martes, 11 de octubre de 2011

La tierra de María Santísima




Es difícil no enamorarse de Sevilla, de la tierra que parió a los hermanos Machado.  Antonio le cantó  “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero..”, el lugar donde vio la luz los grandes músicos que inventaron un imperio para llevar la Cruz de sus amores allende los mares.
La de los imagineros que tallaron al Dios de la madera y los orfebres, cincelaron su dehesa. La de los soñadores que dijeron “ ..y hagamos una torre tan alta que los que están por venir nos tomen por locos”, y plantaron la Giralda, en un campo de naranjas que por aquel entonces ya daba azahar para que el palio de la Virgen de la Concepción pudiera perfumar las calles de su casa.
La ciudad que cruza el arco del Postigo en busca de la rueda de calientes en el puesto de churros de Juana, el  mostrador que está justito al lado de la capilla más coqueta que ningún cristiano viejo recuerde. La ciudad que más que rezarle al hijo de Dios, que en Sevilla se llama Gran Poder, parece que le riñe, en confianza. Por que es Sevilla, un lugar tan cercano, que incluso a lo más sagrado, se dirige con la ternura que un hijo llama a su padre. O a su madre.
Y a Ti, La Que está en San Gil,
junto al Arco y la Muralla,
junto a donde el mismo César
te dejó a un armao de guardia,
cuando tengo que nombrarte,
me faltan ya las palabras.

La de los atardeceres que va declinando entre mosto del aljarafe y sombras de los barrios señoriales. Ay, barrio de San Vicente con tus calles alargadas, de tiendas antiguas que huelen a sahumerio, sus cristales limpios, cargados de recuerdos.
A veces, me encuentro con el pasado, y me veo cogiendo la cintura del dolor que atraviesa calle Feria camino de la Alameda. Los arrabales de la pobreza. Que también uno le canta a la pobreza, que la hay y no se esconde por más bella.
Albero maestrante para una plaza de primera. Altramuces, avellanas verdes pa la Velá de Triana, donde unos gitanos que ya no llegan en burro, si no a caballo, se rompen la camisa en reyertas por amores de alba.
Esta es la Sevilla, mi Sevilla, que me trae por la cuesta del Bacalao, la de los cargadores del muelle que dejaban el barco a medias, para cargar a sus espaldas a una virgen marinera, que vive en calle Pureza, y su nombre Esperanza. Trianera.


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