domingo, 24 de abril de 2011

Mahler -Sinfonía 2- (Resurreción)



La idea de la muerte siempre fue una de las obsesiones de Gustav Mahler (Kaliště, Bohemia, actualmente República Checa, 7 de julio de 1860 - Viena, 18 de mayo de 1911). Quizás porque ya a sus 16 años sus diez hermanos y hermanas ya habían fallecido.  Eso marca mogollón.

Aunque él siempre le da un tratamiento místico a esas muertes es una idea bastante recurrente en su obra: la vida, la juventud, la naturaleza y la muerte. Y de ahí no sale el pavo. La Sinfonía Resurrección nació como un Totenfeier (Ritos fúnebres), un poema sinfónico en un movimiento basado en el drama poético Dziady del poeta polaco Adam Mickiewicz, que Mahler terminó en 1888.

Cuando ya comenzaba a adquirir prestigio y estima como director de orquesta, presentó su obra al entonces eminente director Hans von Bülow, que tuvo una reacción sumamente desfavorable y la consideró antimusical. Profundamente desanimado, no obstante, nunca abandonó su obra y posteriormente regresó al movimiento agregando tres tiempos más a fines de 1893 - eran los cuatro primeros de la sinfonía que conocemos-. Dejó la obra por un tiempo, sintiendo que necesitaba un final.

En 1894, Hans von "el desfavorable" Bülow murió, y en el funeral, nuestro Mahler escuchó una musicalización de la oda Aufersteh'n (Resurrección) del poeta alemán Friedrich Gottlieb Klopstock. Aquello fue una revelación y decidió terminar su obra con su propia musicalización de dicho poema, al que efectuó algunas modificaciones.

Mahler diseñó un programa narrativo para la obra que reveló a varias de sus amistades. Sin embargo, no aprobó su difusión pública, aunque en la actualidad siempre se divulga en los programas de concierto. En este argumento, el primer movimiento representa un funeral y responde a preguntas tales como: "¿Hay vida después de la muerte?".  El segundo movimiento es un recuerdo de tiempos felices de la vida que se apagó. El tercer movimiento representa una completa pérdida de fe, y el considerar la vida como un sinsentido. En eso se resume la vida sin fe: en un desangelado y protéico sinsentido. El cuarto movimiento, probablemente, el más místico, musicalmente hablando, un lied, es el renacimiento de la fe ("Yo soy de Dios, y retornaré a Dios"- éste es el músico prodigioso que se enfrenta a su creador y humildemente dobla la cerviz), y el quinto movimiento, después del regreso de las dudas del tercero, y las preguntas del primero, termina con una realización del amor de Dios, y el reconocimiento, por tanto, de la vida después del fin (la resurrección).

Merece la pena llegar al quinto movimiento, la resurreción. Encontaremos una paz verdadera que pocas veces volveremos a sentir con ninguna otra música. Un climax al que Mahler era tan dado en su obra. T.W. Adorno resumía la música de Mahler con la desventurada frase que aplicaba al célebre adagietto de la Quinta Sinfonía: "sentimentalidad culinaría".

Cosas de genios.

 


























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