domingo, 3 de marzo de 2013

A los mártires de España – P a u l C l a u d e l


Tú que, al pasar, irás volviendo
una a una las páginas de este libro
sincero. Léelo todo, regístralo en
tu corazón, pero, contén tu cólera
y tu espanto.
Es igual, es lo mismo que vivieron
nuestros predecesores. Es lo que
aconteció en tiempos de Enrique
VIH, de Nerón, de Diocleciano.
El cáliz que apuraron nuestros
antepasados, ¿no tendremos que
apurarlo también nosotros?
La corona de espinas que ellos
ciñeron, ¿sería para nosotros, solo
para nosotros, una corona de rosas?
La sal que antaño pusieron en nuestra lengua, tenía el gusto de este nuevo bautismo.
Es posible, Dios mío, que nos otorguéis este honor supremo.
De daros algo, nosotros los pobres, y de nuestra presencia!
Y de decir que es verdad, que Vos, con nuestra sangre, sois el Hijo de Dios!
La maravilla de vuestra existencia, es cierto, no puede pagarse más que con
sangre!
El Evangelio de Jesús que yo he recibido, no podía recibirlo impunemente! En
este mundo que no cree, no es verdad que pueda creerse impunemente! No
fue solo por nuestro bienestar por lo que diste Tú la pena de nacer!
El mundo te odia desde sus entrañas, y el esclavo no es mejor que el señor. Mas
nosotros, nosotros creemos en Vos y escupimos sobre el rostro de Satán! 2
Todos estos pobres forjadores de dudas, todos esos cobardes y todos esos
vacilantes.
No son palabras las que faltan, es un acto, la voz clara y el estallar de alguna
cosa.
Vos, Vos estáis ahora en el cielo, más allá de la visibilidad y de la nube.
Pero nosotros estamos en sus manos: y por nuestra parte les ofrecemos cosas
que ver, cosas que ciegan su mirada!
Robespierre, Lenin y los demás, Calvino, no han agotado todos los tesoros del
odio y de la rabia!
Voltaire, Renán y Marx no han chocado aún con el fondo de la humana idiotez!
Mas, delante de nosotros, el millón de mártires, ante nosotros, todos esos inocentes llenos de gloria.
Ellos tampoco lo han derramado todo ni lo han ofrendado todo todavía.
Somos nosotros los que estamos ahora en su lugar y estamos en él por una vez!
Por fin ha vuelto la hora del Príncipe de este mundo!
La hora del interrogatorio final, la hora de Iscariote y Caín.
Santa España en la punta de la cuadrada Europa, concentración de la Fe, masa
dura y trinchera de la Virgen Madre.
Y la última zancada de San Jaime, que sólo termina donde la tierra acaba. Patria
de Domingo y de Juan, y de Francisco el Conquistador, y de Teresa. Arsenal de
Salamanca y Pilar de Zaragoza, y raíz ardiente de Manresa. Indestructible Espa-
ña, que sabe rehusar la medida de lo mediano.
Sacudida de espaldas contra el hereje, contenido y, paso a paso, rechazado. Exploradora de un doble firmamento, razonadora de la plegaria y de la sonda.
Profetisa de otra tierra, allá lejos, bajo el sol, y colonizadora de otro mundo. En
esta hora de tu crucifixión, santa España, en este día, hermana España, que es tu
día.
Llenos los ojos de entusiasmo y de lágrimas, yo te envío mi admiración y mi
amor.3
Cuando todos los cobardes traicionaban, tú, una vez más, supiste rehusar!
Como en tiempos de Pelayo y del Cid, tú una vez más, has desenvainado ia espada!
Ha llegado el momento de elegir y de desenfundar el alma! Ha llegado el momento de medir, fijos los ojos en los ojos la proposición infame! Ha llegado, por
fin, el momento de que se conozca el color de nuestra sangre! Muchos se figuran que el pié marcha solo al cielo por un camino complaciente y fácil.
Pero, de pronto, la pregunta está hecha, y he aquí el requerimiento y el martirio! El cielo y el infierno son puestos en nuestra mano, y tenemos cuarenta
segundos para escoger.
Cuarenta segundos. Y sobra tiempo todavía. Hermana España, santa España, tú
escogiste ya!
Once obispos, dieciséis mil sacerdotes sacrificados y ni una sola apostasía! ¡ Ah,
ojalá pueda un día yo, como tú, lanzar mi testimonio en voz alta en el esplendor
del mediodía!
Se había dicho que tú dormías, hermana España, un fingido sueño.
Y luego, de improviso, la interrogación, y de un golpe esos dieciséis mil mártires!
«¿De dónde me llegan todos estos hijos?», grita aquella a la que llamaban estéril.
Las puertas del cielo ya no bastan a esa legión que se apretuja!
Lo que llamabais el desierto, miradlo!, ah! ¿era el desierto, decíais? ¡Ved en él el
manantial y la palmera!
¡Dieciséis mil sacerdotes! Todo el contingente en un momento y el cielo colonizado en una sola llamarada!
¿Por qué temblar, oh alma, y por qué indignarte contra los verdugos?
Yo no hago más que juntar las manos y llorar, y digo que esto es bueno y que
esto es bello,
Y vosotras también, piedras, salud desde lo más profundo de mi alma, santas
iglesias exterminadas!
Estatuas destrozadas a martillazos, y todas esas pinturas venerables, y ese
copón que va a pisotearse.4
Donde la C. N. T., gruñendo de delicias, pone su jeta y su baba.
¿Para qué todos esos dioses buenos? El pueblo no los necesita.
Lo que el bruto inmundo detesta, tanto como a Dios, es la belleza!
¡Al fuego grandes bibliotecas! Leviatán se revuelca de nuevo, y de los rayos del
sol ha hecho yacija y estiércol.
Todas estas bocas que nos interrogan, todo eso; ¡contra todo eso era tan difícil
mantenerse en el propio cuadro!
Cerremos su boca de un puñetazo, es lo más sencillo. ¡Abajo el Cristo y viva el
toro!
Hay que dejar sitio para Marx y para todas esas biblias de la imbecilidad y del
odio!
Mata, camarada, destruye y embriágate, yace con las hembras! Esto es la solidaridad humana!
No digas que todos esos curas, vivos o muertos, que nos miran no nos han
provocado.
El que ellos hicieran el bien sin recompensa, era en verdad cosa intolerable! A
los que lían muerto se les irá a buscar bajo la tierra.
Es divertido ver como ríen todas estas calaveras 1 Un bromista ha separado el
cigarrillo de su boca y lo ha colocado entre los dientes de ese cadáver que fue
su madre.
Quememos todo lo que pueda ser quemado, los muertos y los vivos en una
sola pira.
¡Acercad el petróleo! Quememos a Dios. Será una liberación magnífica! Todos
esos ojos que nos miran, vivos o muertos, nos molestan y además ¿para qué
sirven?
¡Salud, las quinientas iglesias catalanas destruidas! Catedral de Vich, catedral de
Sert!
Vosotras también, vosotras habéis sabido dar vuestro testimonio! También
vosotras formáis entre los mártires!5
Las mismas iglesias que vio Juan, iglesias de Gerona y de Tortosa, iglesias de
Laodicea y de Tiatira.
La casulla se ha incendiado con el sacerdote, y el cirio ha prendido fuego en el
candelabro.
El campanario se yergue todavía un momento sobre el animal evangélico que se
encabrita.
Y después, en un rodar de trueno, cae de golpe. Se hunde, ha desaparecido ya.
Iglesia de mi Primera Comunión, todo acabó; ya no te veré más!
Pero es una bella cosa el ser partido en dos, secti sunt! Es una bella cosa morir
en su puesto con un grito triunfal!
Es bello para la iglesia de Dios ascender al cielo Joda ella en el incienso y en
holocausto.
Sube al cielo, virgen venerable, por la derecha vía! Sube columna! Asciende
ángel! Sube al cielo, gran plegaria de nuestros abuelos.
Catedral de Vich, de José María Sert, tú eras admirable sólo para los hombres;
ahora eres grata a Dios!
Ya está hecho! La obra está consumada, y la tierra por todos sus poros ha bebido la sangre que la turbaba.
Ha bebido el cielo y la misa de los cien mil mártires; la tierra es profunda para
digerirla.
El asesino vuelve titubeante a su casa, y mira con estupor su mano derecha. El
santo, solemnemente, ha tomado posesión de su parte, que es la mejor. Todo
una vez más, está consumado, y en el cielo se ha hecho un silencio de media
hora.
Y nosotros también, "la cabeza descubierta, en silencio; alma mía!, guarda silencio ante la tierra sembrada.
La tierra ha concebido en el fondo de sus entrañas y ha comenzado ya el recomenzar.
El tiempo de labrar ha terminado, y es ahora el tiempo de la siembra!
El tiempo de la amputación ha acabado para el árbol, y es ahora el tiempo de las
represalias.6
La idea que ha germinado bajo la tierra, y en todos los lugares de tu corazón,
santa España, la represalia inmensa del amor.
Con los pies en el petróleo y en la sangre, yo creo en Ti, Señor, y en este día,
un día que será tu día.
Tiendo mi mano derecha hacia Ti para jurar entre la acción de gracias y la matanza.
Tu cuerpo es, en verdad, un alimento, y Tu sangre es, en verdad una bebida.
De esta carne triturada, la Tuya, y de esta sangre que ha sido derramada.
Ni una parcela ha perecido, ni una gota se ha derramado en vano.
El invierno sobre nuestros surcos continua; pero la primavera ha hecho ya explosión en las estrellas!
Y todo lo que ha sido derramado, los ángeles lo han recogido respetuosamente
y lo han llevado al interior del Velo.


Brangues, 10 mayo 1937


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