lunes, 29 de abril de 2013

Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera...

Memoricen este párrafo:

"Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior."


-Beata Catalina Emmerich-


cuando algún descatolizado navegando viento en popa en el mar de los errores doctrinales le suelte el  manido y trasnochado discurso socialmarxista que prima y manda -con el papa a la cabeza- en gran parte de la Iglesia; ¡Zaz¡, denle con el en todos los morros.




2 comentarios:

  1. Muchos olvidan que la misión de la Iglesia no es acabar con la pobreza ni crear el Paraíso en la Tierra, sino adorar al Altísimo y llevar Su Palabra a todos.

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  2. Totalmente de acuerdo, Saturnino.
    Es lo que sucede cuando la Iglesia se abre al mundo.

    le dejo con un fragmento del libro de Monseñor Ottavio Michelini "Tú sabes que yo te amo":

    SE PONEN EL MONO

    Vuelvo, hijo, sobre un razonamiento que ya te he hecho, pero sobre el que es necesario parar frecuentemente vuestra mente para pensar y meditar, para después pensar y meditar de nuevo. Quiero referirme a la renovación del santo Sacrificio de la Cruz continuado perpetuamente en la Santa Misa.
    Tú sabes cómo son de pocos los sacerdotes que se acercan al Altar para realizar la Acción tres veces santa con el debido espíritu de fe y de gracia.
    No hablamos de aquellos que profanan sacrílegamente mi Cuerpo y mi Sangre, y que no son pocos. Hablamos otra vez de los que se preparan para vestirse las vestiduras sagradas con la desenvoltura y con la mentalidad de los obreros que, antes de comenzar su trabajo manual se ponen el mono charlando de esto y de aquello.
    Sin ningún pensamiento de recogimiento, proceden a la celebración del Rito Sagrado, mientras su mente discurre por las cosas más extrañas. Llegan a la Consagración, bien lejos de darse cuenta de que en ese momento en sus manos se repite el prodigio de los prodigios: se realiza la Encarnación, de Mí, Verbo de Dios.

    "Et Verbum caro factum est" . No se dan cuenta que en sus manos, en ese momento, provocan la intervención simultánea de la Santísima Trinidad.
    Mi Madre, con su fiat provocó la intervención simultánea
    - del Padre que creó en Ella el alma humana de Mí, Verbo,
    - de Mí, Verbo que me uní al alma creada por el Padre.
    - del Espíritu Santo, causa eficiente de mi virginal concepción en el seno purísimo de María.
    Desde ese momento fui verdadero Dios y verdadero hombre.
    Entre las manos del sacerdote celebrante, en el momento de la Consagración se renueva realmente el Misterio de la Encarnación. Muy pocos de mis sacerdotes piensan en esto.
    Quitada esta fe, esta convicción vivida, resulta evidente el porqué el sacerdote celebrante realiza la más santa entre todas las acciones, como el obrero realiza su trabajo cotidiano. El sacerdote se vuelve un obrero, eso es todo.
    En su cara no vislumbrarás un sólo signo de compunción y de recogimiento. Así, con la misma indiferencia repugnante se continúa hasta el fin, hasta la Comunión, obligándome a Mí, Víctima, a soportar el atroz sufrimiento de la Cruz.

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