sábado, 17 de agosto de 2013

Charles Péguy – El misterio de los Santos Inocentes



(Dedicado a mi hija)
No hay nada más hermoso que un niño que se duerme rezando sus oraciones, dice Dios. Yo os digo que nada hay tan hermoso en el mundo. Nunca he visto nada tan hermoso en el mundo. Y, sin embargo, he visto cosas hermosas en el mundo. Y las conozco bien. Mi creación rebosa de bellezas. Mi creación rebosa de maravillas. Hay tantas que ya no sabe uno dónde ponerlas. He visto millones y millones de astros rodar bajo mis pies como las arenas del mar.
He visto jornadas ardientes como llamas. Días de verano de junio, julio y agosto. He visto noches de invierno echadas como una capa.
He visto noches de verano tranquilas y dulces como un ocaso de paraíso caído. Totalmente repletas de estrellas. He visto esos viñedos del Mosa y esas iglesias que son mis propias casas. Y París y Reims y Rouen y catedrales que son mis propios palacios y mis propios castillos. Tan hermosos que los guardaré en el cielo. He visto la capital del reino y Roma, capital de la cristiandad.
He oído cantar la misa y las vísperas triunfantes. Y he visto esas llanuras y esas ondulaciones del terreno de Francia. Que son lo más bello de todo. 
He visto el mar profundo, y el bosque profundo, y el profundo corazón del hombre.
He visto corazones consumidos de amor. Durante vidas enteras. Perdidos de tanta caridad. Ardiendo como llamas.
He visto a mártires llenos de fe. Aguantar como una roca en el potro de tortura
Bajo los dientes de hierro.
(Como un soldado que aguantase completamente solo toda una vida)
Por fe.
Por su general (aparentemente) ausente.). He visto a mártires llameando como antorchas
Preparándose así las palmas siempre verdes. Y he visto gotear bajo las garras de hierro
Perlas de sangre que resplandecían como diamantes. Y he visto brillar lágrimas de amor
Que durarán más que las estrellas del cielo. Y he visto miradas de oración, miradas de ternura, Perdidas de caridad.
Que brillarán eternamente por las noches de las noches. Y he visto vidas enteras, del nacimiento a la muerte, Del bautismo al viático, Desenredarse como una madeja de lana. 
Pues yo os digo –dice Dios– que no conozco nada tan hermoso en todo el mundo. Como un niño que se duerme rezando sus oraciones. 
Bajo el ala de su ángel de la guarda. Y que sonríe a los ángeles al empezar a dormirse. Que ya lo mezcla todo y que ya no entiende nada
Y que mete el texto del Padre Nuestro a barullo, de cualquier forma, en el texto del Dios te salve María. Mientras un velo desciende ya sobre sus párpados, el velo de la noche, sobre su mirada y sobre su voz.

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