domingo, 19 de febrero de 2012

¿Por qué no podemos dejar de llamarnos cristianos?


Cristina Cifuentes, flamante delegada del gobierno en Madrid, ha pedido -ella sabrá porqué- que el Partido Popular sea coherente ¿? con sus planteamientos en política social, y quite de su definición institucional el término “cristiano”. A mi me parece genial que lo hagan, es más, ya están tardando sus señorías en hacerlo, carajo. Para más inri, hoy mismo, su vicesecretario de Comunicación, Gonzalez Pons, ha declarado solemnemente, como es su estilo, que para el partido, «el apelativo ‘cristiano’ no tiene connotación religiosa» (tal vez para él y su partido el apelativo “cristiano” solamente tenga a estas alturas del relativismo connotaciones futbolísticas, no me ha quedado claro… Qué patéticos son estos tipos). Leyendo estas cositas de los nuevos laicistas y progresistas peperos me acuerdo de un texto luminoso de Benedetto Croce, ¿Por qué no podemos dejar de llamarnos cristianos?:


El cristianismo ha sido la mayor revolución que la Humanidad haya realizado jamás; tan grande, tan incluyente y tan profunda, tan rica en consecuencias, tan inesperada e irresistible en su concreción, que no sorprende que haya aparecido o pueda aún aparecer como un milagro, una revelación desde lo alto, una intervención directa de Dios en las cosas humanas, que de Él han recibido leyes y orientaciones completamente nuevas. Ninguna revolución, ni ninguno de los grandes descubrimientos que han marcado un hito en la historia humana admiten comparación con el cristianismo, y frente a él resultan particulares y limitados. Ninguna revolución, incluyendo las que hizo Grecia en la poesía, en el arte, en la filosofía, en la libertad política, y Roma en el Derecho; por no hablar de las más remotas de la escritura, de la matemática, de la ciencia astronómica, de la Medicina y de todo lo que debemos a Oriente y a Egipto; y las revoluciones y los descubrimientos que siguieron en los tiempos modernos, puesto que no fueron particulares y limitados como sus precedentes antiguos, sino que afectaron a todo el hombre, al alma misma del hombre, no pueden pensarse sin la revolución cristiana, en relación de dependencia respecto a ella, a la que corresponde la primacía, porque el impulso originario fue y sigue siendo el suyo. (…) La razón de esto es que la revolución cristiana actuó en el centro del alma, en la conciencia moral y, al destacar lo íntimo y lo propio de dicha conciencia, casi pareció que le proporcionaba una nueva virtud, una nueva cualidad espiritual, de la que hasta entonces carecía la Humanidad. Los hombres, los genios, los héroes que hubo antes del cristianismo realizaron acciones magníficas, obras bellísimas, y nos transmitieron un espléndido tesoro de formas, de pensamientos y de experiencias; pero en todos ellos se echa de menos ese acento propio que nos une y hermana, y que sólo el cristianismo supo dar a la vida humana.


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