viernes, 19 de agosto de 2011

Noticias de Dios

Dedicado a mi amigo CARAGUEVO


Existe una inquina literaria: a la gente que va por ahí con aspecto de ser feliz. La ciudad de Madrid está llena de esa gente. Adolescentes con monitores y sacerdotes bajo un sombrero de paja que almuerzan con tenedor de plástico en los bancos de los parques. Que dan palmas y cantan. Que hacen tremolar sus banderas. Que se arrodillan en el espinazo de confesionarios de El Retiro, donde los hábitos de los curas cuelgan de perchas como en un show-room. Que, como si su alma fuera un lago sin monstruo dentro, esparcen una jovialidad sencilla que tiene el tacto del almíbar.

Miles de ellos en nuestro Central Park y no corre peligro un pato. Ocurre como con el orgasmo de Meg Ryan: uno se dice, «quiero lo mismo que hayan consumido estos chicos». Y lo que han consumido es a Cristo. Una fe que amolda conductas por encima de las particularidades que cabe sospechar cuando se juntan banderas tan diversas, algunas de países en los que ser cristiano no es fácil, e incluso con el AK-47 de la de Mozambique como asterisco excéntrico. Aroma parroquial de guitarras, cordialidad de hoguera, la de estos chavales a los que la fe dio una resolución de temperamento al tiempo que les extirpó los pequeños saurios interiores que mordisquean su edad. Son chicos con el propósito ya hecho.

El Papa, con su pícara sonrisa de ratón, con su andar quebradizo, con el aire de espécimen antiguo en un frasco que le da elpapamóvil, exuda una misma frescura infantil.

Se notó en la expresión de perplejidad con que observó el baile de los caballos andaluces, con que recibió los regalos en la plaza de la Independencia -la llave de Gallardón que sugería la de Pedro, el olivo que quedará en Madrid evocando los de Getsemaní-, y también en la complicidad con que intentaba acortar a base de ternura la distancia de la genuflexión durante el saludo de los 50 jóvenes de los cinco continentes después de cruzar la Puerta de Alcalá como en una simbólica entrada. Había gente que sostenía hogazas del pan de la eucaristía.

Es cierto que la JMJ tiene un ambiente masivo y extrovertido, ajeno a la humildad parroquial, por el cual a uno le parecería más lógico que saliera una banda de rock antes que un Pontífice de Roma -«¡Demostremos que ser católico no es ser aburrido!», gritaba el dj El Pulpo en los precalentamientos de Cibeles-. Y los obispos de todas las razas, bajo sus sombrillas blancas, ensayaban gestos de complicidad con los chavales que, la verdad, a veces quedaban algo robóticos. Pero este componente lúdico, festivo, es el pretexto para lo que de verdad se propone: rebajar la crisis de vocaciones, estimular la cantera, promover el sentido de pertenencia cuando, para las nuevas generaciones de Occidente, el catolicismo ha dejado de ser una desembocadura natural.

El Papa es el protagonista del gran spot de la Iglesia. Y, aun careciendo probablemente del carisma de Wojtyla, Ratzingerlograba también, con su sola presencia, conmover a buena parte de todos esos chicos que ven en él a un enlace con el Dios en el que creen. En ese sentido, la entrada en Cibeles fue vibrante, tumultuosa. Pétalos artificiales quedaron prendidos del ambiente, sin una brisa que los meciera ni rebajara el calor. Se levantaron brazos y banderas. El canto de una coral apenas se hacía audible en ese grito que, por la textura de la voz colectiva, recordaba al que inspiran los efébicos ídolos de la canción ligera.

La de Ratzinger es una figura tan menuda, tan encogida, que no parecía suficiente para soportar que todo cuanto estaba ocurriendo orbitara a su alrededor. En el escenario abrió los brazos para abarcarlo todo, a todos.

Es importante insistir en la edad y el temperamento de los peregrinos porque a esa gente agredieron en Sol los antis en la víspera de la llegada papal, con la renuencia en la protesta de un PSOE que aún anda cortejando el voto del 15-M. El Papa, que también aludió a problemas tan concretos de la juventud como el paro, llenó su primera jornada en España de mensajes relativos a la hostilidad con los católicos, que en este país adquiere grado folclórico, de residuo histórico.

«No os avergoncéis de Cristo», dijo en el aeropuerto, como si supiera que, a esa edad, reconocerse cristiano equivale a convertirse en objetivo de todos los trallazos cáusticos del narcisismo progresista. Más directo estuvo en el acto de Cibeles, donde plantó cara «a los ateos que se creen dioses» y animó a la juventud a no doblegarse sino divulgar su fe con el respaldo de todos.

Se habría dicho que no hablaba para urbanitas del siglo XXI, sino para misioneros del XVI que estuvieran a punto de adentrarse en selvas en las que fueran a correr peligro de muerte. Hasta ese punto percibe el Papa que nuestra sociedad, la que se ufana de promover la libertad de credo, ha fabricado un ambiente agresivo en el que ser cristiano obliga a un esfuerzo de resistencia. Cuando iba a disolverse Cibeles, la megafonía recomendó eludir Sol, ocupada por el piquete de la porra enviado por los «regeneradores transversales de la democracia» a la plaza sobre la que reclaman propiedad particular. Pues eso.


David Gistau

3 comentarios:

  1. en efecto: «No os avergoncéis de Cristo».
    Éste era el titular original de Libertad Digital. Al poco tiempo, lo dejaron en «No os avergoncéis». Nos dejaron sin Cristo, y tan contentos... ellos, claro.

    Un saludo.

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  2. Al final se avergonzaron... ellos.

    Otro

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  3. Lleva una temporada "sembrao". Hasta cuando habla de fútbol escribe unos artículos estupendos.
    Lo que da miedo hoy es la crónica de Fernando Lázaro: "Cacería contra el peregrino en Sol".
    Un abrazo

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