sábado, 23 de marzo de 2013

Beethoven cello sonata no.5 - Adagio con molto sentimento d`afetto.-


Soy Van, Ludwig Van. Algunos tipos en Bonn, en señal de agradecimiento y cortesía con la familia paterna, aún me siguen llamando Beethoven, igual que en la escuela. Beethoven para arriba Beethoven para abajo. Pero a mi no me gusta ese nombre, lo odio, es realmente ridículo. En casa, mama y la criada, la señora Merkel (una hija suya, Ms. Angélica, llegará lejos), se dirigen a mi persona como Ludwig. Y los amigos que paran en la fría -como el glacial aliento de la mofeta que habita los tristes campos de Dakota del Norte-, apestosa y ruidosa tasca donde suelo acabar siempre emborrachándome día sí día no como un deslenguado merluzo con el único y legítimo fin de olvidar la frustración que me carcome con la misma veloz voracidad con que las termitas arrasan un viejo sinfoniede cámara, se dirigen a quien les habla con un insolente Van. Al caer ferozmente la noche, con su hálito de ternura, cuando a estos mamones amancebados se les calienta el pico más de la cuenta, les da por decirme "Van Van músiquito loco"; ¿no es entrañable?. Jajaja... 

Lo sé, nunca llegaré a nada. Sólo soy un pobre alcoholizado, sordo como una tapia, austero cadáver en potencia. Un caballero romántico, soñador al que llaman Van Van y es de Bonn. Demasiadas onomatopeyas para que nadie tome en serio al músico que nunca seré. Luego está lo de esa lastimosa zorra de la Amada Inmortal que se han inventado las putas alcahuetas de esta lúgubre aldea. Adónde iría yo con esa viejales. El Testamento de Heiligenstadt fue una broma, ni amada por mi parte, ni inmortal por la suya, a los pocos días del edicto la espichó como todo hijo de vecino, en unas condiciones de salubridad lamentables. La prensa del corazón, las putas alcahuetas de vuestro tiempo, esa prensa que vende a su padre por un plato de lentejas, esa pestilente basura consentida por una sociedad enferma del alma que necesita chutarse miserias ajenas para asimilar convenientemente las suyas, tiene más años de los que se imaginan. No seguiré por ahí.

Me encierro en mi música para salir huyendo de lo que me rodea, de todo, de todos, de mi, que en última instancia, soy mi peor enemigo. Me refugio en Ella, y encuentro por un momento el consuelo necesario para respirar.

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