miércoles, 27 de abril de 2011

Ana María Matute, en la entrega del premio Cervantes : “El que no inventa, no vive”

No puedo con esta mujer.

Un muerto

Azul Mahón M (Azul cobalto #0047AB 0 71 171 215° 100% 67%)

Miércoles, 27 de abril

ZULOAGA

-Zuloaga tiene momentos de gran pintor y momentos de pompier, un raro pompier que imita al Greco. Franco lo metería en los billetes de 500 pesetas.
DEL 98 A DON JUAN CARLOS / FRANCISCO UMBRAL

Ignacio Ruiz Quintano

¡A ver como coño se le explica a alguien esta música sin decirle que Dios existe!!!!!!

Freddy kempf toca Beethoven "Sonata Patetica"

Ciertamente, la trayectoria de Freddy me importa algo menos que un comino. Ahora, este movimiento no creo que lo supere nadie. Es posible que ni el mismo Freddy. Sé lo que digo.
Nadie, es nadie.
Al final reconozco que lo borda.

Poema Vida de José Hierro


A Paula Romero

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!»
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!»
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

De “Cuaderno de Nueva York” 1998



Antesdeayer fue mi cumpleaños cariño. Luz de vida, tesoro de Dios. Regalo



domingo, 24 de abril de 2011

Mahler -Sinfonía 2- (Resurreción)



La idea de la muerte siempre fue una de las obsesiones de Gustav Mahler (Kaliště, Bohemia, actualmente República Checa, 7 de julio de 1860 - Viena, 18 de mayo de 1911). Quizás porque ya a sus 16 años sus diez hermanos y hermanas ya habían fallecido.  Eso marca mogollón.

Aunque él siempre le da un tratamiento místico a esas muertes es una idea bastante recurrente en su obra: la vida, la juventud, la naturaleza y la muerte. Y de ahí no sale el pavo. La Sinfonía Resurrección nació como un Totenfeier (Ritos fúnebres), un poema sinfónico en un movimiento basado en el drama poético Dziady del poeta polaco Adam Mickiewicz, que Mahler terminó en 1888.

Cuando ya comenzaba a adquirir prestigio y estima como director de orquesta, presentó su obra al entonces eminente director Hans von Bülow, que tuvo una reacción sumamente desfavorable y la consideró antimusical. Profundamente desanimado, no obstante, nunca abandonó su obra y posteriormente regresó al movimiento agregando tres tiempos más a fines de 1893 - eran los cuatro primeros de la sinfonía que conocemos-. Dejó la obra por un tiempo, sintiendo que necesitaba un final.

En 1894, Hans von "el desfavorable" Bülow murió, y en el funeral, nuestro Mahler escuchó una musicalización de la oda Aufersteh'n (Resurrección) del poeta alemán Friedrich Gottlieb Klopstock. Aquello fue una revelación y decidió terminar su obra con su propia musicalización de dicho poema, al que efectuó algunas modificaciones.

Mahler diseñó un programa narrativo para la obra que reveló a varias de sus amistades. Sin embargo, no aprobó su difusión pública, aunque en la actualidad siempre se divulga en los programas de concierto. En este argumento, el primer movimiento representa un funeral y responde a preguntas tales como: "¿Hay vida después de la muerte?".  El segundo movimiento es un recuerdo de tiempos felices de la vida que se apagó. El tercer movimiento representa una completa pérdida de fe, y el considerar la vida como un sinsentido. En eso se resume la vida sin fe: en un desangelado y protéico sinsentido. El cuarto movimiento, probablemente, el más místico, musicalmente hablando, un lied, es el renacimiento de la fe ("Yo soy de Dios, y retornaré a Dios"- éste es el músico prodigioso que se enfrenta a su creador y humildemente dobla la cerviz), y el quinto movimiento, después del regreso de las dudas del tercero, y las preguntas del primero, termina con una realización del amor de Dios, y el reconocimiento, por tanto, de la vida después del fin (la resurrección).

Merece la pena llegar al quinto movimiento, la resurreción. Encontaremos una paz verdadera que pocas veces volveremos a sentir con ninguna otra música. Un climax al que Mahler era tan dado en su obra. T.W. Adorno resumía la música de Mahler con la desventurada frase que aplicaba al célebre adagietto de la Quinta Sinfonía: "sentimentalidad culinaría".

Cosas de genios.

 


























sábado, 23 de abril de 2011

Miserere Alistano. Semana Santa Zamora



Miserere Alistano culminando la noche del Miércoles Santo de Zamora. Hermandad de Penitencia “Capas pardas” del año 2000 en San Claudio de Olivares.

I
Ten mi Dios, mi bien, mi amor
Misericordia de mí,
Ya me ves postrado aquí,
Con penitente dolor:
Ponga fin a tu rigor
Una constante concordia,
Acábase la discordia,
Que causó el yerro común,
Y perdoname según,
Tu grande misericordia.

II
Y según la multitud
De tus dulces y adorables
Misericordias amables,
Sácame de esclavitud.
Ya me ofrezco a la virtud,
Y protesto a tu bondad,
Que con letras de verdad,
Caracteres de mi fe,
Yo tu amor escribiré,
Borra tú mi iniquidad.

III
Lávame más, buen Señor,
De mi iniquidad, porque
Aun lavado, yo no sé
que me asalta de temor,
Fuentes de mi Salvador,
Que habéis al mundo regado,
A mi corazón manchado,
Lavad en vuestras corrientes,
Y tú dueño de estas fuentes
Limpiame de mi pecado.

IV
Porque yo en mi desvario
Conozco mi iniquidad
Conozco que mi maldad
Atropelló a mi albedrio:
Que fue doble el yerro mio
Mire, ví, quise, caí
Fui sangriento, le ofendí
No puedo ocultarlo ya.
Conozco que siempre está
Mi pecado contra mí.

V
A ti sólo te ofendi,
Hice delante de ti,
El mal con que te agravié:
Lo confieso para que,
O bien me castigares,
O bien si me perdonares,
Te justifiques Señor,
En tus palabras de amor,
Y venzas cuando juzgares.

VI
Ya ves que en iniquidades
Fui concebido, Señor
¿Qué quieres de un pecador
Que se concibio en maldades?
Merezca ya tus piedades
Quien en culpa se formó;
Si esta hechura se quebró:
templa tus ojos airados,
Pues en males y en pecados
Mi madre que concibió

VII
Ya ves, ¡oh Dios de mis cultos,
Pues amaste la verdad,
Con cuanta sinceridad
Te confieso mis insultos
Tú los inciertos y ocultos
Arcanos que has reservado,
Allá en el seno sagrado,
De tu alta sabiduría,
Ciertos, claros como el dia
Me los has manifestado.

VIII
Me rociarás ¡oh! Bondad,
Con hisopos de tu sangre,
Hasta que en fin se desangre,
La vena de mi maldad.
Me limpiaré, y tu piedad,
Si sobre mí se conmueve,
Y el sacro rocío llueve,
Me lacarás y seré,
Puro, limpio quedaré,
Y blanco más que la nieve.

IX
A mi oido le darás
Un gran gozo y alegria,
Cuando oiga anunciar el dia,
En que me perdonaras,
Mis entrañas llenarás
De placer, escucharán
Tu voz y te cantaran
Himnos a ti consagrados,
Y mis huesos humillados
De contento saltarán.

X
Aparta tu rostro ya
De mis pecados y mira,
Que tu dulce vida expira
Por mi, que por mi se da,
Tu sangre pidiendo está,
El perdón de mis maldades,
Y para que a tus piedades,
Veloz mi espíritu harás,
Destruye, consume y borra
Todas mis iniquidades.

XI
Un corazón limpio haría,
!oh Dios! En mi pecho ímpuro,
Rompe este corazón duro,
Derrite esta nieve fria.
¡Ah! engañosa pasión mia,
¡cuán blancamente me engañas!
Tú Señor, que a nadie engañas,
Dame un casto y dulce acento,
Y un noble espirítu recto,
Renueva tú en mis entrañas.

XII
No me arrojes enojado
De tu presencia, Señor
Que esta hechura, tu dolor
Y tu sangre te ha costado.
Perdí a Dios, dejé a mi amado,
Y pues que yo te perdí,
Deja que se anegue aquí,
Mi culpa en un mar de llanto,
Más a tu espiritu santo,
No lo retires de mí.

XIII
Vuélveme ya la alegría
De tu salud que he perdido,
Y volvera a su camino,
Y placer, el alma mia,
Venga ya el alegre dia,
Que ponga fin a mi mal,
Y con la gracia final,
Confirmarme en tu afición
Con un noble corazón,
Y espiritu principal.

XIV
Yo mismo, enseñaré
A los malos tus caminos
De sus torpes desatinos,
Señor los apartaré:
Yo con tu luz guiaré
A los tristes hijos de Adán,
Ya que tan ciegos están
En los locos desvaríos,
De su error, y los limpios
A ti se convertirán

XV
Líbrame de sangre ajena,
¡oh Dios de mi salud!,
Yerros de mi juventud
Me han labrado esta cadena,
Cautivo el corazón pena,
Gime, llora y llorará:
Y el mundo todo sabrá
Que el mar de mis culpas mengua
Con lágrimas y mi lengua
Tu justicia cantará.

XVI
Señor abrirás mis labios,
Publicaran tus grandezas,
Y te volvere en finezas,
Cuanto te quite en agravios
Si para tus desagravios
Das aliento a mi esperanza,
Te entregaré sin tardanza,
Este corazón de roca,
Y agradecida mi boca,
Anunciará tu alabanza.

XVII
Por que si el hubiera querido,
Sacrificio ensangrentado,
Cierto que lo hubiera dado,
Para aplicarte ofendido,
Pero estoy bien advertido
Que el corazón miras más,
Y pues lágrimas me dás,
Lloro mis dias infaustos,
Buen Dios, que en los holocaustos,
Tú no te deleitarás

XVIII
Sacrificio es para Dios,
Un espiritu rendido.
Atribulado afligido,
Partido de pena en dos:
Confiado llego a Vos,
Resuelto a no pecar más,
Que un corazon que verás,
Ya contrito y humillado
Arrepentido enmendado
Mi Dios, no despreciaras.

XIX
Con benigna compasión,
Señor con dulce piedad,
Con tu buena voluntad,
Trata a la amada Sion:
Benigno tu corazón,
Acabe de hacer también
Que no tarde más mi bien,
Que se enjuaguen ya mis llantos,
Que se edifiquen los santos
Muros de Jerusalen

XX
Entonces aceptaras
De justicia el sacrificio,
Las oblaciones propicios,
Y los holocaustos más,
Entonces recogera
De montes, valles y cerros
Victimas que por sus yerros
Penitentes gemiran;
Entonces, Señor pondrán,
Sobre tu altar los becerrros.

La Sangre de Cristo


(Reproduzco mis reflexiones sobre la Pasión de Cristo al hilo del estreno de la película de Mel Gibson) por Aquilino Duque


La sangre de Cristo

Mis contactos con la enseñanza religiosa fueron efímeros y no puedo por tanto alardear de traumas psicológicos. Nunca supe en primera persona de ejercicios espirituales, por ejemplo. Una idea tengo, sin embargo, y esa idea me permite decir que, al ver la película La pasión de Cristo de Mel Gibson, tengo la impresión de haber hecho de una vez y a la vejez todos los ejercicios espirituales que tenía que haber hecho en la niñez y en la juventud. Esa película dista mucho de ser complaciente y va dirigida a los cristianos en general y a los católicos muy en particular. Yo entiendo que a muchos de ellos les moleste el que se les recuerde que ser cristiano no es tan fácil y que la Eucaristía es un banquete, sí, pero seguido de un sacrificio. Hace muchos años, siendo yo estudiante en Inglaterra, mi amigo el poeta José Luis Tejada me envió una epístola en tercetos en la que decía, en directa alusión al presunto ambiente religioso en que me suponía inmerso: “líbrete Dios del viento de poniente / y de la Biblia azul con mermelada”. Movido de algo más que de curiosidad, asistí a alguna misa anglicana, cuya liturgia me pareció más elaborada que la católica - corría el curso de 1954-55 – pero no podía saber hasta qué punto el sacrificio se eclipsaba ante el banquete. Esto no lo supe hasta muchos años después, a comienzos de los 70, y quien me lo enseñó fue el entonces P. Jesús Aguirre, en una discusión pública, que la policía trató de reventar, con el P. Venancio Marcos. El P. Aguirre, vestido de yé-yé, con blazer azul marino y pantalón de campana, le contrapuso al P. Marcos, vestido por lo menos de clergyman, la noción de la misa como banquete, que él propugnaba, frente al concepto tradicional de la misa como sacrificio. Ya entonces empezaba Occidente a invertir sus valores, y a esa inversión no escaparían las iglesias cristianas, de suerte que ha sido en templos anglicanos o episcopalianos en los que he vuelto a asistir a las misas tridentinas de mi niñez y mi juventud, mientras en las iglesias católicas, por precepto postconciliar, la mesa del banquete sustituía al ara del sacrificio.

En lo que al sacrificio se refiere, ha llegado a ser insoslayable el pensamiento de René Girard en el que justamente la Pasión de Cristo desempeña un papel fundamental. Y es que, según Girard, el Hijo del Hombre se constituye en víctima propiciatoria de una vez por todas, y es la evocación incruenta de ese sacrificio en la misa la que exime a la humanidad redimida de expiar sus pecados periódicamente en los cruentos rituales de las religiones primitivas. Hay quien sostiene que esto no es así, aun siguiendo el razonamiento de Girard, pero quien lo sostiene lo hace porque en primer lugar le niega a Cristo su condición de Mesías. Es triste en efecto que los hombres, incluso los que se tienen por cristianos, dejados de la mano de Dios, necesiten tener alguien que encarne todos los pecados de la época para odiarlo y exterminarlo si es posible. Antaño el judío, hoy el nazi, concitan el rechazo colectivo, por más que el nazi tenga ya sus antecedentes en el prusiano vencido de la Primera Guerra Mundial. El actor austriaco Eric von Stroheim hizo entonces carrera con el lema The man you would love to hate (“El hombre al que te encantaría odiar”). Dije bien “cristianos” y “dejados de la mano de Dios”, pues nadie que sea incapaz de dejar de odiar puede en justicia llamarse cristiano. La gran aportación del cristianismo es el perdón y es la caridad. El cristiano, para ser quien es y como es, no necesita o no necesitaría odiar al que no es como él o al que es todo lo contrario. El ateo, en cambio, tiene bula para odiar a quien esté de moda odiar, sea en los campos de fútbol o en las campañas electorales, y esa bula se la dio aquel personaje de Dostoyevski cuando dijo que si Dios no existe, todo está permitido. Dice con harta razón Francisco Bejarano que en la sociedad laica ya no hay pecadores, sino delincuentes. Un delincuente es un hombre que lleva a sus últimas consecuencias el precepto de la vida entendida como lucha permanente, sea de clases, de razas, de sexos, de intereses o de sucedáneos de la religión. El delincuente no tiene temor de Dios y tampoco debe de temer mucho a las leyes de una sociedad sin valores que proclama la neutralidad ética y se niega a distinguir entre el bien y el mal. Su mayor castigo es la impunidad de su transgresión, o lo difícil que le resulta que esa sociedad se dé por transgredida.

Uno de los méritos de Mel Gibson es el de haberse valido de la estética de esta sociedad dejada de la mano de Dios para devolverle la víctima expiatoria sin la que su vida carece de sentido, el Dios Hombre al que le encantaría odiar. Para ello se arriesga nada menos a que se le aplique aquel dicho antiguo de “a mal Cristo, mucha sangre” de nuestra imaginería barroca. Yo ví la película en vísperas de Semana Santa en un cine muy próximo al templo del Gran Poder, y hubo momentos en que me parecía estar contemplando la imagen de Juan de Mesa. La imaginería barroca no es muy complaciente, que digamos, y no nos sutiliza precisamente la muerte ni el sufrimiento, pero no por ello podemos decir que su Cristo sea un mal Cristo. Tampoco lo es uno que está en Colmar: el del Retablo de Issenheim, de Matías Grünewald, ante el que si quieren pueden meditar sobre la Pasión los europeos desmemoriados a quienes horroriza el film de Mel Gibson.


-Retablo de Issenheim, de Matías Grünewald-



Tomás Luis de Victoria - Incipit Oratio Jeremiae Prophetae




Lamentationes Jeremiae Prophetae
Lectio III, Sabbato Sancto.


Incipit Oratio Jeremiae Prophetae

Recordare, Domine, quid acciderit nobis:
intuere et respice opprobrium nostrum.
(Lamentations 5:1)

Haereditas nostra versa est ad alienos,
domus nostrae ad extraneos.
(Lamentations 5:2)

Pupilli facti sumus absque patre,
matres nostrae quasi viduae.
(Lamentations 5:3)

Aquam nostram pecunia bibimus;
ligna nostra pretio comparavimus.
(Lamentations 5:4)

Cervicibus nostris minabamur,
lassis non dabatur requies.
(Lamentations 5:5)

Jerusalem convertere ad Dominum Deum tuum.
(Hosca 14:1)




Comienzo de la Oración de Jeremías Profeta.

Recuerda, Señor, lo que nos ha pasado;
mira y fíjate en nuestras afrentas.
Nuestra heredad ha pasado a los bárbaros;
nuestra casa, a extranjeros;
hemos quedado huérfanos de padre
y nuestras madres han quedado viudas.
Tenemos que comprar el agua que bebemos
y pagar la leña que nos llevamos.
Nos empujan con un yugo al cuello,
nos fatigan sin darnos descanso.



Gadafi, nuestro amigo

por Salvador Sostre (¡Sí si, el mismo, el asustaviejas!...)


Aznar no dijo que Gadafi fuera su amigo, sino que durante muchos años había sido amigo de Occidente, lo que es absolutamente cierto. Un extravagante amigo de Occidente. También es cierto que Mubarak fue nuestro amigo, y no tan extravagante. Y Aznar dijo también que no comprendía demasiado la estrategia de ir a hacerles el juego a los islamistas en su intento de derrocar a estos líderes que, sin ser perfectos, son nuestros aliados en la lucha contra Al-Qaida.

Aznar tiene toda la razón del mundo y el buenismo socialdemócrata es un cáncer que siembra el caos y anula la libertad. Dejamos solos a los rebeldes iraníes que luchan contra el islamismo, y permitimos que el siniestro Ahmadineyad siga en el poder, y en cambio caemos en la trampa de los Hermanos Musulmanes y echamos a Mubarak, que siempre comprendió lo que había en juego y nunca se apartó ni un solo centímetro en su apoyo a Israel.

La tontería occidental es terrible y podría acabar cargándoselo todo. La paz es compleja y la estabilidad aún lo es más; y las mentes relativistas y simplistas que todo lo reducen a sus pancartas parecen no darse cuenta de los esfuerzos y las contradicciones que ha costado esta nuestra tranquilidad, la más duradera de todos los tiempos.

Linchar a Aznar se ha convertido en un deporte tristemente nacional, y estos excesos de sectarismo remiten a la izquierda más totalitaria y sanguinaria que sembró de terror todo aquello que tocó. Aznar ha sido el mejor presidente desde la recuperación de la democracia, y mientras los socialistas hacían y hacen el ridículo en Europa, siendo las chachas y las mantenidas de franceses y alemanes, él intentó la alianza con ingleses y americanos, que al final se truncó porque un tal Zapatero -¿quién ha sido?- ganó las elecciones.

Ahora somos los amigos de Cuba, por ejemplo. El avance ha sido total.

viernes, 22 de abril de 2011

Improperia

Ana María Matute: «La Biblia es un maravilloso libro de aventuras»


1 (ABC)
pablus
22.4.2011 18:33h.
Responder: PREFIERO EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

____________

La opinión que le merece a la escritora catalana la Biblia no me ha defraudado, es lo que espero de una señora que vive en su mundo fabuloso de hadas, gnomos y princesas de cuentos que esperan a su príncipe azul. No es la profundidad, ni el análisis religioso, lo que podemos destacar en la obra de esta buena señora, ni se dedica a ello. Ahora, ¿qué les parace el comentario del merluzo que he pescado en el ABC? (me gustaría haberle contestado in situ, pero en este falso ABC, esa cosa débil, tibia, obsesionada con mutarse en el paisanaje progresista, me tienen calado y no me dejan publicar allí mis ideas. Estoy censurado. ¡¡Dónde vamos a llegar!!).

El comentarista, que se ha querido hacer el gracioso y tiene la gracia en el culo,
como las avispas, como todo buen espécimen de estos días absurdos y falsos, ignora que toda la grandísima obra de John R. Tolkien está impregnada por un halo sobrenatural que va ligado a la profundísima influencia de su catolicismo, vivido plena y coherentemente por un gran hombre de cultura.
Que todas y cada unas de sus palabras, están revestidas por un único fin, el encuentro con la Verdad. Y que esa búsqueda constante de la a veces dolorosa verdad le nace de su amor por las Sagradas Escrituras.

Ésta era la salutación de los Elfos en la Tierra Media de J.R.R. Tolkien, expresión de agradecimiento y señal de venturosa alegría, en medio de la nostalgia…


Elen síla lúmenn’ omentielvo!
¡Una estrella brilla sobre la hora de nuestro encuentro!


Sí, sí, se trata curiosamente de la misma Estrella que iluminó esa bendita noche el portal de Belén. La misma que guió a los Reyes Magos en su camino hacía el Mesías. La que sigue guiando a los hombres que se abrazan a la Fe como última tabla de salvación en este diario naufragio.





jueves, 21 de abril de 2011

De nuestra propia carne

por Fernado García de Cortazar


SE trata de uno de los pasajes del Nuevo Testamento leído con más intensidad durante estos días, cada vez que se acumula un año en el acopio de siglos que han ido transcurriendo desde que Jesús de Nazaret fue denunciado, apresado, juzgado por las autoridades religiosas judías, conducido ante Poncio Pilatos, torturado salvajemente y llevado a la cruz. La narración es sobrecogedora en sí misma. Pero, para los creyentes, contiene el ritual de una conmemoración. La misma que demandó Jesús a sus discípulos en la Última Cena. Para los cristianos, se trata de un acto penitencial, una retribución por las culpas asumidas por el Hijo de Dios, hecho hombre para alcanzar mediante la Pasión la redención del género humano. Se trata de la gratitud a un acto de valor.

Porque Jesús de Nazaret necesitó, en los momentos de extrema tribulación en que acababa su breve existencia, dotarse de coraje, acusar la duda sobre su capacidad de soportar el dolor, ver si había forma de obtener el mismo resultado misericordioso sin enfrentarse a lo que conocía. Por ello el diálogo con Pilatos que Benedicto XVI ha recalcado en su biografía de Jesús resulta tan importante.

En aquel momento crucial, Jesucristo tomó una decisión que era el propio destino inculcado por Dios Padre, pero asumido por su Hijo en su tránsito terrenal. De no existir el sacrificio terrible, las palabras de Jesús serían banales, se reunirían con tantas promesas y lamentaciones proclamadas en Palestina desde hacía siglos. La reputación del testimonio debía alcanzar la estatura del ejemplo para completar la de los consejos. El Cristo salvador solo podía alcanzar su condición mediante un vía crucis atroz. Debía soportar las burlas, los escupitajos, la corona de espinas con la que la soldadesca imperial proclamaba su carácter de rey. Debía caminar, con las fuerzas desahuciadas por la sangría, cargando con el instrumento de su martirio. Debía convertirse en espectáculo de ocupantes y ocupados de aquella provincia del Estado más poderoso de la civilización hasta llegar al lugar en que esperaba ya la agonía, conocida por él desde el mismo momento de su Encarnación.

Sabemos cómo tuvo las fuerzas necesarias para articular las palabras de perdón con que solemnizaba y daba sentido a aquellos actos. Pero nunca sabremos cómo pesó el dolor de aquella infamia, cómo fue exactamente vivido por aquel hombre Hijo de Dios aquel espanto. En qué consistió la resignación de su espíritu al sufrimiento, la resistencia de su carne a la tortura, la aceptación plena vivida en una jornada sin fin. Todo ello será siempre un misterio para quienes lo conmemoramos.

Pero aquel hombre pensó durante todas aquellas horas en el devenir de la historia que se iniciaba entonces. Pensó en la posibilidad del repudio y la indiferencia de los hombres, dotados de libertad para elegir entre el bien y el mal. Pensó en la forma en que su sacrificio se frustraría tantas veces ante el espanto de la conducta humana y la agresividad de la malevolencia. La oportunidad dada a los seres humanos, por la propia libertad que les garantizaba, no excluía la decisión de cometer el mal. Quizá vio los cadáveres amontonados en la mugre pestilente del siglo XX, escuchó los gritos de los niños en los campos de exterminio, vio el inútil sufrimiento de los indigentes junto a los opulentos, de los que nada tienen frente a quienes nunca se sacian. No vaciló, a pesar de ello. La decisión estaba tomada: quedaba para los hombres la opción de elegir en el futuro. Y lo sorprendente es que aquello valiera para Jesús la pena de la atrocidad que iba a sufrir.

Debía padecerla para que sus seguidores la convirtieran en ejemplo, en testimonio de aquello que Jesús le indicó a Pilatos: iba a morir por la Verdad. «¿Qué es la Verdad?», preguntaba el astuto y oportunista gobernador, acostumbrado a los juegos indolentes de la política sin principios. Y la Verdad era el Reino. No el reino terrenal con el que fue ataviado grotescamente incluso en el martirio de la cruz, sino el espacio moral que se creaba en el momento en que empezaba la evangelización. Con el nacimiento de Jesús se inicia nuestra Era: no es una casualidad, cuando podría inaugurarse en 1492 o en 1789. A partir de Cristo, todos los hombres, fuera cual fuera su condición y el lugar en el que vivían, eran hermanos, iguales en valor, merecedores de idéntico respeto, portadores de la dignidad inaudita de ser materia inspirada por el mismo Dios y redimida con el más cruel de su autosacrificio. Y en esa creación de la unidad moral del género humano la historia se partía en dos, dejando atrás las religiones locales, los pueblos elegidos, y afirmando la estricta universalidad del mensaje cristiano. Una salvación voluntariamente hecha por el camino más difícil, que mostraba que, en la lucha contra la maldad y el descreimiento, siempre habría de ganar el reino de la Verdad. Sólo en esa Verdad el hombre pasaba a ser parte de una generalidad de seres unidos por un lazo común de principios morales cuya inspiración procedía de un sacrificio. La muerte de Jesús, de un Jesús de carne y hueso.

La gloria no se encuentra solo en la Resurrección, testimonio de la divinidad y de la perenne transmisión del mensaje a los discípulos. La gloria se encuentra en aquel hijo del carpintero que se atrevió a decirle a Pilatos que era rey, aunque de un reino que el escéptico gobernador no podía comprender. El del nacimiento de la unidad de la especie de la emancipación de todos los seres humanos hechos iguales desde entonces.

Dos mil años más tarde, sabemos que Jesús hizo lo que volvieron a hacer sus seguidores en los siguientes siglos: defender una Verdad tan elemental como intolerable para los Pilatos que se han ido sucediendo desde entonces. En la historia del cristianismo pueden encontrarse aspectos que nos avergüenzan por desviarse del sufrimiento de Jesús, aquel día, mientras defraudan la sangre derramada por quienes quisieron dar testimonio en su nombre a lo largo de la historia. Pero todos los actos morales que han contenido la dignidad esencial del hombre proceden desde entonces de aquella decisión inquebrantable de un hombre a solas ante Pilatos.

Nada que tenga que ver con la profunda unidad de los hombres en la libertad y la dignidad es ajeno a aquella terca defensa de la Verdad. Esa defensa no conducía a la muerte, aunque pasara por el suplicio. Conducía a la resurrección y a la vida. Conducía a arrancar del sopor monótono de una existencia sin sentido a las personas y a dotarlas de una conciencia de su libertad y de su esperanza de eternidad. Una y otra vez, en estos dos mil años, resuena la burlona pregunta del poderoso mercenario: «¿Qué es la Verdad?» Una y otra vez resuena la respuesta de Jesús, señalando el reino de Dios y su alcance moral para definir la condición del hombre sobre la Tierra. Si no sabemos su dolor aunque podamos imaginarlo, podemos imaginar también la dicha que rebosó en su corazón cuando todo se consumó, habiéndose cumplido la alianza que su sangre renovaba. Y, junto al dolor que llegó al paroxismo en aquel cuerpo aparentemente indefenso, se encontraba el júbilo del cuerpo místico que estaba creándose con ello. Junto a la unidad de los hombres y su caracterización en la libertad, la dignidad y la justicia realizadas desde su nacimiento, se encuentra ese pasaje de la Pasión, sufrida con la entereza del que se sabe portador de un mensaje fundacional y eterno. Sufrida por un cuerpo como el nuestro, un organismo capaz de matizar todas las formas del placer y del dolor. Sufrido por el Dios hecho hombre. De nuestra propia carne.

Gran Poder













"Me conocías antes de haberme formado. Tu Nombre está en mí, unido a mi corazón, encerrado en mis huesos".


Comienza a quebrar albores.
La imponente canastilla surge de un silencio sepulcral cargando un misterio hondo.
La claridad de la mañana acerca aun más el rostro cansado y austero de la imagen.
Un crujido doloroso y seco, acompaña el levantar del paso.
La tensión en la forma de andar de los costaleros forja, si cabe, más dramático el momento.
La gente se ciñe como nudos engarzados para que Jesús pueda ahondar su camino.
Cuatros siglos de callada penitencia contemplan este momento.
Y los vencejos, asustados, callan.
Una nube de prodigioso incienso penetra la luz.
Se acerca el paso racheado y la voz del capataz mandando..."Pararse ahí".
Cuántos siglos cargando la cruz, cuántas esperanzas sembrada a la sombra de tu dolor.
Te paras a mi lado, y un temblor frio recorre el alma.
Solo quiero hacerte saber que quiero cargar contigo la cruz que llevas, aunque exhausto caiga del peso.
Las seis de la mañana, y Jesús del Gran Poder, pasa ante mí.
Y se aleja como un barco henchido de amor, con un viento sagrado que nos deja un reguero de agua pura.
No hay agua más pura Señor, que la que sale de tu mirada.


miércoles, 20 de abril de 2011

¿Semana Santa progresista?


El pasado Domingo de Ramos, mientras esperaba entusiasmado la llegada del bellísimo palio de la Virgen de la Paz (la vi por San Gregorio) pensé que las hermandades en sus boletines cofradieros, tarde o temprano, tendrían que adaptar en el sacrosanto nombre de lo políticamente correcto que pringa cada uno de los rincones de esta sociedad, los títulos en su tratamiento: “Real, Ilustre y Antigua Hermandad y Cofradía de Nazarenos y Nazarenas del Cristo….”.

Hoy, un merluzo de Giralda TV, en la retransmisión que vienen realizando de la Semana Santa sevillana, lleva dando la tabarra todo la tarde con la estadísticas y el número de mujeres que forman parte del cuerpo de nazarenos: "De los 1.600 nazarenos que hacen estación de penitencia a la Catedral, son hermanas nazarenas, justamente la mitad", dice el nota como si hubiera descubierto el cobalto. Olvida el curioso periodista, como dice un compañero suyo, que "esto (la Semana de Pasión) no debería ser un espectáculo ni un carrusel de vanidades".

¿Y qué si son la mitad, un cuarto o el cuerpo entero, campeón? ¿A quién carajo le importa -si no eres una puñetera pervertida feminista que vives del cuento en alguna administración- el número de mujeres nazarenas que nutren una cofradía?. Los nazarenos (y las nazarenas, of course) llevan la cara cubierta por un antifaz básicamente, y entre otras razones, para preservar un anonimato que forma parte intrínseca de la penitencia que se realiza. Se reza, se pide y se cumple la promesa en la intimidad, con Dios. Y en ese anonimato, donde nos hacemos invisibles a los ojos humanos, uno (y una), intenta encontrar el camino mas corto que le lleve a sentir Su presencia. Eso es al menos lo que yo siempre he buscado cuando he salido de nazareno.

En fin, que no me sorprendería lo más mínimo que dentro de poco, un par de años, mediante alguna norma o decreto del ministerio de turno obligasen a las hermandades y cofradías, por ley, civil o militar, a llevar un número de mujeres nazarenas en las cofradías con el que respetar la cuota femenina establecida por el Gran Hermano que todo lo sabe y lo observa. Hablo en serio, que conste. Peores aberraciones llevamos ya vistas.

¿Y qué creen que harían ante esta intolerable intromición el heroico mundo cofradiero que se negó hace un par de años a firmar un documento donde se condenaba la terrible política abortistas que se trae este criminal y corrupto gobierno? Me juego que nada. Tragar, como siempre.

Esto, la Semana Santa que yo conocí de niño, se me escapa entre las manos. Cada vez soporto menos ciertos tics y cierta prensa especializada en asuntos capiroteros obsesionada con "adaptarse" a los nuevos -y malos- tiempos.

Pildorazo musical del día

Ligeti -Artikulation-


Progresista de pata negra (perdón, subsahariana)

7 ana 20 Abril 11 - 09:54

"y habla d guerra con la guerra q nos metio aznar a matar inocentes sin contar con nadie solo para hacerle la pelota a su amigo bush q luego le dejo tirao, y gracias esa guerra de inocentes pusieron las bombas en los trenes d madrid y murieron mucha gente. y ahora habla d guerra, franco si q asesno a millones d españoles y la iglesia fue complice de la matanza q vendecian a los soldados q iban a fusilar a los republicanos q luchaban por la libertad y franco con los brazos d santas en su casa porq s los daba la iglesia q hacia lo q qeria con ella y le ponian un toldo com si fuese un santo y los curas q solo saben abusar sesualmente d niños"

martes, 19 de abril de 2011

Luz de piedra





Pildorazo musical del día

Schola Gregoriana Mediolanensis

-BEATI MUNDO CORDE-



Un perturbado provoca un incendio en la Sagrada Familia


El titular es del ABC.

Y yo me pregunto: ¿un perturbado? ¿y cómo lo saben? ¿ya le han hecho un chequeo médico al angelito del mechero...?. Es increíble las ganas que tienen algunos de mirar para otro lado para no enfrentarse con la verdad. Y esa verdad dice que llevan mucho tiempo sembrado de odio y rencor a parte de la sociedad para enfrentarla con la Iglesia.
Y todos sabemos de dónde parte esa miserable orden. Así que menos perturbado.., que se habéis lucido con el titular y con vuestra tradicional tibieza de gente acomplejada y cobarde. Y si así titula el monárquico y tradicionalista (por los cojones) ABC, supongo que para el Pravda (antes llamado El País) o el panfleto ese del multimillonario marxista, el pobre perturbado es un ser manso e inocente que pasaba por allí de refilón. Qué casualidad que a ningún perturbado le de nunca por quemar o profanar una mezquita. Mira que lo tienen fácil, y más en Cataluña, donde las mezquitas florecen como el azahar en la primavera. Pues no, oye, que la tienen tomada con la Iglesia, que como todo el mundo sabe es la encargada en la sombra de ahorcar a los homsexuales y lapidar a las mujeres adúlteras en los paraisos islámicos.
Maldita cobardía la de esta jiliprogre e hipócrita Izquierda.

Como bien dice MariscalZhukov en el blog de Santiago González:

Nadie va a ser tan canalla fascista como para siquiera sugerir que el hecho de que un perturbado haya entrado en la cripta de l aSagrada Familia para incendiarla tenga nada que ver con los comentarios del sosegado Gregorio Peces Barba que recomienda “palo” a los católicos porque es el único lenguaje que entiende esa puñetera secta de inquisidores vaticanistas. Pero desde aquí, desde una Lima por cierto cuajada de maravillosos testimonios de la cruel religión que trajo España a estos lares, me pregunto cómo es posible que en 75 años no hubiera ningún perturbado que tuviera la ocurrencia de entrar allí para hacer justicia. ¿Cómo es posible que ahora nos demos cuenta de que hemos adolecido de semejante escasez de perturbados durante tanto tiempo? ¿Será que estos camino de corregir esta carencia?


¿También debemos llamar perturbados a los que masacran cristianos?
Tampoco esperen del cardenal progresista de Barcelona que condene el criminal acto. Si no es capaz de excomulgar al cura de su diocesis que paga abortos, qué se va a esperar de este pájaro.
Recordemos las proféticas palabras de Pablo VI cuando dijo que el "“humo de satanás” había infiltrado la Iglesia Católica".

Verdadera Luz


Antes -y cuando digo antes, me refiero a los años de mi niñez- en los días de tormentas y lluvias, la luz se iba en mi casa con la misma facilidad que una croqueta de bacalao en una noche de vigilia, sin avisar.

Dejemoslo en que la antigua Sevillana -actual Endesa- se desbordaba en los días de invierno (en Sevilla también hace frío, no se crean) y terminaban echando humo sus magníficas instalaciones con los consiguientes apagones en las casas.

Para mi el día que nos quedábamos sin luz, eran una auténtica fiesta, una aventura digna de Salgari, un jolgorio familiar. Era la hora de sacar el brasero de cisco picón y comenzar a peregrinar desde cualquier rincón de la casa donde nos encontrásemos para acabar buscando refugio en la mesa camilla, centro neurálgico del hogar, mientras nos entreteníamos con otra partida de parchís o de bingo. La estufa de carbón sólo era utilizaba en mi casa en días especiales como este. Si Proust apela a su magdalena para atiborrarse de recuerdos infantiles, yo colmo mi memoria recordando el intenso aroma de alhucema que desprendía ese fondo de rescoldos vivificante; y aparte, es más poético que una triste magdalena franchute, adonde va a parar...


Había días que coincidía el respectivo apagón eléctrico con que mi señora madre había terminado por fin la manteca colorá para desayunar y merendar, y entonces, en un arrebato místico de los que sólo puede acceder un niño de ocho años pensaba que no se le podía pedir más a la vida. Salía a la húmeda terraza y todas las casas de alrededor, estaban a oscuras, como la mía. Las farolas apagadas pergeñaban sombras siniestra que a mi me daba mucho temor, pero también, despertaban en mi interior la conciencia a lo desconocido.

El olor a tierra mojada por la lluvia, el olor del vino que subía del bar de mi padre, los petardos que tiraban los niños mayores que les sobraron de las fiestas navideñas, todo, absolutamente todo, comenzaba a tener una nueva percepción para mi, más auténtica, menos impostada.

Eran los días que tenía que bañarme con el agua hirviendo que se calentaba en la olla donde siempre se preparaba el puchero de Nochebuena, las tardes interminables donde se dejaba las cajas de roscos de vino y alfajores en la mesa camilla, los días en que mi padre empezaba a tomarse el cafelito con nosotros. Cada minuto y cada segundo de ese tiempo sin luz, pedía que no volviera la electricidad, que me lo pasaba mejor así
: "¡como vivían los antiguos, papá!". En el discurrir de la noche, en el bar, siempre había un valiente cargado de anís o coñá que se lanzaba con la primera saeta; entonces, y sólo entonces, era consciente de que faltaba poco para que la cuaresma y la verdadera Luz inundasen mis días.




lunes, 18 de abril de 2011

La Sevilla eterna

La Sevilla eterna, la que encandila duendes, la que le da ala a los pájaros del cielo, la que reparte por el mundo la semilla del arte, la que me encontré ayer de nuevo en algunos momentos mientras buscaba a la Madre de Dios en una atardecida que quebraba la luz gubiada por los vencejos. Nada de estridencias, ni gritos, ni carreritas, ni de niños mimados y cortados por las hordas relativistas que empapan con su podredumbre cada rincón de la Híspalis. Ayer me volví a encontrar con Ella.

Y cuánto le echaba de menos... Y ayudó mucho también en ese encuentro esperado, el buen tiempo, que fueron legiones enteras de sevillanos y sevillanas las que se largaron con viento fresco a las playas colindantes de cemento y arena. Como dijo el poeta: que sería de Sevilla sin sevillanos”.