viernes, 26 de octubre de 2012

Intervención de José María Aznar


“Gracias por asistir a este acto. Hoy es un día muy importante para
la Fundación FAES. Reafirmamos nuestro compromiso con el valor
universal al que aspiramos todos los seres humanos.
 Un valor clave en la tarea que desde hace más de veinte años
la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales realiza para la
sociedad española, con la que nos vincula un compromiso que no
sólo permanece intacto sino que es hoy más fuerte que nunca.
 Un valor que es propio de la modernidad y de la civilización.
Que no es patrimonio de ninguna cultura, continente o tradición. Un
valor imprescindible: el valor de la libertad.
 Lo hacemos como es más justo hacerlo, mediante el
reconocimiento público de uno de sus más brillantes, valientes y
eficaces defensores: Mario Vargas Llosa, a quien hacemos entrega
del IV Premio FAES de la Libertad.
 Es un honor contar con su presencia y compartir con él y con
todos ustedes esta celebración. Gracias por estar aquí.
 Glosar una trayectoria como la de Mario Vargas Llosa no es
sencillo. Y a estas alturas probablemente no es necesario. Mario
Vargas Llosa es la literatura, es la lucidez y la inteligencia. Es la
mirada honda, incisiva e íntegra. La mirada civilizadora, fraterna y
cordial. Es esa mirada hecha palabra.
 Nació en Arequipa, en Perú. Se licenció en Letras  en la
Universidad de San Marcos de Lima y se doctoró por  la
Complutense de Madrid.
 Vivió en París y en Londres. Publicó La ciudad y los perros en
1962. Y desde entonces novelas, ensayos, teatro, estudio Vivió en París y en Londres. Publicó La ciudad y los perros en
1962. Y desde entonces novelas, ensayos, teatro, estudios,
reportajes y periodismo llenan toda una vida de la mejor literatura,
que ha obtenido los más importantes premios.
 Desde el año 1994 es miembro de la Real Academia
Española. Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas.
 En 2010, como es conocido, le fue concedido el Premio Nobel
de Literatura. El discurso que pronunció con motivo de ese premio constituye una pieza única, y también probablemente su mejor
semblanza posible.
 Un elogio de la literatura y de la ficción; un elogio de la libertad
y de cuanto la fecunda, la protege y la ensancha; y una crítica de lo
que la hostiga, la daña o la menosprecia.
 Mario Vargas Llosa nos dice que escribe porque “sin las
ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la
libertad, que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la
civilización”.
 La civilización como hazaña de la humanidad y la libertad
como su cumbre es una de las claves de su obra literaria, política y
cívica. Una de las claves de su vida.
 La de Mario Vargas Llosa es un alma en permanente  vigilia
por la libertad, atenta a cualquier indicio de fatiga, de decaimiento o
de pereza en ella. Alerta siempre contra el totalitarismo y sus
caminos.
 Él vive, narra e imagina la gesta cotidiana de ser libre, toca así
la cumbre de la civilización, y por esa razón es para mí un gran
placer hacerle entrega de este premio.
 En su discurso de Estocolmo Mario ofrece testimonio de
muchas cosas y de muchas personas. Del Perú, de América Latina,
de la lectura. De París. De la familia como origen  y de la familia
como destino. De Patricia, de los hijos, de los nietos. Y también
ofrece testimonio de España y de los españoles.
 Mario es muchas cosas importantes, y entre ellas,  y de
manera destacada, está el ser “también” español. Se hizo español
sin dejar de ser otras muchas cosas.
 Primero español de Barcelona, a principios de los  años
setenta, “la ciudad –señala- donde había que estar para respirar el
anticipo de la libertad”.
 Luego, español que aplaude y abraza una transición política
modélica; a su juicio un hecho tan prodigioso como  los de las
novelas del realismo mágico.   Afirmó en Estocolmo que “la Transición española ha admirado
al mundo entero. Una experiencia emocionante y aleccionadora
vivida de muy cerca y a ratos desde dentro.”
 Esa España capaz de asombrar al mundo por su voluntad
democrática, de crear un orden de libertad que le abrió la puerta de
Europa ha sido siempre objeto de nuestra atención académica y de
nuestro compromiso político.
 De nuevo,  debemos  traer al presente el significado del pacto
constitucional en que se plasmó la Transición democrática.
Especialmente cuando se quiere extender la falsedad de un
supuesto fracaso histórico de España y se hace de esta falsedad la
coartada para la ruptura.
 El acuerdo democrático entre españoles significó la
integración respetuosa frente a las tensiones de disgregación;
significó el anhelo de convivencia frente a la ebullición fratricida;
significó el desacuerdo razonado frente a la lucha sectaria.
 Y todo eso nos ha hecho ser más libres, más prósperos, más
responsables de nuestro propio destino.
 Nada más alejado del fracaso que una Nación que en poco
más de tres décadas ha sabido hacer frente a la apertura de su
economía y a la transformación radical del Estado;
 Que se ha abierto al encuentro cultural y humano con  la
inmigración;
 Que ha combatido con la ley la agresión brutal del terrorismo;
 Que ha querido ser parte activa de un escenario internacional
tantas veces problemático y cambiante.
 Una nación que aun hoy, en medio de los sacrificios que
impone la situación económica, muestra la madurez que ha
exhibido en los momentos más difíciles de nuestra historia reciente
y que a algunos tanto desespera.
 Para comprender cabalmente la democracia hay que recordar
que democracia es poder, pero es también no poder.  Es tener derecho, pero es también no tenerlo.
 Democracia es habilitación y es límite; y ninguna habilitación
puede serlo para ignorar los límites.
 Porque más allá del derecho no está la libertad, está la tiranía.
 Por eso, no hay posibilidad alguna de invocar la democracia ni
cabe esperar su protección cuando se actúa fuera de las normas de
un Estado de derecho.
 Fue justo lo contrario, la capacidad de equilibrar derechos y
obligaciones, lo que permitió a España transitar a la democracia e
incorporarse al proyecto europeo.
 Y hoy quisiera recordar tres cosas, a mi juicio esenciales,
acerca de esa experiencia histórica, porque con frecuencia hay
quien trata de que se ignore la verdad, y no siempre sin éxito.
En primer lugar quiero recordar que, al menos
simbólicamente, una de las doce estrellas bordadas en la bandera
de Europa es española. Y no lo es por casualidad.
 Lo es porque los españoles supimos conquistar nuestra
libertad. Supimos hacer nuestra parte en la gran hazaña de la
civilización.
 Lo es porque en 1977 celebramos nuestras primeras
elecciones democráticas en muchos años, y porque así fue
reconocido por las instituciones europeas, que abrieron finalmente
el proceso para nuestra adhesión.
 Lo es porque hicimos una Constitución de todos.
 Y lo es porque en 1986 pasamos a formar parte como
miembro de pleno derecho de un proceso que busca la unión cada
vez más estrecha entre los pueblos de Europa, según sigue
afirmando el artículo primero del Tratado de la Unión Europea.
 Tratado que desde su Preámbulo reitera su compromiso con
el Estado de derecho y destaca la importancia histórica de poner fin
a las divisiones en el continente.
   Un proceso europeo que nació explícitamente frente a todo lo
que el nacionalismo evoca de destructivo en la historia de Europa, y
que por ello acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz.
 España ha recibido también ese premio. Como nación capaz
de asumir su propia reconciliación y de regirse por los principios de
la democracia liberal;
 Como Estado miembro de la Unión Europea desde hace
muchos años;
 Como parte en la redacción y en la aprobación de los
principales tratados europeos de las últimas décadas y como país
fundador del euro.
 Es, por tanto, una idea desmentida por los hechos la de que
existe un acoplamiento natural entre el nacionalismo y el
europeísmo. Nacionalismo y europeísmo son en realidad conceptos
opuestos.
 El acoplamiento se produjo ya hace mucho, y lo fue entre el
europeísmo y el constitucionalismo español.
 La Constitución fue nuestra puerta de entrada a Europa.
Romper con la Constitución es, para quien lo haga,  la puerta de
salida de Europa.
 El problema del nacionalismo no es solo con España ni es
solo con la Constitución española, su problema es con el Estado de
derecho, con la sociedad abierta, con la diversidad, con la
globalización.  
En segundo lugar, estamos hoy ante una trampa dialéctica
que consiste en afirmar que quienes defendemos la Constitución
defendemos un texto escrito a nuestro capricho. Un  texto que
respondería a nuestras propias opiniones y a nuestros propios
deseos.
 Se falsifica la historia a conciencia para tratar de sostener ese
engaño, con el agravante de que se falsea una historia que los
nacionalistas conocen bien porque han sido parte de ella, y parte
importante, además.   Quiero recordar que defender el pacto constitucional no es
defender lo que a uno le gustaría que fueran las cosas.
 Defender la Constitución es defender un ámbito de encuentro
al que se decidió llegar para hacer posible la convivencia, y ese es
precisamente el mérito de quienes lo defendemos: defendemos un
acuerdo alcanzado por consenso y por tanto un acuerdo que es
fruto de renunciar a muchas cosas importantes.
 Eso es lo que aprendimos de nuestra historia; esa enseñanza
es la que supimos llevar a nuestra Constitución en  1978, a
diferencia de lo que ocurrió en los años treinta.
 A estas alturas, me parece ya bastante claro que el coste en
términos de bienestar y de racionalidad jurídica y  económica del
deslizamiento de nuestro modelo territorial, es, sencillamente,
insostenible.
 Lo mínimo que se podía esperar a cambio del pacto histórico,
complejo y costoso, era lealtad al consenso. Pero lo que hemos
obtenido ha sido deslealtad con la democracia y con la ley. Llámese
deslizamiento, o centrifugación, o desarticulación.  
 Hasta el punto de que bajo amenazas de todo tipo –y vemos
que literalmente son de todo tipo- el nacionalismo  pretende ahora
romper los términos del acuerdo democrático para buscar la
secesión y el conflicto.
 Un nacionalismo que al mismo tiempo que exige mejorar su
posición deja claro que no respetará los compromisos a los que se
pueda llegar, y que considerará cualquier acuerdo como una gran
disposición transitoria sujeta a lo que  pueda convenir a su capricho.
 Se amenaza al Estado con internacionalizar un supuesto
“conflicto” llevándolo a no se sabe qué instancia internacional;
 Se chantajea con la utilización de un cuerpo armado
autonómico en un proceso secesionista;
 Se insiste en contraponer la legalidad constitucional a la
democracia, como si esa legalidad no procediera de  las
instituciones legítimas de representación y de la decisión
constituyente de la nación como único sujeto de soberanía.  Y todo esto lo hacen quienes exigen ser reconocidos como
“moderados”.
 Yo no participé en la Guerra de Sucesión junto a los leales a
Felipe V. Ni yo ni ninguno de los españoles –muy en primer término
catalanes- que con la Constitución, y gracias a ella, han llevado a
Cataluña la mayor autonomía de su historia, sin comparación
posible.
 He dedicado toda mi vida política a colaborar en la
construcción de un proyecto nacional y democrático.
 Un proyecto anclado firmemente en los valores
constitucionales, animado por el espíritu de la Transición que nos
devolvió a la convivencia en libertad. Abierto a la pluralidad y
convencido también de que lo común, lo que nos une, es más que
la suma de las partes.
 Muchos hemos compartido esa gran tarea. La credibilidad y la
solidez de ese proyecto han merecido la confianza mayoritaria de
los españoles.
 Pero hoy vuelve a ser puesto a prueba por una crisis
económica profunda y por una crisis política provocada por los que
jalean el desgarro, por los oficiantes de la ruptura. Por los que han
decidido dar una patada al tablero y pretenden además que eso
forme parte del juego.
 No hay duda de que forma parte del suyo.
 Ese proyecto político compartido e inequívocamente
mayoritario lo es ahora de gobierno.  
 Protegerlo es la responsabilidad de este tiempo: garantizar la
integridad de los principios constitucionales, articular voluntades a
favor de la convivencia. Preservar los derechos de  todos los
ciudadanos, ser un eslabón sólido en la continuidad histórica de
España.
 
 Reitero lo que he dicho ya en alguna ocasión: España no se
va a romper. Y añado, para los que juegan irresponsablemente con
las cosas importantes, que España sólo podría romperse si Cataluña sufriera antes su propia ruptura como sociedad, como
cultura y como tradición.
 Cataluña no podrá permanecer unida si no permanece
española.
 Quien piense que sólo está en juego la unidad de España se
equivoca. Antes de eso, está en juego la integridad de Cataluña.
 A lo largo de nuestra historia, el nacionalismo ha planteado un
desafío recurrente precisamente en los momentos de  arraigo
democrático español. No es casualidad.
 Y ahora, una vez más, pretende transferirnos la carga de la
prueba interpelándonos con un “¿qué hay de malo en la ruptura?”.
 Pero la cuestión en realidad es bien distinta. Es  el
nacionalismo el que debe responder a la pregunta de “qué hay de
bueno en la ruptura”. Qué hay de bueno en ella y para cuántos.
 La España constitucional no necesita responder en hipótesis a
esta pregunta, porque puede mostrar un rendimiento  integrador
real. Hay mucho de bueno en ella y lo hay para todos.
 
 Se han hecho grandes esfuerzos por incluir en el acuerdo a
todos, incluso a quienes más exigen y menos están dispuestos a
ofrecer.
 Pero ya que el nacionalismo nos ha dejado claro lo que
podemos esperar de él hagamos lo que hagamos, quizás haya
llegado el momento de abordar una reforma que nos permita tener
un Estado más ordenado, más eficiente, más justo.
 Un Estado que asegure nuestro bienestar, que nos dé
mejores servicios y que fortalezca una sociedad de oportunidades
para todos los españoles.
 El pacto constitucional sigue vigente, no se rompe sólo porque
alguien lo diga, y sólo puede cambiarse mediante los
procedimientos previstos.
 Como he tenido oportunidad de afirmar hace unos días,
recordando la Constitución de Cádiz, España no es una nación identitaria o nacionalista; es una nación plural, compleja e
incluyente. La voluntad permanente, yo diría que fundacional, del
Estado democrático por integrar a todos define buena parte de la
trayectoria política desde la Constitución.
 Pero ese esfuerzo integrador tiene que ser un factor de
fortaleza y de confianza, no un factor de debilidad ni un motivo de
frustración. Eso está ocurriendo y, en mi opinión,  es necesario
terminar con el debilitamiento y con la frustración.
 Asumir las exigencias recíprocas del consenso y de la
convivencia, sí; asumir el precio de la deslealtad, no. La deslealtad
debe pagarla quien es desleal.
 Es indispensable reconstruir desde su base un proyecto
nacional real que nos devuelva al camino del progreso. Un proyecto
político, que es donde se apoya todo lo demás.
 Hay que reformar nuestro modelo para reafirmar los principios
de la España constitucional;
 Reformar para reafirmar la igualdad de todos los españoles
independientemente de dónde nacen o de dónde viven;
 Reformar para reafirmar la libertad de todos y cada uno de
nosotros frente a los chantajes, las imposiciones y las maniobras de
exclusión;
 Reformar para reafirmar la supremacía de la ley como garante
de nuestros derechos y como baluarte frente al totalitarismo;
 Reformar para reafirmar la solidaridad entre españoles, para
que nadie quede al margen del progreso y de las oportunidades.
 En definitiva, hay que reformar para reafirmar los fundamentos
de una España fuerte y moderna, que no renuncia a sí misma ni a
ser una de las mejores democracias del mundo. Ya hemos
demostrado que podemos serlo.
Finalmente, en tercer lugar quiero recordar que la
Constitución y sus efectos de todo orden, por ejemplo en materia
fiscal y de solidaridad, nacen de un acuerdo entre  ciudadanos
españoles, no entre territorios de España.   Cualquier propuesta que pretenda sustituir derechos de
ciudadanía por derechos territoriales o históricos  al margen de la
legitimación constitucional es, lisa y llanamente, incompatible con la
soberanía nacional.
 Soberanía que sigue residiendo en el pueblo español, del que
emanan y emanarán siempre y en todo caso los poderes del
Estado.
 Todo el Estado –insisto, todo el Estado- está al servicio de la
nación, es creación de la nación y a ella, y sólo a ella, sirve; por ella
y sólo por ella se justifica su existencia.
 Cualquier fórmula federal, confederal, o del tipo que sea, que
pretenda o requiera la quiebra de la soberanía nacional es inviable.
 La hacen inviable e indeseable la realidad de la nación
española y la determinación de la inmensa mayoría en la que, sin
duda, me incluyo.
 La continuidad histórica de España depende de nosotros. De
nuestro anhelo de convivencia, de nuestro compromiso con la
libertad y de nuestra capacidad de convocatoria y de liderazgo.
 No podemos hacer dejación de España. No debemos hacerla.
 Debemos creer en España más de lo que nadie pueda llegar a
descreer de ella.
 Debemos hacer por España más de lo que nadie pueda llegar
a hacer contra ella. Porque España significa libertad, significa
nuestra libertad.
 La hazaña de la  libertad se logra ejerciéndola con naturalidad
y determinación, sin ceder nunca frente a sus enemigos. Sin
aceptar transacciones que la disminuyan. Como lo han hecho
durante todos estos años con valentía y ponderación las víctimas
del terrorismo. Nadie mejor que ellas sabe lo más importante, que
España es libertad, nuestra libertad.  Estoy seguro de que en esta tarea de hacer de la libertad
nuestra hazaña personal y diaria el ejemplo de Mario Vargas Llosa
nos va a ser siempre de gran ayuda.
 Por eso lo leemos, por eso lo honramos, por eso lo
aplaudimos. Por eso le otorgamos este IV Premio FAES de la
Libertad”.

17 comentarios:

  1. "La Constitución fue nuestra puerta de entrada a Europa."

    Y es que, como todo el mundo sabe, el Camino de Santiago está en Asia.

    (Comento sólo esta frase ya que es la única que he leído pues ha sido donde se ha parado la pantalla. Con tiempo, leeré entero el discurso, pero de momento... sí, pero no..., no sé...)

    Un saludo.

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    1. Efectivamente Posodo, es un latiguillo muy común y muy porculero entre los políticos españoles afirmar que estamos en Uropa, gracias a que hicimos la Constitución, la santa Transición, etc. Obviamente, creo, el marido de Ana, el SuperJosé, se refiere a que la Constitución fue nuestra puerta de entrada a la Europa política, la UE, antes llamada la CEE.

      No obstante, manda huevos, que diría un ex ministro de Aznar, que nosotros, los españoles, que hemos sido los que más sangre, sudor y lágrimas hemos aportado para el mantenimiento de la causa europea y de occidente tengamos que llamar a la puerta, como pidiendo permiso, para entrar en ese club.

      Nosotros somos Europa, que nadie tenga dudas, y sin España y sus héroes que dieron la vida por la libertad y la cruz, este invento en decadencia, que es Europa, no existiría.

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    2. Mucha culpa de ello la ha tenido la maldita "leyenda negra", que se ha cernido sobre nuestras pobres cabezas y de la que, gracias a algunas "mentes privilegiadas", aún no nos hemos librado. La izquierda actual se ha encargado de hacer el resto.

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    3. España es más Europa que Finlandia, España es más Europa que Inglaterra, más Europa que media Europa y que la mayoría de paisitos higiénicos, educados y aburridos que forman ese decadente club llamado Unión Europea. Sin la intervención española contra la morería en Lepanto o a las puertas de Viena, la lengua oficial de Europa hoy sería el árabe. Sin la potente intervención del reino de España a la llamada de los Estados Pontificios contra el Islam -la Cruz, siempre la Cruz-, la revolución francesa hubiese sido una quimera, un sueño roto, la evolución, una sangría y los derechos de la mujer, una utopía difícil de creer y crear. Esto deben saberlo los progres, los izquierdistas, los odiadores profesionales de España y los resabios que recelan del papel de España en la Historia. Somos una de la tres grandes naciones por cultura de la Tierra, y quizás, teniendo claro esta premisa, podamos levantar otra vez el vuelo como Dios manda.

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    4. ¡Ele! ¡Si señor! Estos ánimos y ganas de comerse el mundo es lo que está haciendo falta aqui. La España actual parece una guardería.

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    5. "...su voluntad democrática, de crear un orden de libertad..."

      Mucha voluntad no se ha visto, qué quiere que le diga. Ese orden de libertad ha estado, y está, bastante cojito.
      No lo han disfrutado en el País Vasco, y no del todo en Cataluña.
      En otro orden de cosas, no lo han podido disfrutar los empresarios, pequeños sobre todo, a los que se les agobia con prohibiciones, reglamentos excesivos y competencia desleal por parte de un estado desmesurado y acopiador de prebendas y privilegios sin fin.
      Ese ansiado, más que real, orden de libertad, aún no se ha hecho palpable a los españoles. Estamos en un país excesivamente regulado, encorsetado y prohibicionista. Y así nos sigue yendo. Los bilduetarras en el poder, los sindicatos manejando el control de los convenios colectivos y, por tanto, la libertad de los trabajadores para decidir por si mismos sobre "sus" condiciones laborales y el paro escalando hasta cotas hasta ahora inimaginables.
      Nos queda un larguísimo camino por recorrer.

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    6. JO, Gaugamela, si sigue usted así, al final hará que quite del blog el discurso de Jose Mari. ;-)

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    7. No, plis. No se acelere. Es un buen discurso, pero ya le dije que, en mí opinión, era algo voluntarista. En tales ocasiones se agradece la mesura y el control de los posibles arrebatos pasionales. Pero sólo es mi opinión, tan rebatible como cualquier otra.

      Hay, ya le dije, tema para charlar un rato.
      Con todo y eso el discurso es bastante bueno.

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    8. Para mi la frase fetén fetén, en la que descansa todo el discurso, es esta:

      "Todo el Estado –insisto, todo el Estado- está al servicio de la nación, es creación de la nación y a ella, y sólo a ella, sirve; por ella y sólo por ella se justifica su existencia."

      Insisto, teniendo esta idea clara; el conceptúo Nación/Estado, y Aznar lo tiene meridianamente claro, uno descansa mejor. No sé, como más tranquilo.

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  2. Los pelos como escarpias se me han puesto.
    Este discurso da para mil conversaciones, don Bate, y, aunque en algunos párrafos, lo veo un pelín voluntarista, en términos generales es de una contundencia extraordinaria.
    Felicidades por traerlo.

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    1. "Este discurso da para mil conversaciones", pues al ataque, Doña Gaugamela.

      Esperamos sus comentarios, mis seguidores, que son legiones, y yo, como agua de mayo.

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    2. No se me emocione, don Bate, que yo no soy nadie para meterme en muchos jardines, y esa "legión de seguidores" puede acabar desertando.

      Primer pero al discurso:
      Me subleva el uso y abuso de la expresión "América Latina". Es América Hispana o Hispanoamérica. El afán de diluir la aventura del Descubrimiento para que su protagonismo no recayera en sus naturales (valga la redundancia) protagonistas, ha perdurado hasta nuestros días e incluso nuestro "ex" se permite su uso. Pues no. No es América Latina.Ningún otro "país", "estado", del área de influencia del antiguo imperio romano, tuvo nada que ver en semejante gesta.
      Pero, claro, somos tan sumamente acomplejados, que nos mencionan "las masacres" que la colonización española llevó a cabo en aquellas lejanas tierras y nos escondemos antes de rebatir cualquier argumento. Y así nos ha ido.

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    3. "El acuerdo democrático entre españoles significó la integración respetuosa frente a las tensiones de disgregación".

      Durante la dictadura esas tensiones de disgregación no se dejaron ver demasiado, al menos en Cataluña. Yo diría que "el abuelo" les tenía bien mimados y surtidos para que no dieran la lata.
      Pero llega la Transición y el mal latente durante décadas se cierra en falso. No creo que la Transición integrara nada ni a nadie, porque no había dispersión por ningún sitio. Si había tensiones, claro, cómo no, se había abierto la puerta a la tiranía de los nacionalismos, dormida durante años, y, como el miedo es libre, para no dar lugar a una posible disgregación, entonces se cedió. No se integró, nos bajamos los pantalones por miedo a una rabieta de niño consentido.
      Y así nos ha ido.

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    4. A mi también me subleva el uso y abuso de la expresión "América Latina". Expresión nada inocente, con una carga política que cada vez que escucho a alguien soltarla, me acuerdo de sus ancestros.

      ¿Pero usted se imagina, Gaugamela, que si en vez de españoles llegan a ser los ingleses o lo franchutes los que llevan a cabo la gesta colombina se iban a dejar birlar la procedencia y el título de la región? Ni de coña.

      Esta es otra más de las infinitas señales que seguimos mandamos al mundo: No se preocupen, los complejos nos siguen aplastando.

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  3. Pues que bien. Que justifique, don José María porqué liquidó a Vidal Cuadras.

    Como dice el poema del Mío Cid con el lamento:
    "¡Oh Dios, qué buen vasallo si oviese buen Señor! " Mio Çid.


    Aquí una que te lee y responde.

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  4. Hola Eleonora, me encanta verte por aquí, sales guapísima en la foto.

    Pues lleva toda la razón, más razón que un santo. Ahora bien, querida, yo necesito en estas horas bajas por las que declina la nación, discursos claros, contundentes y bravos que me levanten el ánimo, que me levanten del muermo que me ahoga y -de paso- acojonen a esos nazis.

    Necesitamos como el comer, que salgan a la palestra voces que vayan contra la corriente suicida que nos ahoga.

    Sigue por aquí, no te pierdas

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  5. Aaay, caro amigo, necesitamos alguien que tenga amor a su país, que tenga preparación y que tenga claro que España no puede seguir así porque está dando ya el último aliento. Alguien que recupere el control de las transferencias y la educación empiece a reparar el desvarío de tanto profesorcito de izquierdas que les ha encantado destrozar la idea de amor a nuestro país.
    Esto nos hace falta, amigo Bate.

    Os leo a todos y me da una pena tremenda, porque os entiendo, os comprendo y me identifico, pero soy muy pesimista con la que está cayendo.
    Sólo eso amigo mío, y no es hacer crítica destructiva, es que no entiendo como pude votar a Rajoy pensando que pondría orden y vamos directamente al matadero.

    Un abrazo, amigo.

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