martes, 24 de mayo de 2011

Hoja 1


La primera impresión que recibe uno al desembarcar en la isla, como un susurro, es el exuberante bálsamo que derrocha la naturaleza que lo invade todo. La fragancia que desprende la madera de las casas cercanas al puerto, casetas construidas por forzudos marineros que pasan aquí buena parte del año, a la espera de los bancos de bacalao. El salitre quejumbroso y húmedo que corroe el frío aire de la isla, la húmeda hierba que todavía no se ha ocultado tras la nieve, como un montón de viejos recuerdos. Los graznidos de las gaviotas que retumban en toda la isla con la dramática fuerza de un viento huracanado, como el nervio de un grito punzante al que cuesta trabajo acostumbrarse. Me tendré que acostumbrar, qué remedio, a estos bichos voladores a los que desde el primer día de esta nueva vida comienzo a aborrecer. ¿Se puede odiar a unas criaturas creadas por Dios para Él sabe qué fin? Se puede. Para qué diablos fueron creadas no lo tengo aún claro, el fin para mí, no me cabe la menor duda: poner a prueba mis nervios cada uno de los trescientos sesenta y cinco días que pasaré en esta isla alejado de todo, y de todos.


Nadie de aquí entiende que el año sabático lo pase empotrado -como un reportero de guerra a un tanque británico en medio del desierto persa- en una isla del ártico, con la compañía de algunos libros y a cuesta con el violonchelo. A cuesta, siempre cargando con este mamotreto. Quizás no lo toque ningún día, pero me gusta tenerlo a mi lado, mirarlo, que me vea. Sentir que me acompaña.He dedicado tantos esfuerzos para intentar sacar de su alma algo por lo que merezca seguir con vida...

Y los de allí, simplemente me toman por loco.
¿Dónde está mi lugar?…, aquí.

La casa que pude alquilar desde España es mejor y más acogedora de lo que esperaba. Salón con chimenea, un coqueto dormitorio cubierta sus paredes por pieles de zorros ártico, y una cocina de horno de leña donde podré cocinar todo lo que madre nos enseñó, que es mucho y bueno. Podré disfrutar, gracias a unos inmensos ventanales que hay en el salón, de la luz que trasmina con pequeñas pinceladas el oceano ártico. Todo muy acogedor, sobrecogedor en algunos momentos.

La casera de la cabaña, señora de facciones dulces, sonrisa austera y sombra alargada como un ciprés, parece preocupada. A su larga melena trigueña le encuentro un ligero parecido al de una apocalíptica lengua de fuego. La sonrisa por estas latitudes no se prodigan mucho. La raigambre calvinista les sale a relucir en la mirada pétrea y abrupta que se gastan la gente que sobreviven por estos confines del fin del mundo. El primer contacto con una persona de esta isla me ha dejado frío. Normal.

Resucito el fuego de la la chimenea para ver como tira y saber si necesita alguna reforma antes que se largue Mary, la extraña casera, para verificar que todo está en su sitio.

El fascinante encuentro con el mar
en las primeras horas de la tarde me hacen sentir en cierta forma miserable con el entorno, atrapado insolentemente por una araña de ensueños en este lado de la tierra. Desde la ventana del salón puedo divisar la playa, una playa de arena blanca, virgen, salteada por rocas de diferentes tamaños. No necesito más, mi dulce ángel siempre me acompaña. Tal vez acariciar la luz de una palpitante tarde que bajo diferentes tonalidades se desvanece.

El rugido del mar llama a la calma.

Me quedo dormido escuchando a Tomás Luis de Victoria. (más...)


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.