jueves, 11 de abril de 2013

El hábito sí hace al monje

De la exhortación apostólica 'Evangelica testificatio', de Pablo VI, sobre la renovación de la vida religiosa. «Aun reconociendo que ciertas situaciones pueden justificar el quitar un tipo de hábito, no podemos silenciar la conveniencia de que el hábito de los religiosos y religiosas siga siendo, como quiere el Concilio, signo de su consagración (Perfectæ caritatis 17), y se distinga, de alguna manera, de las formas abiertamente seglares».

Supongo que en esas ciertas y delicadas situaciones a las que se refería Pablo VI en el vestir del religioso no entra, ni por asomo, el ir por el interior de la iglesia de forma abiertamente seglar. Lo digo, ya que a veces me resulta endiabladamente dificultoso y triste dar con el titular de una parroquia. Como dice una amiga: "Cuán incómodo y desalentador resulta a veces el jueguecito de "Busca al cura camuflado". Me ha sucedido varias veces, y me malicio que tampoco ciertas situaciones pueden justificar que el sacerdote naif y comprometido esté en el confesionario ataviado en sus vestimentas con unos pantalones vaqueros roidos de a 100 pavo y una camisa tono pastel. Sin estola ni vestidura sagrada que acompañe dignamente el Sacramento que va a impartir. ¡Pero esto qué coño es!. A uno, qué quieren que les diga, se le quitan toita toas las ganas de confesar que traía con un cura que está en todo lo que tiene que estar -reuniones, tertulias, cafesitos, lucha social, etc-, menos en Cristo.

La diferencia, entre otras, de un cura o un religioso respecto a un madero o un bombero es que estos, cuando acaban su jornada laboral, se quitan sus uniformes, van al servicio, mean, se lavan las manos con jabón, se largan a casa, cobran la paztizara y hasta aquí ha llegado su entrega, es decir, su jornada laboral. En cambio, un cura o un religioso las 24 horas del día con sus 1440 minutos y sus interminables 86.400 segundos debe ejercer su mandato divino y entregarse en cuerpo y alma por los fieles de su parroquia y por Dios. Y evidentemente, deben estar bien reconocibles, aseados y dignos para que podamos reconocer la presencia de un sacerdote de Cristo en nuestras vidas. Se es cura las 24 horas del día o no se es. El funcionariado como forma de sacerdocio corporativo lo dejamos para la cleroprogresíaMiguel de Unamuno estimaba que «jamás se ha dicho un disparate mayor que aquel [...] de que el hábito no hace al monje. Sí, el hábito hace al monje».

Lo que necesitamos los católicos son signos de fortaleza, y el ver por la calle a un religioso, identificarlo, hacerlo nuestro, es un signo que nos da Esperanza, y fortaleza. Pido en el nombre de Dios, la Tradición y la obediencia debida a sus reglas a estos religiosos que no son conscientes de lo que representa las hechuras que sagradamente los envuelve que no se escondan bajo su vestimenta civil como cucarachas asustadas y den la cara por el pueblo cristiano que tanto los necesita. Lo que se esconde tras estos sacerdotes, religiosos y religiosa que han renegado de sus sagrados hábitos es la cobardía y la falta de Fe. No hay más.


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