martes, 19 de abril de 2011

Verdadera Luz


Antes -y cuando digo antes, me refiero a los años de mi niñez- en los días de tormentas y lluvias, la luz se iba en mi casa con la misma facilidad que una croqueta de bacalao en una noche de vigilia, sin avisar.

Dejemoslo en que la antigua Sevillana -actual Endesa- se desbordaba en los días de invierno (en Sevilla también hace frío, no se crean) y terminaban echando humo sus magníficas instalaciones con los consiguientes apagones en las casas.

Para mi el día que nos quedábamos sin luz, eran una auténtica fiesta, una aventura digna de Salgari, un jolgorio familiar. Era la hora de sacar el brasero de cisco picón y comenzar a peregrinar desde cualquier rincón de la casa donde nos encontrásemos para acabar buscando refugio en la mesa camilla, centro neurálgico del hogar, mientras nos entreteníamos con otra partida de parchís o de bingo. La estufa de carbón sólo era utilizaba en mi casa en días especiales como este. Si Proust apela a su magdalena para atiborrarse de recuerdos infantiles, yo colmo mi memoria recordando el intenso aroma de alhucema que desprendía ese fondo de rescoldos vivificante; y aparte, es más poético que una triste magdalena franchute, adonde va a parar...


Había días que coincidía el respectivo apagón eléctrico con que mi señora madre había terminado por fin la manteca colorá para desayunar y merendar, y entonces, en un arrebato místico de los que sólo puede acceder un niño de ocho años pensaba que no se le podía pedir más a la vida. Salía a la húmeda terraza y todas las casas de alrededor, estaban a oscuras, como la mía. Las farolas apagadas pergeñaban sombras siniestra que a mi me daba mucho temor, pero también, despertaban en mi interior la conciencia a lo desconocido.

El olor a tierra mojada por la lluvia, el olor del vino que subía del bar de mi padre, los petardos que tiraban los niños mayores que les sobraron de las fiestas navideñas, todo, absolutamente todo, comenzaba a tener una nueva percepción para mi, más auténtica, menos impostada.

Eran los días que tenía que bañarme con el agua hirviendo que se calentaba en la olla donde siempre se preparaba el puchero de Nochebuena, las tardes interminables donde se dejaba las cajas de roscos de vino y alfajores en la mesa camilla, los días en que mi padre empezaba a tomarse el cafelito con nosotros. Cada minuto y cada segundo de ese tiempo sin luz, pedía que no volviera la electricidad, que me lo pasaba mejor así
: "¡como vivían los antiguos, papá!". En el discurrir de la noche, en el bar, siempre había un valiente cargado de anís o coñá que se lanzaba con la primera saeta; entonces, y sólo entonces, era consciente de que faltaba poco para que la cuaresma y la verdadera Luz inundasen mis días.




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