domingo, 12 de mayo de 2013

Fe sin erratas


Fe





Igual que el curso de un río orada gota a gota la tierra blanda y cicatrizada por la que discurre el caudal de agua, a veces, uno quisiera poder tallar de piedra las palabras y cincelar su misterioso significado para poder pergeñar su verdadera simbología, su alma, el germen de su significado, la apariencia. Y así, poder elevar hasta La Montaña Mágica (Thomas Mann) el pensamiento sobre la cotidianidad mundana que nos impide postrarnos ante la Luz frondosa de la Verdad. Ante Nuestro Señor Jesús, Rey de Reyes.

Mi profesor de violonchelo -un tipo noble con la hombría en su sitio y los dedos desencajados- siempre hacía hincapié en la técnica como única herramienta fiable para encadenar un discurso musical digno.
-¿Y el arte don Juan ?.: -"El arte para los artistas", sonreía irónicamente ante un joven inocente que no terminaba de abrir los ojos. El arte para los artistas…, y la fe para los que quieren creer. Así de sencillo.

Hay que saber acercarse a Dios con las aparejos necesarios para tan encomiable y dificultosa tarea. Quién mantenga que la vida en la fe es sencilla, miente, te miente. Lo sobrenatural no encaja bien en esta época de eslóganes vacuos y semblantes farisaicos, de hijoputas encumbrados a la fama, donde rufianes sin escrúpulos y sedientos de poder arrancan de cuajo cualquier atisbo de inocencia en aras de su provecho. Malditos seáis, cabrones.

La fe es volverse niño otra vez. Sólo desnudando un concepto y una idea hasta hacerlo nuestro, nos asegura el control de éste. Dios puede ponernos a prueba -recordemos a Abraham y a su complicada estirpe- para hacernos madurar, para confortarnos con nuestra propia profundidad y nuestras interminables miserias, y luego volver a llevarnos enteramente consigo.

Navegando a la deriva en un mar de dudas encallé en La sal de la tierra, deambulando entre sombras agrestes, recostado en las fauces de la bestia que se presenta sin avisar en las angustias de los tumultos interiores; estuve unas calendas. Mi experiencia (poca pero práctica) de otros naufragios me hace sabedor que la única fórmula para mantener la fe verdadera es perseverando en la duda que cicatriza heridas con apósitos de certeza. El amor sin sufrimiento es como una siesta sin sueño; no llegamos a perder la conciencia, imprescindible para el descanso. El sufrimiento sin amor es una pesadilla sin sueño, siempre despierto, atorado. Se puede vivir el amor sin sufrimiento, pero el sufrimiento que no cuece bajo el ardor del amor no nos vale para nada. Sus estigmas no dejan huella.

Uno de los signos más visible del relativismo que sufrimos se fragua en su horror ante todo lo que se presenta bajo la máscara del sufrimiento. Están creando a unos hombres y mujeres -la CIUDADANÍA, les llama los cursis- extensa en cobardes y pusilánimes, en falsarios y denunciantes, chivatos y mariconas, que se vienen abajo por un simple resfriado, ni sufren ni padecen, ni lo quieren. No tienen media bofetada.
Llaman a la puerta de su existencia y la cierran consternados, sin saber que no cabe la huida, ni mayor pestillo ante el sufrimiento que mirarle a los ojos y retarle.
El hombre que debe habitar el nuevo siglo XXI no está educado en la posibilidad de tener que hacer frente al sufrimiento, le supera, es superior a sus fuerzas y sucumbe a la tentación de la frivolidad. ¿O es la frivolidad la que fenece a los pies del sufrimiento?. Dejémoslo ahí.. 

Fe significa resistir la fuerza de gravedad que nos arrastra hacia abajo. Fe significa comunión con el dueño de la otra fuerza de gravedad, el que nos proyecta hacia arriba, nos sostiene y nos transporta más allá de la muerte. Eso es la Fe, mi Fe.

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