lunes, 24 de junio de 2013

Divinos susurros


Una de las primeras veces que salí de Andalucía acabé con dos amigos acampando por la Sierra de Guadarrama. Por aquel entonces, todavía dejaban montar tiendas de campaña por esos parajes.

Mis amigos estudiaban en Cádiz ciencias del mar, por lo que se pasaron las dos noches que habitamos estas delicuescentes tierras, descifrando estrellas, auscultando luceros y suponiendo en la inmensidad de la noche la vida de galaxias que murieron hace millones de años.
Siempre me quedó pendiente la pregunta que despejara la paradoja que suponía observar a estos dos futuros marineros del océano exterior discutir con tanta viveza sobre un algo que llevaba millones de años muerto, inerte.

Me guardé la pregunta por saberme de antemano, incapaz de entender la respuesta, fuese esta la que fuera. Se me escapan las cosas de la tierra, imagínense, las que vienen del misterioso espacio exterior.
Mientras estos dos se perdían en la inmensidad de la noche, yo bebía anís en una lata de cinc y escuchaba polifonía española del XVI. No recuerdo haber escuchado nada más bello que aquel lamento que tronaba en la sierra bajo un manto de humedad cuando fuimos abrazados por un pausado viento cargado de amor.

Nunca he vuelto a sentirme más unido a la naturaleza que en aquella noche perfumada por la insondable majestuosidad que nace de Dios.

El Dios creador, una noche de septiembre visitó a tres jóvenes que jugaban a sentirse libres, y amparados entre susurros -como el pastor de las amenazadoras tormentas- del frío que cortaba su misericordioso aliento.
 
 

2 comentarios:

  1. Estás muy productivo, Bate, pero te noto un poco tenso por varias de las últimas anotaciones. Intenta aprovechar estas noches en la sierra, como bien hiciste en aquella acampada que nos comentas.

    Un abrazo.

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  2. Ajolá te pudiera hacer caso. Perderme en la sierra y no bajar en un trienio, como mínimo.

    Otro abrazo.

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