miércoles, 2 de enero de 2013

La Navidad, de Chesterton


Navidad

La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad. La Navidad, como tantas otras creaciones cristianas y católicas, es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el paralelo de una boda es bien válido en más de una manera; porque este nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciado las bodas. Es lógico que haya pompa y gozo popular en una boda; de ninguna manera estoy de acuerdo con los que querrían que fuera algo privado y personal, como la declaración de amor o el compromiso de matrimonio. Si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de qué podrá enorgullecerse?, ¿y por qué se empeña entonces en casarse? Pero en casos normales todo este jolgorio que se organiza está subordinado al matrimonio porque existe “en honor” del matrimonio. Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse; y se alegran porque se han casado. Sin embargo, en tantas bodas de famosos se pierden de vista por completo este serio objetivo y no queda nada más que la frivolidad. Porque la frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse. El resultado es que al final hasta la frivolidad como frivolidad empieza a desvanecerse. Quienes empezaron a juntarse sólo por diversión acaban haciéndolo sólo porque está de moda; y no queda ni siquiera la más débil sugestión de regocijo, sino tan sólo de ruido y alboroto.
De manera parecida, la gente está perdiendo la capacidad de disfrutar la Navidad porque la ha identificado con el regocijo. Una vez que han perdido de vista la antigua sugestión de que es por alguna cosa que ocurre, caen naturalmente en pausas en las que se preguntan con asombro si es que ocurre algo de verdad. Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dice que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; incluso podría hacer bromas sobre la fortuna. Pero no haría nada de eso si la fortuna fuera una broma. No sería tan bullicioso, le hubiera dejado puñados de billetes bancarios falsos o un talonario de cheques sin fondos. Por divertida que fuera la acción del testador, no sería durante mucho tiempo ocasión de festividades sociales y celebraciones de todo tipo. No se puede empezar ni siquiera una francachela por una herencia que es sólo ficticia. No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que no es más que un engaño de milagro. Al desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo el humano, se está pidiendo demasiado a la naturaleza humana. Se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.
Hoy nuestra tarea consiste en rescatar la festividad de la frivolidad. Es la única manera de que vuelva a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aun en los niños esa sensatez se encuentra de alguna manera en guerra con la sociedad. La vívida magia de esa noche y de ese día está siendo asesinada por la vulgar veleidad de los otros trescientos sesenta y cuatro días.
Gilbert Keith Chesterton

3 comentarios:

  1. Así es, don Bate. Cuando se pierde de vista la esencia de las cosas, acabamos quedándonos en la superficie de las mismas. Y la superficie está tan sujeta a las veleidades del entorno y el momento, que terminamos por no ser conscientes ni de su misma existencia. Cuanto menos adoptar un punto de vista que nos ayude a percibir la escena completa y su trascendencia (divina, en este caso).
    Nos fijamos en el barquito, que se defiende como puede, en un mar embravecido, ignorando los movimientos que surgen de las profundidades del océano, de cuyas pulsiones sólo observamos la espuma de las olas.

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  2. Hola, amigo Bate.

    La Navidad es una boda. Y un bautizo, una Primera Comunión e (incluso) un cumpleaños cualquiera. Las cosas se han sacado de madre en esta sociedad en la que vivimos. Tenemos de todo. De todo lo necesario, al menos. Hay crisis. Sí. Es innegable. Pero muchos de nosotros nos empeñamos, pese a la crisis, en no prescindir de lo innecesario. Nadie necesita, para poder vivir, malgastar lo que ahora ya no tiene en festejos navideños. La Navidad no es derroche.

    La Navidad, para los creyentes, es la venida del Niño Dios al mundo. La venida del Salvador. Para los no creyentes (mi caso) debería ser (en mi caso así es) un motivo de alegría para estar un año más con la familia, los amigos, la gente que te quiere. Y a la que quieres. Un año más que se va. Otro año más que llega. Y aquí estamos. Para celebrarlo (sí, celebrarlo) en ambos casos. Pero con la debida perspectiva. Soy pesimista sobre lo último. Se ha perdido, creo que para siempre, la perspectiva. Cuando digo para siempre quiero expresar que ese “siempre” abarca mi tiempo vital. En un futuro, quien sabe.

    Me despido, que voy a hacer un comentario más largo que tu entrada. Y lo hago estando de acuerdo contigo en esta frase: “Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad”. Sus caras cuando ponen el Nacimiento, o un simple Misterio, como hacemos en casa. Sus expresiones cuando ven el desembarco de los Reyes Magos (en mi ciudad llegan por mar), o la Cabalgata de Reyes. Esa impaciencia, ese interés, esa ilusión que le ponen… Eso, para mí, es lo más bonito de la Navidad.

    Un abrazo.

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  3. Maravíllosa entrada. Te deseo un Feliz y próspero Año Nuevo, estimado bloguero.
    Que los Reyes hayan cumplido con tus deseos para este año...

    Abrazos.

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