jueves, 21 de julio de 2011

En un abrir y cerrar de ojos




Hoy escribiremos sobre un asunto de esos ligeritos del que no hablamos nunca, pero que siempre está ahí, presente, acechando como el que no quiere la cosa, sesgándonos la vida.. ; un tema en consonancia con la frívola estación veraniega en la que nos hallamos:

La muerte.










Suelo leer a veces, cuando la música procede, algunos textos elegidos a conciencia para que me acompañen y ayuden a conocer y a ahondar aún más en el corazón de la música que escucho, la que intento destripar despiadadamente más allá de su escritura. Si toca como esta semana el gran Federico Chopin, me inclino por las enseñanzas helénicas y la filosofía estoica de las Meditaciones de Marco Aurelio, o por textos religiosos imbuidos por un reconcomio profundamente terrenal, textos duros de leer, más de vivir, o morir, textos con su pizca de amargura, impregnados todos ellos por ese tipo de sentimiento religioso y popular que enlaza y vincula la muerte con la vida de una forma magistralmente sencilla. Ese sentimiento tan humano y divino que con maestría supieron plasmar algunos pintores con sus pinceles, con el arte desbordado, como el sevillano Valdés Leal en su serie de alegorías Finis gloriae mundi (El fin de las glorias mundanas) e In ictu oculi (En un abrir y cerrar de ojos), o el sentimiento provocado que directamente nos dicta, enseña y nos invita a meditar San Alfonso Mª de Ligorio para prepararnos dulcemente con su maestría doctrinal ante el certero Hecho.

Si no les importa, ni les incomoda la propuesta -que el tema se las trae-, mientras leen estos párrafos de su libro La preparación a la muerte de San Alfonso Mª de Ligorio y algo de Las Meditaciones de Marco Aurelio, les sugiero que escuchen, a la vez que leen, el 3er Mov de la sonata en si bemol menor Op 35 de Chopín. Lo que al principio sólo es un oscuro rechinar de dientes cabalgando a lomos de los primeros y lúgubres compases, con el paso sublime de la tonalidad menor a la mayor nos recuerda infaliblemente que el que murió por nosotros en la Cruz nos tiene prometida la Gloria.



PUNTO SEGUNDO
El cadáver en la tumba

PUNTO SEGUNDO
El cadáver en la tumba
Mas para ver mejor lo que eres, cristiano —dice San Juan Crisóstomo—,
ve a un sepulcro, contempla el polvo, la ceniza y los gusanos, y llora.
Observa cómo aquel cadáver va poniéndose lívido, y después negro.
Aparece luego en todo el cuerpo una especie de vellón blanquecino y
repugnante, de donde sale una materia pútrida, viscosa y hedionda, que cae
por la tierra. Nacen en tal podredumbre multitud de gusanos, que se nutren
de la misma carne, a los cuales, a veces, se agregan las ratas para devorar
aquel cuerpo, corriendo unas por encima de él, penetrando, otras por la boca
y las entrañas. Cáense a pedazos las mejillas, los labios y el pelo; descarnase
el pecho, y luego los brazos y las piernas. Los gusanos, apenas han
consumido las carnes del muerto, se devoran unos a otros, y de todo aquel
cuerpo no queda, finalmente, más que un fétido esqueleto, que con el tiempo
se deshace, separándose los huesos y cayendo del tronco la cabeza.
Reducido como a tamo de una era de verano que arrebató él viento... (Dn., 2,
35). Esto es el hombre: un poco de polvo que el viento dispersa.
¿Dónde está, pues, aquel caballero a quien llamaban alma y encanto de la
conversación? Entrad en su morada; ya no está allí. Visitad su lecho; otro lo
disfruta. Buscad sus trajes, sus armas; otros lo han tomado y repartido todo.
Si queréis verle, asomaos a aquella fosa, donde se halla convertido en
podredumbre y descamados huesos... ¡Oh Dios mío! Ese cuerpo alimentado
con tan deliciosos manjares, vestido con tantas galas, agasajado por tantos
servidores, ¿se ha reducido a eso?
Bien entendisteis vosotros la verdad, ¡oh Santos benditos !, que por amor
de Dios—fin único que amasteis en el mundo—supisteis mortificar vuestros
cuerpos, cuyos huesos son ahora, como preciosas reliquias, venerados y
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conservados en urnas de oro. Y vuestras almas hermosísimas gozan de Dios,
esperando el último día para unirse a vuestros cuerpos gloriosos, que serán
compañeros y partícipes de la dicha sin fin, como lo fueron de la cruz en
esta vida. Tal es el verdadero amor al cuerpo mortal; hacerle aquí sufrir
trabajos para que luego sea feliz eternamente, y negarle todo placer que
pudiera hacerle para siempre desdichado.

PUNTO PRIMERO
Con la muerte acaban las riquezas

Llaman los mundanos feliz solamente a quien goza de los bienes de este
mundo, honras, placeres y riquezas. Pero la muerte acaba con toda esta
ventura terrenal. ¿Qué es vuestra vida? Es un vapor que aparece por un poco
(Stg., 4, 15). Los vapores que la tierra exhala, si acaso, se alzan por el aire, y
la luz del sol los dora con sus rayos, tal vez forman vistosísimas apariencias;
mas, ¿cuánto dura su brillante aspecto?... Sopla una ráfaga de viento, y todo
desaparece. .. Aquel prepotente, hoy tan alabado, tan temido y casi adorado,
mañana, cuando haya muerto, será despreciado, hollado y maldito.
Con la muerte hemos de dejarlo todo. El hermano del gran siervo de Dios
Tomás de Kempis preciábase de haberse edificado una muy bella casa. Uno
de sus amigos le dijo que notaba en ella un grave defecto. «¿Cuál es?»—le
preguntó aquél—. «El defecto— respondió el amigo—-es que habéis hecho
en ella una puerta.» «¡Cómo!—dijo el dueño de la casa—, ¿la puerta es un
defecto?» «Sí—replicó el otro—, porque por esa puerta tendréis algún día
que salir, ya muerto, dejando así la casa y todas vuestras cosas.»
La muerte, en suma, despoja al hombre de todos los bienes de este
mundo... ¡Qué espectáculo el ver arrojar fuera de su propio palacio a un
príncipe, que jamás volverá a entrar en él, y considerar que otros toman
posesión de los muebles, tesoros y demás bienes del difunto! Los servidores
le dejan en la sepultura con un vestido que apenas basta para cubrirle el
cuerpo. No hay ya quien le atienda ni adule, ni, tal vez, quien haga caso de
su postrera voluntad. Saladino, que conquistó en Asia muchos reinos,
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dispuso, al morir, que cuando llevasen su cuerpo a enterrar le precediese un
soldado llevando colgada de una lanza la túnica interior del muerto, y
exclamando: «Ved aquí todo lo que lleva Saladino al sepulcro.»
Puesto en la fosa el cadáver del príncipe, deshácense sus carnes, y no
queda en los restos mortales señal alguna que los distinga de los demás.
Contempla los sepulcros— dice San Basilio—, y no podrás distinguir quién
fue el siervo ni quién el señor. En presencia de Alejandro Magno,
mostrábase Diógenes un día buscando muy solícito alguna cosa entre varios
huesos humanos. «¿Qué buscas?»—preguntó Alejandro con curiosidad—.
«Estoy buscando—respondió Diógenes— el cráneo del rey Filipo, tu padre,
y no puedo distinguirle. Muéstramelo tú, si sabes hallarle.» Desiguales
nacen los hombres en el mundo, pero la muerte los iguala (1), dice Séneca.
Y Horacio decía que la muerte iguala los cetros y las azadas (2). En suma,
cuando viene la muerte, finís venit, todo se acaba y todo se deja, y de todas
las cosas del mundo nada llevamos a la tumba.


* Como propina dejo el Nocturno en do sostenido menor, interpretado por el que para mí fue el mejor pianista de los todos lo tiempos, el chileno Claudio Arrau.



2 comentarios:

  1. Todos somos iguales ante la muerte. Lo mejor llenar nuestra alma para la Eternidad Gloriosa que el Señor nos dará.

    Maravillosa música, maravillosa lectura. Si no lo importa te llevo a mi blog.

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  2. Muchas gracias Mar.
    Pilla lo que te apetezca.

    Realmente cuando se tiene la certeza de que tras la muerte llega la gloria (si es merecida y si no, a espulgarse como las cabras), uno duerme más tranquilo.

    Un saludo

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