domingo, 20 de marzo de 2011

Las brujas de Somosaguas





















«Los brazos en abrazo hacia la tierra,/ el astil disparándose a los cielos»
(León Felipe)


Sobre el diabólico caso de las mujeres profanadoras de la capilla de la Universidad (me ruborizo llamar así un lugar que ha dejado de ser centro del saber), se me hace clarividente que ellas, y ellos, aún no han calibrado en toda su brutalidad la faena que acometieron.

Es probable que con el paso del tiempo, la vida les enseñe a algunas y algún que otro margarito que pululaban por alrededor del altar, el verdadero cariz que les tiene preparada la Santa Providencia, esa bendita mano de realidad que destiñe los pulcros telares que creíamos imperecederos, intocables por el calor del confort que un día nos prometió el dios del absurdo, al que tanto idolatran.

Los medios informativos españoles, con sus ligeros titulares, demuestran una vez más, no tener ni pajolera idea de por dónde van los tiros, quizá, por temor a enfrentarse con sus prejuicios, o tal vez por sus acendrada y conocida aversión a la verdad. Ni ataque laicista como dicen, ni laico, ni ateo ni del frente popular (bueno, esto sí, en su versión ultraboyera y actualizada). Odio a la cruz. Por otro lado, nada nuevo en la historia del cristianismo.

Su anticatolicismo nos puede parecer vulgar, basto, rayando en lo lo ridículo, pero, que nadie se equivoque, el odio sustenta sus acciones. Me hace gracia (de buena fe) los que les piden a estas brujas de Somosaguas -que afrenta para las de Salem- que monten su tteatro, o performance, como llaman los cursis ahora a lo que siempre ha sido montar un numerito, dar la nota, montar un guirigay, en la mezquita madrileña de la M-30.

Créanme si les digo, que estas sirenas varadas en el mar muerto de sus dudas no tienen vocación de heroína. Tantos años ocupando sus mentes el humo de las drogas y los demás paraísos utópicos que tanto cultiva esta analfabeta izquierda, les ha dejado la sesera seca, vacía de discernimiento, filtrada por virus letales que tiene en sus primeros síntomas el odio a la cruz.

«Y, en aquella oscura hora -concluye Chesterton-, brilló sobre ellos una luz que nunca se ha extinguido, un fuego blanco que se aferra a ese grupo como una fosforescencia extraterrenal, haciendo brillar su rastro por los crepúsculos de la historia: es el halo del odio alrededor de la Iglesia de Dios».




2 comentarios:

  1. Lo más triste, además, es que, seguro, ni siquiera han sido autónomos en su acción, sino instrumentos de otros, y en última instancia, claro, de la Oscuridad.
    Un saludo.

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  2. Lo que lleva a preguntarnos, Posodo, quiénes son ésos, o esas criaturas que alimentan y suministran a nuestros jóvenes ese odium fidei contra los cristianos, ¿con qué intención? ¿cuál es su finalidad?.
    Sólo la Iglesia católica puede parar en última instancia la debacle a la que nos dirigimos.

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