miércoles, 13 de febrero de 2013

Cuaresma


Agazapado en un rincón de la escalera que unía el bar de mi padre con la casa familiar, aprendí a querer a la Macarena, al cristo del Cachorro, a Jesús de la Pasión, al Calvario. Comencé a sentir la Pasión de Sevilla como una forma de ver y entender la vida, de vivir y apreciar los días. Los hombres que frecuentaban el bar, hombres rudos, trabajadores, curtidos en mil batallas, alternaban con cercanía, pero también, con la exaltación que produce los amores queridos que riñen. Me hacían sentir desde mi larvada atalaya un privilegiado por encontrarme ahí, escondido de mis mayores, paladeando cada una de las palabras que me llegaban, soñando con ser yo el protagonista de esas historias de encuentros con la madre de Dios, que en Sevilla se llama Macarena . "Niño acércate para escuchar mejor, miarma",  imploraba siempre la misma persona, la misma que descubrió en mis ojos ilusionados que me quedaba embobado escuchando hablar de las cosas de la tradición, del amor a lo eterno, el mismo hombre que, con unos tintos de más, invariablemente se lanzaba por unas saetas cargada de emoción, harta de penas…..¡Ay Macarena de nuestra esperanza...!

Toda la semana santa sevillana está cargada de alegorías: tres veces negó Pedro al Señor, y tres severos golpes de llamador levantan un paso al cielo de Sevilla. Todo está en su sitio, todo transcurre en el momento justo. Noches de humo de tabaco, de aromas de aceitunas pobres, de luces viciada de los bares de antes. Retablo de las maravillas contadas al calor de una querencia, de un recuerdo que queda grabado a fuego en la memoria que siempre elige el camino más corto para herirnos. Encuentro buscado de unos hombres que a veces lloraban de emoción evocando sus recuerdos. El vino ayudaba, pero la melancolía era verdadera, puntual, no fallaba. Entonces, aparecía como una suerte de fantasma el primer día de la Cuaresma. Ese primer y esperado día, en el que la radio programaba su edición especial para la Cuaresma, bendita Cuaresma. Las primeras marchas procesionales del año sonaban a gloria, y las torrijas de mi madre eran lo mas sublime y delicioso que he tomado y tengo la certeza que probaré en esta vida. La famosa magdalena de Proust, al lado de las torrijas de mi madre, un leve recuerdo. La Cuaresma en Sevilla es un mundo de pequeños detalles que tiene su propio lenguaje, sus intricados vericuetos, en el que todos los sentidos tienen que estar alerta, donde cualquier detalle es una categoría y la luz un simple atrezzo para deslumbrar a una Virgen.


2 comentarios:

  1. Nunca he vivido la Semana Santa sevillana. Fíjate tú que falta de todo!! Me encantaría y lo tengo en mente.

    De momento, hoy he observado una cantidad enorme de gente en Misa, y he salido contenta porque somos muchos en compartir ese deseo de conversión a la que nos llama la Iglesia en este tiempo que, no olvidemos, es tiempo de salvación.

    Un abrazo!

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  2. Muy bonito y emotivo todo lo que escribes.
    Un saludo

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