miércoles, 7 de agosto de 2013

Confusión papal de conceptos

por Aleix Vidal-Cuadras
 
Francisco ha expresado durante su triunfal visita a Brasil el deseo de tener “una Iglesia pobre y para los pobres”. El compromiso cristiano con los marginados, los desfavorecidos, los desposeídos y los dolientes es un eje central de la doctrina evangélica y la vida de Jesús relatada en el Nuevo Testamento abunda en episodios, admoniciones y orientaciones morales que lo ponen en evidencia de manera inequívoca. En efecto, el Redentor manifestó durante su existencia encarnada un amor desbordante por todos aquellos en los que advertía las lacras de la enfermedad, la miseria o el sufrimiento. Sin embargo, este componente admirable de las enseñanzas de Cristo no debe conducir al error de considerar que la carencia de bienes materiales es algo bueno o incluso encomiable. Una cosa es la obligación fraterna de asistir a los parados, los mendigos, los refugiados y los abandonados y otra que tales condiciones dejen de ser vistas como lo que son, una terrible desgracia, para pasar a ser un mérito.
Vivimos en una sociedad que se ha deslizado peligrosamente por una pendiente que partiendo de una encomiable exigencia de justicia ha degenerado en una alborotada reclamación de derechos sociales sin dedicar un minuto a evaluar su coste. Y ese es un camino que conduce irremisiblemente a la ruina general, que perjudica sobre todo a los económicamente más vulnerables. Ya Hayek señaló luminosamente que si queremos que todos mejoren su bienestar, hemos de permitir que algunos disfruten de posiciones claramente desahogadas. La prohibición o la desaparición de la riqueza comporta el hambre con carácter universal. Igual sucede en el mundo físico, si un campo de fuerzas mueve los objetos en su seno es porque en los distintos puntos del espacio el potencial de ese campo presenta valores distintos. Si fuese completamente homogéneo, nos rodearía un entorno inerte y helado que nos condenaría a la muerte. El derecho de propiedad es, por tanto, un pilar de la sociedad abierta, capaz de proporcionar oportunidades de progreso a todos sus integrantes.
 La Iglesia no ha de ser pobre, ha de contar, por el contrario, con el volumen de recursos más alto posible. Gracias a su patrimonio estará en disposición de prestar su ayuda a los necesitados; si careciera de bienes quedaría imposibilitada de cumplir su misión caritativa. En otras palabras, la Iglesia y sus ministros han de practicar una austeridad extrema en sus hábitos y costumbres, lo que convierte en un acierto el conjunto de gestos e iniciativas de Francisco para eliminar boatos inútiles, lujos ofensivos u ostentaciones obscenas. Pero la Iglesia como institución ha de procurar que sus activos inmobiliarios, artísticos y financieros crezcan continuamente, ya que sólo así podrá alcanzar sus benéficos fines. Iglesia para y con los pobres,, sí, Iglesia pobre, no, ministros de la Iglesia humildes y sobrios en su práctica cotidiana, por supuesto, cuentas corrientes parroquiales y diocesanas en números rojos, para nada. El Sumo Pontífice no ha de confundir conceptos porque si su grey se despista en asuntos fundamentales, se corre el peligro de que teólogos subversivos como Leonardo Boff anuncien que con Francisco ha vuelto la teología de la liberación. En términos empresariales, diríamos que la Iglesia ha de minimizar sus gastos de gestión y funcionamiento, pero ha de esforzarse honradamente en incrementar sus beneficios cada año. A mayor gloria de Dios.

2 comentarios:

  1. "...una alborotada reclamación de derechos sociales sin dedicar un minuto a evaluar su coste..."

    Disiento, en parte. No sólo hay que evaluar el coste, sino mentalizar al personal de que existen los deberes como contrapartida. Porque nos hemos (o nos han ido) acostumbrando) a seguir a ley del mínimo esfuerzo, y a reclamar derechos sin exigencia de esfuerzos por nuestra parte.
    O sea, que todo tiene un coste, pero también de obligación personal, no sólo material.
    Con cierto pesar, sigo comprobando que la derecha, con sus complejos, continúa a mitad de trayecto en su discurso. Supongo que por la misma cobardía de la que hace gala algún elemento despistado, que no recuerda ni su nick. Lo de aprender y mostrar lo que otros supieron antes o mejor que nosotros, no merece la pena ni tenerlo en consideración. Se ve que aprende, y muestra, por ciencia infusa y sólo sus "originales", je, je!
    Mala baba. Debe ser usted muy importante; esa feracidad en sus enemigos raya lo extraordinario. ¿Qué "no"le hizo a ese ser, jejeje? En el fondo le quieren, aunque no lo aceptan (que le quieren), je, je.

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  2. Mire, yo también me despisté, pero sin mala sobra. El anónimo es Gaugamela, por si necesita una "pequeña parcelita" para la batalla con el enemigo, jejeje!!

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