martes, 27 de marzo de 2012

Desesparanza

Sé por experiencia que Dios no da piedras a los hijos que le piden pan ni desanimo a los que ruegan esperanza. Con estas palabras, uno trata de encerrar y mostrar a la vez la enseñanza religiosa que ha logrado atesorar en estos dos últimos años, unos años, en el que la sequedad de espíritu me visitaron más de lo debido y a los que, sacando agallas de donde ya sólo quedaba temor, tuve que vestirme interiormente  con una cota de malla hecha con anillos de hierro y acero para hacerle frente -a la sequedad-. Es en estos dos frenéticos años, y a la vez fructíferos (el sufrimiento es una buena universidad donde lo que se aprende no se olvida fácilmente), cuando a lo lejos llegué a divisar el final: la desesperanza. He padecido en carne propia los efectos de una tensa amargura que no lograba disolverse en el tiempo. Aún hoy, esta terrible -por pelmaza- compañera, perfila sombras en ciertas partes oscuras de mi corazón.

Me aferro al Salmo 23, y oigan, mano de santo. Se me vuelan las más malas y conspicuas señales que abotargan la vista.


1 comentario:

  1. «Aunque pase por un valle tenebroso,
    ningún mal temeré,
    porque Tú estás conmigo.»

    ¡Cuánta verdad!

    Un saludo.

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.