lunes, 24 de septiembre de 2012

Notas, libros, citas...



Como ya dijimos hace un par de entradas,  estos días de septiembre declinante  me entretengo buceando, y sin escafandra (un pequeño inciso: la palabra escafandra,del francés scaphandre y este del griego skaphe (barca) y andros (hombre), fue utilizada por primera vez en 1775 por el Abad francés Jean-Baptiste de La Chapelle, al que sus hermanos de la congregación, cariñosamente, además de con el colmillito inflamado de amor, todo hay que decirlo, apodaban “el escafandra” por su desmesurada afición a meterse en todos los fregaos que desgraciadamente salpicaban la abadía.), por las tórridas y turbulentas páginas de El fantasma de Harlot, obra magistral, definitiva, del incombustible Norman Mailer. ¿Qué porqué se me hace agotadora su lectura?, se preguntarán. Verán amigos, principalmente, debido al hecho de que en una sola parrafada marmórea de Mailer, uno encuentra frases grandiosas que por sí mismas podría justificar el feliz advenimiento de una nueva  novela, todo un acontecimiento literario, ¿no creen?. Algunas frases llegan a ser sentencias tan iluminadas, efectistas y morrocotudas que  las iré con el paso de los día memorizando en mi apolillada memoria de pez a la plancha vuelta y vuelta para cuando dé con una guapa señorita soltársela -la frase- de sopetón, así, como el que no quiere la cosa, sin profilácticos, "Escucha Mari": “... la abracé, y la besé con esa mezcla de amor y desesperación que es la única fuerza que puede encender la fría maquina del matrimonio cuando se ha perdido la pasión”. Y la Mari, que  cae rendida a mis brazos.





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