domingo, 4 de septiembre de 2011

Los dublineses

Háganme un pequeño favor: no pasen por la vida sin leer este libro de James Joyce.
No se preocupen, nada que ver con su Ulises.
Otra cosa, antes de leer este breve párrafo, denle antes al play del youtube.
Y por el amor de Dios, no se les ocurra darle al botoncito para que lo lea Arnold "voz metálica".


Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo
nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían
oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al Poniente.
Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía
nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas,
caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las
sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado
cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa,
al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de
la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela
al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el
descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.






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