jueves, 14 de febrero de 2013

El buen ciudadano



por David Gistau


LOS HISTORIADORES saben que no es posible comprender el pasado aplicándole valores y convenciones actuales. Nada resiste el frotamiento con nuestros clichés. En España, tal vez porque el auto-odio y la ignorancia impiden que haya una sensación de continuidad histórica con algo, el pasado fue abolido y declarado motivo de vergüenza. Para compensar su desaparición en la identidad, han adquirido una importancia desmesurada, tremendamente narcisista, los valores destilados por los laboratorios de ingeniería social que ahorman al buen ciudadano (todo el lenguaje socialdemócrata sale de ahí). Eso hizo posible que una sola generación posterior a la Transición pudiera, convencida de lo que decía, clausurar por oscuros y fallidos los 500 años precedentes. Sólo fueron salvados los portentos culturales, a menudo apartados de su contexto histórico. 
Nuestro tiempo tiene una ideología predominante cuya arrogancia le permite corregir, no sólo acontecimientos que no pueden comprenderse con las convenciones del presente. Sino también instituciones enraizadas en un pasado milenario, y por tanto desconcertantes para el portador de tópicos contemporáneos convencido de que todo cuanto existe ha de ajustarse a su manual ideológico. Esto, que explica muchas cosas, explica también la sandez con la que, a raíz de la renuncia del Papa, diversos comentaristas han reprochado a la Iglesia que no organice su vida interna con los mismos principios que una asamblea del 15-M, ni resuelva sus cónclaves mediante hitos de la democracia como la votación por SMS de OperaciónTriunfo. 
También sorprende que de cómo ha de ser la Iglesia se preocupen tanto los que le han declarado odio a muerte y anhelado su desaparición. Como ocurrió durante el verano de la JMJ, la irrupción del Papa en todas las conversaciones ha inspirado de nuevo hazañas del anticlericalismo más escatológico. Lo normal, para ateos y agnósticos iniciados en los propósitos plurales con los que se nos llena la boca, sería desdeñar cuanto ocurre en una confesión ajena y seguir con sus vidas. Pero, en España, la impronta católica es tan fuerte que la virulencia del anticlericalismo sólo puede entenderse como un esfuerzo por liberarse de ella y despejar el espacio para otras manifestaciones de fe, las ideológicas. De ahí lo de hornear cristos y demás excesos iconoclastas

5 comentarios:

  1. Qué bueno es Gistau cuando escribe (en las tertulias pierde un poco de fuelle, para mi gusto; pero, escribiendo, es otra cosa).
    ¿Sabe qué me da rabia y, a la vez, me apena? Pues que sean, precisamente, personas ateas o agnósticas quienes, con mucha frecuencia, nos den lecciones sobre aquello de lo que deberíamos presumir. Hoy es Gistau, ayer Santi González en su blog, esta mañana Miguel Boyer en http://www.caffereggio.es/2013/02/14/el-papado-como-infierno-de-miguel-boyer-arnedo-en-el-mundo/
    Y, así.

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  2. Es muy cierto que los que declaran la guerra a la Iglesia son después los primeros en establecer cómo debe ser la misma. Lo he comentado otras veces, pero yo no conozco ateos que no cren, sino personas que siguen toda una ideología fundada en el rechazo a Dios y a la Iglesia. Los ateos anticlericales malamente pueden ser verdaderos ateos.

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  3. Los ateos y los creyentes en Dios basan sus "argumentos" en lo mismo. Ni los unos ni los otros tienen razones fundadas para conocer positivamente algo.

    Sólo esperan.

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    Respuestas
    1. Los ateos en Dios, excelente.
      Sigue esperando sentada, a ver que te llega.

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    2. Por suerte, nos queda la Metafísica. Los sistemas filosóficos tan cerrados como el positivismo, sólo han conseguido desarrollar y aplicar la razón práctica y analítica, y,, de paso, limitar la libertad del hombre para seguir interrogándose sobre la razón ultima del ser.
      De entonces hacia acá, la religión de la ciencia y el relativismo generalizado.
      Un porvenir muy halagüeño, sí.

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