el contexto de la tradición de la fe cristiana.

Recordé todo esto recientemente cuando leí la parte, publicada por el profesor Theodore Khoury (Münster), del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez en los cuarteles de invierno del año 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y sobre la verdad de ambos.[1] Probablemente fue el mismo emperador quien anotó ese diálogo durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402. Así se explica que sus razonamientos se recojan con mucho más detalle que las respuestas de su interlocutor persa.[2] El diálogo abarca todo el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán, y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero también, cada vez más y necesariamente, en la relación entre las «tres Leyes», como se decía, o «tres órdenes de vida»: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Corán. No quiero hablar ahora de ello en este discurso; sólo quisiera aludir a un aspecto —más bien marginal en la estructura de todo el diálogo— que, en el contexto del tema «fe y razón», me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre esta materia.

En el séptimo coloquio (διάλεξις, controversia), editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la yihad, la guerra santa. Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de fe». Según dice una parte de los expertos, es probablemente una de las suras del período inicial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: «Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba».[3] El emperador, después de pronunciarse de un modo tan duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no se complace con la sangre —dice—; no actuar según la razón (συν λόγω) es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... Para convencer a un alma racional no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona».[4]

En esta argumentación contra la conversión mediante la violencia, la afirmación decisiva es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios.[5] El editor, Theodore Khoury, comenta: para el emperador, como bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. En cambio, para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad.[6] En este contexto, Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien observa que Ibn Hazm llega a decir que Dios no estaría vinculado ni siquiera por su propia palabra y que nada le obligaría a revelarnos la verdad. Si él quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría. [7]

A este propósito se presenta un dilema en la comprensión de Dios, y por tanto en la realización concreta de la religión, que hoy nos plantea un desafío muy directo. La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre y por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda consonancia entre lo griego en su mejor sentido y lo que es fe en Dios según la Biblia. Modificando el primer versículo del libro del Génesis, el primer versículo de toda la sagrada Escritura, san Juan comienza el prólogo de su Evangelio con las palabras: «En el principio ya existía el Logos». Ésta es exactamente la palabra que usa el emperador: Dios actúa «συν λόγω», con logos. Logos significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de san Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que en sueños vio un macedonio que le suplicaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos» (cf. Hch 16, 6-10), puede interpretarse como una expresión condensada de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego.

En realidad, este acercamiento había comenzado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios pronunciado en la zarza ardiente, que distingue a este Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombres, y que afirma de él simplemente «Yo soy», su ser, es una contraposición al mito, que tiene una estrecha analogía con el intento de Sócrates de batir y superar el mito mismo. [8] El proceso iniciado en la zarza llega a un nuevo desarrollo, dentro del Antiguo Testamento, durante el destierro, donde el Dios de Israel, entonces privado de la tierra y del culto, se proclama como el Dios del cielo y de la tierra, presentándose con una simple fórmula que prolonga aquellas palabras oídas desde la zarza: «Yo soy». Juntamente con este nuevo conocimiento de Dios se da una especie de Ilustración, que se expresa drásticamente con la burla de las divinidades que no son sino obra de las manos del hombre (cf. Sal 115). De este modo, a pesar de toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, salía desde sí misma al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco que después tuvo lugar especialmente en la literatura sapiencial tardía. Hoy sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento —la de «los Setenta»—, que se hizo en Alejandría, es algo más que una simple traducción del texto hebreo (la cual tal vez podría juzgarse poco positivamente); en efecto, es en sí mismo un testimonio textual y un importante paso específico de la historia de la Revelación, en el cual se realizó este encuentro de un modo que tuvo un significado decisivo para el nacimiento y difusión del cristianismo.[9] En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión. Partiendo verdaderamente de la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de la naturaleza del pensamiento griego ya fusionado con la fe, Manuel II podía decir: No actuar «con el logos» es contrario a la naturaleza de Dios.

Por honradez, sobre este punto es preciso señalar que, en la Baja Edad Media, hubo en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraste con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista, Juan Duns Escoto introdujo un planteamiento voluntarista que, tras sucesivos desarrollos, llevó finalmente a afirmar que sólo conocemos de Dios la voluntas ordinata. Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual habría podido crear y hacer incluso lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que pueden acercarse a las de Ibn Hazm y podrían llevar incluso a una imagen de Dios-Arbitrio, que no está vinculado ni siquiera con la verdad y el bien. La trascendencia y la diversidad de Dios se acentúan de una manera tan exagerada, que incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien, dejan de ser un auténtico espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inaccesibles y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraste con esto, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente —como dice el IV concilio de Letrán en 1215— las diferencias son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero sin llegar por ello a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho de que lo alejemos de nosotros con un voluntarismo puro e impenetrable, sino que, más bien, el Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como logos y ha actuado y actúa como logos lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor, como dice san Pablo, «rebasa» el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos, por lo cual el culto cristiano, como dice también san Pablo, es «λογικη λατρεία», un culto que concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón (cf. Rm 12, 1). [10]

Este acercamiento interior recíproco que se ha dado entre la fe bíblica y el planteamiento filosófico del pensamiento griego es un dato de importancia decisiva, no sólo desde el punto de vista de la historia de las religiones, sino también del de la historia universal, que también hoy hemos de considerar. Teniendo en cuenta este encuentro, no sorprende que el cristianismo, no obstante haber tenido su origen y un importante desarrollo en Oriente, haya encontrado finalmente su impronta decisiva en Europa. Y podemos decirlo también a la inversa: este encuentro, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, creó a Europa y permanece como fundamento de lo que, con razón, se puede llamar Europa.

A la tesis según la cual el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana se opone la pretensión de la deshelenización del cristianismo, la cual domina cada vez más las discusiones teológicas desde el inicio de la época moderna. Si se analiza con atención, en el programa de la deshelenización pueden observarse tres etapas que, aunque vinculadas entre sí, se distinguen claramente una de otra por sus motivaciones y sus objetivos.[11]

La deshelenización surge inicialmente en conexión con los postulados de la Reforma del siglo XVI. Respecto a la tradición teológica escolástica, los reformadores se vieron ante una sistematización de la teología totalmente dominada por la filosofía, es decir, por una articulación de la fe basada en un pensamiento ajeno a la fe misma. Así, la fe ya no aparecía como palabra histórica viva, sino como un elemento insertado en la estructura de un sistema filosófico. El principio de la sola Scriptura, en cambio, busca la forma pura primordial de la fe, tal como se encuentra originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica se presenta como un presupuesto que proviene de otra fuente y del cual se debe liberar a la fe para que ésta vuelva a ser totalmente ella misma. Kant, con su afirmación de que había tenido que renunciar a pensar para dejar espacio a la fe, desarrolló este programa con un radicalismo no previsto por los reformadores. De este modo, ancló la fe exclusivamente en la razón práctica, negándole el acceso a la realidad plena.

La teología liberal de los siglos XIX y XX supuso una segunda etapa en el programa de la deshelenización, cuyo representante más destacado es Adolf von Harnack. En mis años de estudiante y en los primeros de mi actividad académica, este programa ejercía un gran influjo también en la teología católica. Se utilizaba como punto de partida la distinción de Pascal entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn, en 1959, traté de afrontar este asunto [12] y no quiero repetir aquí todo lo que dije en aquella ocasión. Sin embargo, me gustaría tratar de poner de relieve, al menos brevemente, la novedad que caracterizaba esta segunda etapa de deshelenización respecto a la primera. La idea central de Harnack era simplemente volver al hombre Jesús y a su mero mensaje, previo a todas las elucubraciones de la teología y, precisamente, también de las helenizaciones: este mensaje sin añadidos constituiría la verdadera culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Jesús habría acabado con el culto sustituyéndolo con la moral. En definitiva, se presentaba a Jesús como padre de un mensaje moral humanitario. En el fondo, el objetivo de Harnack era hacer que el cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, librándolo precisamente de elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como por ejemplo la fe en la divinidad de Cristo y en la trinidad de Dios. En este sentido, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento, según su punto di vista, vuelve a dar a la teología un puesto en el cosmos de la universidad: para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y, por tanto, estrictamente científico. Lo que investiga sobre Jesús mediante la crítica es, por decirlo así, expresión de la razón práctica y, por consiguiente, puede estar presente también en el conjunto de la universidad. En el trasfondo de todo esto subyace la autolimitación moderna de la razón, clásicamente expresada en las «críticas» de Kant, aunque radicalizada ulteriormente entre tanto por el pensamiento de las ciencias naturales. Este concepto moderno de la razón se basa, por decirlo brevemente, en una síntesis entre platonismo (cartesianismo) y empirismo, una síntesis corroborada por el éxito de la técnica. Por una parte, se presupone la estructura matemática de la materia, su racionalidad intrínseca, por decirlo así, que hace posible comprender cómo funciona y puede ser utilizada: este presupuesto de fondo es en cierto modo el elemento platónico en la comprensión moderna de la naturaleza. Por otra, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, en cuyo caso sólo la posibilidad de verificar la verdad o falsedad mediante la experimentación ofrece la certeza decisiva. El peso entre los dos polos puede ser mayor o menor entre ellos, según las circunstancias. Un pensador tan drásticamente positivista como J. Monod se declaró platónico convencido.

Esto implica dos orientaciones fundamentales decisivas para nuestra cuestión. Sólo el tipo de certeza que deriva de la sinergia entre matemática y método empírico puede considerarse científica. Todo lo que pretenda ser ciencia ha de atenerse a este criterio. También las ciencias humanas, como la historia, la psicología, la sociología y la filosofía, han tratado de aproximarse a este canon de valor científico. Además, es importante para nuestras reflexiones constatar que este método en cuanto tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema a-científico o pre-científico. Pero de este modo nos encontramos ante una reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que es preciso poner en discusión.

Volveré más tarde sobre este argumento. Por el momento basta tener presente que, desde esta perspectiva, cualquier intento de mantener la teología como disciplina «científica» dejaría del cristianismo únicamente un minúsculo fragmento. Pero hemos de añadir más: si la ciencia en su conjunto es sólo esto, entonces el hombre mismo sufriría una reducción, pues los interrogantes propiamente humanos, es decir, de dónde viene y a dónde va, los interrogantes de la religión y de la ética, no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que desplazarse al ámbito de lo subjetivo. El sujeto, basándose en su experiencia, decide lo que considera admisible en el ámbito religioso y la «conciencia» subjetiva se convierte, en definitiva, en la única instancia ética. Pero, de este modo, el ethos y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto totalmente personal. La situación que se crea es peligrosa para la humanidad, como se puede constatar en las patologías que amenazan a la religión y a la razón, patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética. Lo que queda de esos intentos de construir una ética partiendo de las reglas de la evolución, de la psicología o de la sociología, es simplemente insuficiente.

Antes de llegar a las conclusiones a las que conduce todo este razonamiento, quiero referirme brevemente a la tercera etapa de la deshelenización, que se está difundiendo actualmente. Teniendo en cuenta el encuentro entre múltiples culturas, se suele decir hoy que la síntesis con el helenismo en la Iglesia antigua fue una primera inculturación, que no debería ser vinculante para las demás culturas. Éstas deberían tener derecho a volver atrás, hasta el momento previo a dicha inculturación, para descubrir el mensaje puro del Nuevo Testamento e inculturarlo de nuevo en sus ambientes respectivos. Esta tesis no es simplemente falsa, sino también rudimentaria e imprecisa. En efecto, el Nuevo Testamento fue escrito en griego e implica el contacto con el espíritu griego, un contacto que había madurado en el desarrollo precedente del Antiguo Testamento. Ciertamente, en el proceso de formación de la Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas las culturas. Sin embargo, las opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza.

Llego así a la conclusión. Este intento de crítica de la razón moderna desde su interior, expuesto sólo a grandes rasgos, no comporta de manera alguna la opinión de que hay que regresar al período anterior a la Ilustración, rechazando de plano las convicciones de la época moderna. Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu: todos nos sentimos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los progresos que se han logrado en la humanidad. Por lo demás, la ética de la investigación científica —como ha aludido usted, Señor Rector Magnífico—, debe implicar una voluntad de obediencia a la verdad y, por tanto, expresar una actitud que forma parte de los rasgos esenciales del espíritu cristiano. La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Porque, a la vez que nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizonte en toda su amplitud. En este sentido, la teología, no sólo como disciplina histórica y ciencia humana, sino como teología auténtica, es decir, como ciencia que se interroga sobre la razón de la fe, debe encontrar espacio en la universidad y en el amplio diálogo de las ciencias.

Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesidad. En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas. Con todo, como he tratado de demostrar, la razón moderna propia de las ciencias naturales, con su elemento platónico intrínseco, conlleva un interrogante que va más allá de sí misma y que trasciende las posibilidades de su método. La razón científica moderna ha de aceptar simplemente la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el cual se basa su método. Ahora bien, la pregunta sobre el por qué existe este dato de hecho, la deben plantear las ciencias naturales a otros ámbitos más amplios y altos del pensamiento, como son la filosofía y la teología. Para la filosofía y, de modo diferente, para la teología, escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta. Aquí me vienen a la mente unas palabras que Sócrates dijo a Fedón. En los diálogos anteriores se habían expuesto muchas opiniones filosóficas erróneas; y entonces Sócrates dice: «Sería fácilmente comprensible que alguien, a quien le molestaran todas estas opiniones erróneas, desdeñara durante el resto de su vida y se burlara de toda conversación sobre el ser; pero de esta forma renunciaría a la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida». [13] Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios», dijo Manuel II partiendo de su imagen cristiana de Dios, respondiendo a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad.

Notas
[1] De los 26 coloquios (διάλεξις. Khoury traduce «controversia») del diálogo («Entretien»), Th. Khoury ha publicado la 7ª «controversia» con notas y una amplia introducción sobre el origen del texto, la tradición manuscrita y la estructura del diálogo, junto con breves resúmenes de las «controversias» no editadas; el texto griego va acompañado de una traducción francesa: Manuel II Paleólogo, Entretiens avec un Musulman. 7e controverse, Sources chrétiennesn. 115, París 1966. Mientras tanto, Karl Förstel ha publicado en el Corpus Islamico-Christianum (Series Graeca. Redacción de A. Th. Khoury – R. Glei) una edición comentada greco-alemana del texto: Manuel II. Palaiologus, Dialoge mit einem Muslim, 3 vols., Würzburg-Altenberge 1993-1996. Ya en 1966 E. Trapp había publicado el texto griego con una introducción como volumen II de los Wiener byzantinische Studien. Citaré a continuación según Khoury.
[2] Sobre el origen y la redacción del diálogo puede consultarse Khoury, pp. 22-29; amplios comentarios a este respecto pueden verse también en las ediciones de Förstel y Trapp.
[3] Controversia VII 2c: Khoury, pp. 142-143; Förstel, vol. I, VII. Dialog 1.5, pp. 240-241. Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión. Al citar el texto del emperador Manuel II sólo quería poner de relieve la relación esencial que existe entre la fe y la razón. En este punto estoy de acuerdo con Manuel II, pero sin hacer mía su polémica.
[4] Controversia VII 3 b-c: Khoury, pp. 144-145; Förstel vol. I, VII. Dialog 1.6, pp. 240-243.
[5] Solamente por esta afirmación cité el diálogo entre Manuel II y su interlocutor persa. Ella nos ofrece el tema de mis reflexiones sucesivas.
[6] Cf. Khoury, o.c., p. 144, nota 1.
[7] R. Arnaldez, Grammaire et théologie chez Ibn Hazm de Cordoue, París 1956, p. 13; cf. Khoury, p. 144. En el desarrollo ulterior de mi discurso se pondrá de manifiesto cómo en la teología de la Baja Edad Media existen posiciones semejantes.
[8] Para la interpretación ampliamente discutida del episodio de la zarza que ardía sin consumirse, quisiera remitir a mi libro Einführung in das Christentum, Munich 1968, pp. 84-102. Creo que las afirmaciones que hago en ese libro, no obstante del desarrollo ulterior de la discusión, siguen siendo válidas.
[9] Cf. A. Schenker, “L'Écriture sainte subsiste en plusieurs formes canoniques simultanées”, en: L'interpretazione della Bibbia nella Chiesa. Atti del Simposio promosso dalla Congregazione per la Dottrina della Fede, Ciudad del Vaticano 2001, pp. 178-186.
[10] Este tema lo he tratado más detalladamente en mi libro Der Geist der Liturgie. Eine Einführung, Friburgo 2000, pp. 38-42.
[11] De la abundante bibliografía sobre el tema de la deshelenización, quisiera mencionar especialmente: A. Grillmeier, “Hellenisierung – Judaisierung des Christentums als Deuteprinzipien der Geschichte des kirchlichen Dogmas”, en: Id., Mit ihm und in ihm. Christologische Forschungen und Perspecktiven, Friburgo 1975, pp. 423-488.
[12] Publicada y comentada de nuevo por Heino Sonnemanns (ed.): Joseph Ratzinger-Benedikt XVI, Der Gott des Glaubens und der Gott der Philosophen. Ein Beitrag zum Problem der theologia naturalis, Johannes-Verlag Leutesdorf, 2. ergänzte Auflage 2005.
[13] 90 c-d. Para este texto se puede ver también R. Guardini, Der Tod des Sokrates, Maguncia-Paderborn 19875, pp. 218-221.

sábado, 17 de agosto de 2013

Charles Péguy – El misterio de los Santos Inocentes



(Dedicado a mi hija)
No hay nada más hermoso que un niño que se duerme rezando sus oraciones, dice Dios. Yo os digo que nada hay tan hermoso en el mundo. Nunca he visto nada tan hermoso en el mundo. Y, sin embargo, he visto cosas hermosas en el mundo. Y las conozco bien. Mi creación rebosa de bellezas. Mi creación rebosa de maravillas. Hay tantas que ya no sabe uno dónde ponerlas. He visto millones y millones de astros rodar bajo mis pies como las arenas del mar.
He visto jornadas ardientes como llamas. Días de verano de junio, julio y agosto. He visto noches de invierno echadas como una capa.
He visto noches de verano tranquilas y dulces como un ocaso de paraíso caído. Totalmente repletas de estrellas. He visto esos viñedos del Mosa y esas iglesias que son mis propias casas. Y París y Reims y Rouen y catedrales que son mis propios palacios y mis propios castillos. Tan hermosos que los guardaré en el cielo. He visto la capital del reino y Roma, capital de la cristiandad.
He oído cantar la misa y las vísperas triunfantes. Y he visto esas llanuras y esas ondulaciones del terreno de Francia. Que son lo más bello de todo. 
He visto el mar profundo, y el bosque profundo, y el profundo corazón del hombre.
He visto corazones consumidos de amor. Durante vidas enteras. Perdidos de tanta caridad. Ardiendo como llamas.
He visto a mártires llenos de fe. Aguantar como una roca en el potro de tortura
Bajo los dientes de hierro.
(Como un soldado que aguantase completamente solo toda una vida)
Por fe.
Por su general (aparentemente) ausente.). He visto a mártires llameando como antorchas
Preparándose así las palmas siempre verdes. Y he visto gotear bajo las garras de hierro
Perlas de sangre que resplandecían como diamantes. Y he visto brillar lágrimas de amor
Que durarán más que las estrellas del cielo. Y he visto miradas de oración, miradas de ternura, Perdidas de caridad.
Que brillarán eternamente por las noches de las noches. Y he visto vidas enteras, del nacimiento a la muerte, Del bautismo al viático, Desenredarse como una madeja de lana. 
Pues yo os digo –dice Dios– que no conozco nada tan hermoso en todo el mundo. Como un niño que se duerme rezando sus oraciones. 
Bajo el ala de su ángel de la guarda. Y que sonríe a los ángeles al empezar a dormirse. Que ya lo mezcla todo y que ya no entiende nada
Y que mete el texto del Padre Nuestro a barullo, de cualquier forma, en el texto del Dios te salve María. Mientras un velo desciende ya sobre sus párpados, el velo de la noche, sobre su mirada y sobre su voz.

viernes, 16 de agosto de 2013

SEDEOCUPADA

de la silla vacía...


a la silla ocupada.




Lavezzi junto a la Selección Argentina en el Vaticano. (Foto: Instagram)Lavezzi junto a la Selección Argentina en el Vaticano. (Foto: Instagram)
 

jueves, 15 de agosto de 2013

Frase excelente del día

“El igualitarismo no solo sustituye por un mito la realidad de la desigualdad, es mucho peor: niega la superioridad y la inferioridad, la excelencia y la existencia de los valores que la otorgan”.

(Faustino Menéndez Pidal : “La nobleza en España, ideas, estructuras, historia”)

El papa de los pobres con los multimillonarios del futbol

El "papa de los pobres" recibió antes de ayer en el Vaticano a las delegaciones de futbol de Italia y Argentina (unas 20 personas en total) y a los jugadores que hoy disputarán en el Olímpico de Roma un partido amistoso en homenaje a él. El es el "papa de los pobres", Francisco, buen aficionado al fútbol y también, para qué negarlo, a dejarse ver con los ídolos de barros que tanto pone y coloca a la marabunta ahíta de alfalfa.

El "papa de los pobres", que así lo llama mucho huero en su augusta y perenne gilipolleria mental, hueros y tibios que pululan por las redacciones de los periódicos y mas medias anticristianos pero que se licúan con Bergoglio como una señorita ligera de sesera lo haría con Ja Bardem, el marido de Pe, en su discurso a estos multimillonarios idolatrados por buena parte de la población mundial ha señalado a los señoritos que dedican su su vida a dar patadas a una pelota que son "una referencia de la paz social". ¿Qué carajo habrá querido decir éste con eso de "la paz social"?, ¿El acarajotado Messi o el chulángano de putas de Balotelli un referente de la paz social?. Vamos no jodas, papa. Pues sí señores, estos tipos con sueldos que superan el presupuesto de un ministerio de un país medio, referentes de la paz social. Será la paz del corral, digo yo. Creo que el Madrid ha fichado estos días a un pavo galés por 100 millones de euros. Este será uno de los avanzados en la paz social bergogliana. Yo con mucho menos, pongamos 1 milloncito de nada en mi cuenta bancaria, me hago profesional de la referencia social y doy la vida por el papa de los pobres y los -qué contrariedad, o no?- futbolistas multimillonarios. Con dos huevos, niño. Quién dijo miedo.


El mismo "papa de los pobres" que pretende convertirse en la nueva Evita del peronismo también ha señalado que estos nenes, convertidos en multimillonarios gracias al blanqueo de dinero que llega de la trata de blanca, los clanes de la droga y el desfalco al fisco, aunque sean "personajes" conocidos, no pierdan nunca su condición de "hombres portadores de humanidad". A este hombre, al que llaman papa, el Obispo de la Eterna, le sale la cursilería a borbotones. De dos palabras que salen de su boca, una es una insoportable cursilería. ¿"hombres portadores de humanidad", esos multimillonarios hechos con el blanqueo de dinero ?. ¿De qué humanidad habla éste tipo? De la humanidad forjada en el cristianismo no creo. De la humanidad sufriente que no llega a fin de mes con sus sueldos miserables tampoco. A ver, ¿de qué humanidad habla éste hombre?.

Creo que leí hace tiempo que en la Argentina de nuestras entretelas unos majaderos crearon una religión donde se considera a Maradona un dios. Se me ocurre pensar -que mal pensado- que Bergoglio sería un fantástico papa del maradonismo. Ni pintao lo encuentran mejor...! Peronista, demagogo, populista, falso, profeta...


Ahora pregunto a ustedes que lo conocen más que un servidor: ¿éste hombre está en sus cabales o es que se lo hace?

"... el todo debe ser echado al crisol para que la escoria y la hez sean consumidas por el fuego."

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¿Tiempos desatinados y abatidos? Con razón la gente anda conmovida y confundida. Las señales están por todas partes. 
Las indicaciones de nuestros tiempos señalan  una contienda entre absolutos.
Podríamos  aguardar un futuro que será un tiempo de pruebas y catástrofes por dos razones: primero para frenar la desintegración…
La revolución, la desintegración, el caos, deben ser recordatorios que nuestro pensamiento  había sido equivocado, que nuestros sueños  habían sido impíos.
La segunda razón por qué debe venir  una crisis es para que se impida una falsa  identificación de la Iglesia con el mundo. 
 
Nuestro Señor ha querido que sus seguidores  fuesen diferentes en espíritu  de los que no  son sus seguidores.
 
Sin  embargo, aunque eso es el  propósito divino, es verdad,  desgraciadamente, que esa  línea divisoria  a menudo queda borrada. La mediocridad y el compromiso caracterizan la  vida de muchos católicos. 
 
Ya no existe el conflicto que supuestamente nos debería caracterizar. Estamos influenciando al mundo menos que el mundo nos está influenciando.
Desde que ha comenzado la amalgamación del espíritu católico y del espíritu pagano, desde que el oro se ha malcasado con una aleación, el todo debe ser echado al crisol para que la escoria y la hez sean consumidas por el fuego.
 
Monseñor Fulton J. Sheen. El comunismo y la conciencia de Occidente.

La iglesia revolucionaria

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“¿Qué es lo que se esconde en muchos revolucionarios? Un orgullo demencial que rechaza los valores humanos más indiscutibles por la única razón de que esos valores son transmitidos y se los debería recibir con humildad; y este orgullo está a la par con la impotencia para participarlos; entonces se prefiere destruirlos o corromperlos.
La culminación del mal se alcanza cuando el orgullo, impotente y destructor, se atreve a invocar el Evangelio, y pretende justificarse por la Revelación divina, y legitimarse en nombre de la felicidad de los pobres, de la misericordia para los pecadores, de la universalidad de la Redención, que ,en Cristo, no conoce ni Judío ni Griego.
Ciertamente, esta doctrina evangélica es la verdad misma, pero si es despojada de su altura sobrenatural se convierte una mentira infinitamente mortal y el Evangelio se falsifica totalmente  por el orgullo revolucionario. Bajo cualquier forma que se presente, el orgullo siempre es horrible, pero el orgullo del impotente que se adorna con el manto evangélico es particularmente espantoso”.

(R.-Th. Calmel O.P., Théologie de l´histoire, Editions Dominique Martin Morin,1984,p.73)

domingo, 11 de agosto de 2013

Un cuadro de William Kurelek (2º versión)

La iniquidad del impío me dice al corazón: 
No hay temor de Dios delante de sus ojos.

El pintor canadiense William Kurelek, nacido en Alberta en 1923 y muerto en 1977, tiene un cuadro que se llama El burro que lleva a Dios.



Este extraño cuadro que rebosa vida eterna y sobrenatural me persigue insistentemente desde hace un tiempo, y cada vez que por la razón que sea, florece mi soberbia y mi inocencia se inunda como un barco a la deriva en una noche polar en la que los arces mamonean, su imagen golpea mi memoria y me traslada mansamente a un estado de vulnerabilidad preocupante. Dios, se ha presentado de la manera más humilde jamás imaginada, y eso, me deja sin aliento, descolocado, postrado de hinojos y postrado de nuevo ante la Verdad. El Don de Temor de Dios, eso que un progre almibarado en las letanías de la mundanidad jamás conocerá, era esto. Dios se nos presenta a lomos de un borriquillo cansado, cruje el costillar de la roca interior que mantiene el Katejón y nos desvela, entre silencios desgarrados y sordos, su inmensa grandeza.

"En mi pensamiento, el burro que lleva a la Virgen de Belén tomó otra forma: Era un animal mudo que portaba a la Palabra y al llevar a la Virgen que lleva a Dios, por lo tanto él era también el portador de Dios. Sus campanillas fueron las primeras campanas de la iglesia , y María fue la primera iglesia, el primer tabernáculo de Cristo."

sábado, 10 de agosto de 2013

Dos religiones diferentes

por

En mis discusiones con neo-católicos, que son más frecuentes de lo que desearía, me encuentro con una realidad terrible. La mayoría de “católicos” de hoy en día profesan una religión distinta de la mía. Sí, una religión distinta. Suena chocante, y lo es, pero es la conclusión a la que he llegado tras varios años de perplejidad.
Antes no podía entender como personas que se declaraban católicas podían justificar cosas que hace tan sólo 60 años todos los católicos hubieran considerado un sacrilegio. Los ejemplos son evidentes: la comunión de pie y en la mano, los sacerdotes y religiosos vestidos (o mejor dicho, disfrazados) como laicos, las guitarras y la música de la farándula en los templos, los llamados ministros extraordinarios de la comunión (que de “extraordinarios” tienen sólo el nombre, porque ahí están día tras día), la Santa Misa convertida en un circo, supuestamente para atraer a los niños, y un largo etcétera.
Pero, como cabe esperar, la división no es meramente en lo exterior, en los signos. Los signos son el reflejo de algo más profundo, de una realidad interior. Por eso, debajo de su liturgia mundana y protestantizada los neo-católicos tienen una fe mundana y protestantizada. Lo he comprobado una y otra vez con mis interlocutores neo-católicos. Al tocar cuestiones de fe lo normal es que no estamos de acuerdo en muchas cosas. Igual puedo estar un 80% de acuerdo con un neo-católico en materia doctrinal, pero todo lo que no es un 100% significa que no hay unidad de fe. No me refiero a temas opinables, como el limbo de los niños o revelaciones privadas, sino a cuestiones que la Iglesia ha aclarado de manera definitiva y por tanto infalible. Si la fe católica fuera como un Seat Ibiza, y, por ejemplo, la doctrina sobre el reinado social de Jesucristo fuera el aire acondicionado opcional, un “extra” más, daría igual si algunos católicos no creyeran en esa doctrina. Sin embargo, para el católico no hay doctrina “opcional”. La fe católica es un paquete completo; son lentejas, las tomas o las dejas. La razón es que todo lo que enseña la Iglesia de manera infalible es Revelación Divina, y dudar de un sólo punto de la Revelación Divina es dudar de Dios.
Ofrezco una lista (sin orden especial) de cosas que me han dicho personas que no sólo se consideran católicas, sino que gozan de absoluta aprobación dentro de sus grupos y “movimientos”, por lo que debo pensar que pertenecen a la ortodoxia del neo-catolicismo, si es que se puede hablar de ortodoxia en una religión con una doctrina tan imprecisa e incoherente.
  • “Los dogmas han evolucionado con el tiempo y con la mentalidad de las gentes, por lo que no hay que tomárselos demasiado en serio.” – Un cura que da clases en el seminario diocesano.
  • “Lo importante no es la doctrina ni la liturgia, sino amarse unos a otros.” – Una catequista de parroquia.
  • “Un país confesionalmente católico atenta contra la libertad de sus ciudadanos.” – Un catequista kiko.
  • “Criticar otras religiones es ser un talibán. Todas las religiones merecen respeto.” – Un párroco.
  • “Tener todos los hijos que Dios te manda es una irresponsabilidad.” – Un jesuita.
  • “El rezo del Rosario es una devoción anticuada. Eso es para viejas.” – El mismo jesuita. (Sí, es una joya.)
  • “No tiene mucho sentido estar de rodillas en silencio ante una Hostia.” – Un kiko.
  • “Negarse sistemáticamente a usar métodos anticonceptivos es contraproducente, porque daña el matrimonio.” – Un cura en el confesionario hace 6 años.
  • “En el matrimonio debe haber equilibrio de poder entre los esposos. Hoy no se puede decir que debe mandar el marido.” – Catequistas que dan cursillos de preparación al matrimonio.
  • “Hacer la proposición de luchar contra tus vicios y ser cada vez mejor es propio de soberbios. Yo seré mejor cuando Dios me dé la gracia.” – Un kiko que imparte catequesis de confirmación.
Lo que quiero subrayar es que las personas que dijeron estas burradas no son católicos indiferentes que no practican su fe, sino personas comprometidas con la Iglesia; sacerdotes que lógicamente han estudiado teología y saben perfectamente lo que dicen; fieles que van a Misa todos los domingos, e incluso a diario. Podría dar los nombres y apellidos de estas personas, pero naturalmente no lo haré.
Cada una de las aseveraciones que he citado (y podía haber citado muchas más) es un error de bulto, cuando no directamente una herejía. Pero lo asombroso para mí es que ninguna de estas personas tiene problemas con sus superiores o en sus grupos eclesiales. Sólo yo tengo problemas por decir lo que pienso, por defender lo que es doctrina de la Iglesia Católica desde hace siglos. Para ellos soy yo el hereje. Yo soy el loco, el que siembra división, el soberbio. Me han llamado de todo, desde facha hasta fariseo, pasando por integrista, fanático, radical, etc. Me dicen; “¿cómo vas a tener tú razón contra el resto de la Iglesia?” Es verdad que ellos son mayoría, que los tiempos han cambiado.



El problema para los neo-católicos es que la verdad no se decide por encuestas, ni por modas. La verdad es la verdad aunque no se la crea nadie. Pensemos en la historia de Elías, el profeta que creía que toda Israel había caído en la idolatría.
Y vino a él palabra del Señor, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elias? El respondió: He sentido un vivo celo por el Señor Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto… y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado…” (1 Reyes 19:1-18).
Elías se consuela porque Dios le revela que todavía quedan 7000 israelitas que se han abstenido de prácticas idólatras. En el siglo IX, cuando vivió Elías, ¿qué porcentaje  supondría 7000 del total de israelitas? No lo sé, pero creo que sería una minoría bastante pequeña, lo que llamamos un remanente. Además, si los neo-católicos van a usar el argumento de los números, se desdicen ellos mismos, ya que hoy en día en España no va a la Misa dominical más de un 7% de la población total.
La razón por la que no hay manera de ponerse de acuerdo con los neo-cats, ni en materia doctrina, ni en materia litúrgica, es que tienen otra religión. Tenemos que verlos como si fueran protestantes o cismáticos ortodoxos. No son católicos, en el mismo sentido que lo somos nosotros, porque no tienen la misma fe que nosotros. Ahora lo entiendo, y por fin he salido de mi perplejidad. ¿Y qué hacemos los católicos (los de verdad) por los que no tienen la dicha de ser católicos? Rezamos por su conversión, para que conozcan la Verdad y se salven. Eso precisamente es lo que hay que hacer por los neo-católicos.

viernes, 9 de agosto de 2013

Desdichado y miserable y mendigo y ciego y desnudo.... (Apoc. III:17).

(...)

Nuestra civilización fue fundada sobre la moral cristiana y alimentada por la Fe de los Apóstoles. Era algo así como una enorme cuenta bancaria a la que muchos contribuyeron depósitos y de la que todos sacaron fondos. Ahora bien, sabemos bien que uno no puede seguir librando cheques sobre una cuenta indefinidamente sin efectuar nuevos depósitos. El problema del mundo moderno está en que, sin hacer contribución alguna a esa cuenta, sigue librando cheques. Un día se va a acabar el capital.

-C.S Lewis-

jueves, 8 de agosto de 2013

Profetas de calamidades

del blog Fray Rabieta


Yo lo aborrezco, porque
 nunca me profetiza cosas buenas, sino solamente malas.
 (III Reyes, XXII:8)
 
Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades.
(Juan XXIII)
Queridos pasteleros de cuarta:
El progresismo es cosa de estúpidos, de necios, de fatuos. No ha habido en toda la historia de la Iglesia una cosa tan imbécil, tan torpe, tan roma, tan tonta, tan indefendible como el progresismo católico. Sí, me refiero al que se instauró con el Concilio Vaticano II y que todavía tiene (muy poco, en verdad) algún asidero entre nosotros. Acá, en la Parroquia de al lado por ejemplo…
Insisto: se instauró con el maldito concilio, inaugurado hace cosa de cuarenta años atrás por el Gran paparulo, “el Papa Bueno”, ja, ja, (así lo llamaba el mundo, como que a osadas ahora, al que tenemos, lo llaman “el Papa malo”), con un discurso que quiso intitular “Gaudet Mater Ecclesia”: gózase hoy la Santa Madre Iglesia, je. Si así iba a ser el gozo, cómo será la tribulación, je, je. Si así iba a ser “la primavera de la Iglesia”, cómo será su invierno, ja, ja, ja. Qué gozo ni que niño muerto.
Contemplen ustedes el estado de la Iglesia actual, y díganme que llegó la primavera. ¿Flores?, Más bien, flor de quil… bueno, paso.
Y sí, así como al Papa bueno no le gustaban las malas noticias, como aquel rey que odiaba al profeta Miqueas porque nunca le cantaba una buena, se resolvió entonces a disentir de los “profetas de calamidades.” Pero la cita merece una transcripción completa. Aquí va, para delicia de mis oídos:
 De cuando en cuando llegan a Nuestro oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellos no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida […]
Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos fuera inminente.
 No creo que en toda la historia de la Iglesia jamás haya habido un Papa que haya dicho tantas estupideces juntas en tan poco espacio. Y eso, delante de la congregación más grande de obispos, en ocasión de la solemne inauguración de un concilio que inauguró un tiempo de calamidades sin cuento: desecración litúrgica, vaciamiento espiritual, innumerables apostasías, reducciones al estado laical, herejías sin cuento, desacralización de todo, racionalismo exegético—¿para qué seguir?, estafas en el Vaticano (¿o ya se olvidaron del Banco Ambrosiano?), satanismo en el Vaticano, homosexualidad clerical, y ahora que sale a la luz, pedofilia… ¿para qué seguir? La primavera de la Iglesia, ya te voy a dar a vos.
“Como si el fin de los tiempos fuera inminente” es una de las frases más desafortunadas que haya pronunciado un Papa jamás. En efecto, Cristo lo dijo, varias veces: “Vuelvo pronto” y como lo explicaron centenares de Padres, de exégetas, de teólogos, el fin de los tiempos siempre es inminente. Lo dijo Newman:
 Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo; pero convengamos en que en esto no hay comparación posible: que resulta infinitamente más saludable creer mil veces que Él viene cuando no viene que creer una sola vez que no viene cuando viene. Tal es la diferencia entre la Escritura y el mundo; a juzgar por las Escrituras deberíamos esperar al Cristo en todo tiempo; a juzgar por el mundo no habría que esperarLo nunca. Ahora bien, ha de venir un día, más tarde o más temprano. Ahora los hombres del mundo se mofan de nuestra falta de discernimiento; pero ¿a quién se le atribuirá falta de discernimiento entonces? ¿Y qué piensa Cristo de su mofa actual? ¿Acaso no advirtió expresamente contra quienes así se burlan?
Y el insigne Cardenal pasa a citar a otro Papa que sabía un poquito más que el Gordo Bueno, San Pedro:
En los últimos tiempos vendrán impostores burlones […] que dirán: ¿Dónde están las promesas de Su Parusía? Pues desde que los padres se durmieron todo permanece lo mismo que desde el principio de la creación’… A vosotros empero, carísimos no se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. (II Pet. III:4, 8).     
¿Y bien? No sé qué dirá ahora el Papa Bueno, que Dios lo tenga en Su Gloria y no lo suelte, pero a la vista está lo que vemos, los frutos epónimos del Concilio están acá, a la vista, delante nuestro.
Por sus frutos lo conoceréis. Son frutos condignos con la gran estafa. Comparen ustedes lo que dijo el “Papa bueno” tantas veces, y en público—que la idea de convocar este Concilio había sido una inspiración del Espíritu Santo, ja, ja—y luego lo que asienta en su “Diario” que fue publicado: no, que en realidad había sido una ocurrencia que tuvo en oportunidad de un sínodo en Roma, je, je. ¿Inspiración u ocurrencia? Mis distraídos pavotes, elijan ustedes, yo ya sé qué pensar.
Pero si fue el Espíritu Santo, ¿cómo explicar que siete años después—no es mucho tiempo, bien mirada la cosa—el sucesor del “Papa bueno”, Paulo VI, “Flos florum”, flor de… ¡bueh!… dejémoslo ahí,  este paparulo también de infeliz memoria, dijo que por una grieta había entrado a la Iglesia el humo de Satanás… ¡Linda primavera ésta, la primavera de la Iglesia!
Y claro, no olvidaremos tampoco que hay muchos testimonios de gente que contó que cuando el Papa bueno leyó el tercer secreto de Fátima dijo que si lo revelaba al mundo no podría llevarse a cabo el famoso Concilio… mejor este Concilio que lo que tiene Nuestra Señora para decirnos. Así que Lucía de Fátima fue amordazada, los pastorcitos Jacinta y Francisco, los santos pastorcitos de vidas tan sacrificadas cuan ejemplares, echados al olvido y ¡arripoa! ¡adelante con el Concilio!
Para no mencionar lo que hicieron después, en la malhadada conferencia del 26 de junio de 2000. Espero que en su próximo viaje a Fátima—anunciado para el 13 de mayo—este Papa pueda arreglar el desaguisado en el que él mismo participó, aunque a fe mía, no sé cómo podrá hacerlo…
Como fuere, no hay ninguna duda de que los profetas de calamidades eran estos tres pastorcitos que sólo cumplieron en repetir lo que les había dicho Nuestra Dulce Patrona.
Y hay cosas que les dijo, cosas que ellos comunicaron al Vaticano, cosas que supieron cinco sucesivos Papas y que no quisieron divulgar.
Porque claro, como todos los profetas, eran profetas de calamidades. Como Miqueas, como Jeremías, como Isaías, como Newman, como Castellani, como Belloc, como Bouyer, como… como Cristo.
Pero yo, ¿qué quieren que les diga, mis dormidos babiecas?, yo los quiero especialmente a estos tres, los pastorcicos perdidos de un pueblo de Portugal, y les diré por qué: porque eran buenos.
Por tremendas que fueran las calamidades que anunciaban.
Y ahora están aquí, esas calamidades, aquí, a la vista de todos.
Permítanme pues, disentir con el Papa bueno, que se me hace inminente el fin de los tiempos…
¡La primavera de la Iglesia! Ya te voy a dar a vos, ya vas a ver…
*  *  *

Otro signo de los tiempos que vivimos

¿Cómo hemos llegado a esto?


miércoles, 7 de agosto de 2013

Confusión papal de conceptos

por Aleix Vidal-Cuadras
 
Francisco ha expresado durante su triunfal visita a Brasil el deseo de tener “una Iglesia pobre y para los pobres”. El compromiso cristiano con los marginados, los desfavorecidos, los desposeídos y los dolientes es un eje central de la doctrina evangélica y la vida de Jesús relatada en el Nuevo Testamento abunda en episodios, admoniciones y orientaciones morales que lo ponen en evidencia de manera inequívoca. En efecto, el Redentor manifestó durante su existencia encarnada un amor desbordante por todos aquellos en los que advertía las lacras de la enfermedad, la miseria o el sufrimiento. Sin embargo, este componente admirable de las enseñanzas de Cristo no debe conducir al error de considerar que la carencia de bienes materiales es algo bueno o incluso encomiable. Una cosa es la obligación fraterna de asistir a los parados, los mendigos, los refugiados y los abandonados y otra que tales condiciones dejen de ser vistas como lo que son, una terrible desgracia, para pasar a ser un mérito.
Vivimos en una sociedad que se ha deslizado peligrosamente por una pendiente que partiendo de una encomiable exigencia de justicia ha degenerado en una alborotada reclamación de derechos sociales sin dedicar un minuto a evaluar su coste. Y ese es un camino que conduce irremisiblemente a la ruina general, que perjudica sobre todo a los económicamente más vulnerables. Ya Hayek señaló luminosamente que si queremos que todos mejoren su bienestar, hemos de permitir que algunos disfruten de posiciones claramente desahogadas. La prohibición o la desaparición de la riqueza comporta el hambre con carácter universal. Igual sucede en el mundo físico, si un campo de fuerzas mueve los objetos en su seno es porque en los distintos puntos del espacio el potencial de ese campo presenta valores distintos. Si fuese completamente homogéneo, nos rodearía un entorno inerte y helado que nos condenaría a la muerte. El derecho de propiedad es, por tanto, un pilar de la sociedad abierta, capaz de proporcionar oportunidades de progreso a todos sus integrantes.
 La Iglesia no ha de ser pobre, ha de contar, por el contrario, con el volumen de recursos más alto posible. Gracias a su patrimonio estará en disposición de prestar su ayuda a los necesitados; si careciera de bienes quedaría imposibilitada de cumplir su misión caritativa. En otras palabras, la Iglesia y sus ministros han de practicar una austeridad extrema en sus hábitos y costumbres, lo que convierte en un acierto el conjunto de gestos e iniciativas de Francisco para eliminar boatos inútiles, lujos ofensivos u ostentaciones obscenas. Pero la Iglesia como institución ha de procurar que sus activos inmobiliarios, artísticos y financieros crezcan continuamente, ya que sólo así podrá alcanzar sus benéficos fines. Iglesia para y con los pobres,, sí, Iglesia pobre, no, ministros de la Iglesia humildes y sobrios en su práctica cotidiana, por supuesto, cuentas corrientes parroquiales y diocesanas en números rojos, para nada. El Sumo Pontífice no ha de confundir conceptos porque si su grey se despista en asuntos fundamentales, se corre el peligro de que teólogos subversivos como Leonardo Boff anuncien que con Francisco ha vuelto la teología de la liberación. En términos empresariales, diríamos que la Iglesia ha de minimizar sus gastos de gestión y funcionamiento, pero ha de esforzarse honradamente en incrementar sus beneficios cada año. A mayor gloria de Dios.