miércoles, 30 de marzo de 2011

La muerte de ahora


Por Horacio Vázquez-Rial

Aludo en el título a una frase de Juan Carlos Onetti: "Dice mi mujer de ahora...". Y es que la muerte va cambiando, como las relaciones en la vida de una persona. Cierto que siempre hubo muertes distintas, que no es lo mismo una muerte cristiana que otra, digamos, socialista; que tampoco es lo mismo yacer en tierra consagrada que ser ceniza y nada.

Esta semana ha sido abundante en estupidez y en tristeza, cosas que van juntas. Primero, los que se disgustaron con Gabriel Albiac por la cuestión del suicidio. Decía el filósofo simplemente que él, de estar en el lugar del presidente de este país, al ver el desolado paisaje posterior a su batalla, se suicidaría. Le reclamaba un gesto de honor, una muerte digna después de una vida indigna, pero el presidente llama muerte digna a la de los pacientes del doctor Montes. Resulta que los que tanto se molestan con el suicidio de honra son partidarios del asesinato y del suicidio asistido, qué curioso. No saben qué es el honor, lo tienen por vicio medieval.

Después, mi amigo del alma, el gran Jaime Naifleisch, de quien tanto he aprendido, llegó al borde del óbito, el tránsito, la despedida final. Y aún está ahí, en ese punto indefinido, en un hospital de Barcelona en el que no matan a la gente, sino que tratan de curarla. Al ver lo que se venía, dio instrucciones precisas: quiere ser enterrado como judío, que alguien diga kadish por él, que no lo quemen ni lo arrojen a la nada. Ha hecho una vida de hombre y quiere una muerte y una posteridad de hombre.

Todo esto me ha llevado a una desazonante reflexión sobre la muerte, aquí, en Madrid, "una ciudad de más de un millón de cadáveres", según el insigne Dámaso Alonso, aquel héroe de la convivencia española al que casi todos parecen haber olvidado: leed Hijos de la ira, por favor, que uno es mejor después de esa experiencia.

No soy asiduo de entierros ni voy a menudo a los cementerios. Dejé de hacerlo cuando empecé a ver flores de plástico en las tumbas. Y me convencí de que hacía bien hace unos años, cuando visité el Maggiore de Milán para ver dónde había estado enterrada la momia de Eva Perón –deberes de historiador– y descubrí que había innovaciones tecnológicas repudiables, retratos en colores del finado sobre la lápida, de los que no sé por qué rara perversión de la geometría te siguen con la mirada; o grabaciones para escucharlo, hechas en esta vida, claro. Estaba aquello muy lejos de los días en que acompañaba a mi abuela, casi en mi adolescencia, a visitar a mi abuelo en la Chacarita, inacabable necrópolis de Buenos Aires: era una visita solemne, se llevaban flores frescas, nadie hablaba desde las sepulturas y los retratos eran en blanco y negro, y muy discretos.

Entonces sí acudía yo a los cementerios cuando visitaba una ciudad nueva. A mis veinte años, descubrí con emoción el Père Lachaise de París. Y, cuando estaba en Buenos Aires, amaba pasear por la Recoleta, donde está enterrada casi toda la historia argentina, salvo algún héroe que yace en alguna iglesia, y Borges, que eligió ser una nostalgia en vez de estar allí.

Al cambiar la vida, cambió la muerte. Nunca, en toda la historia, el precio de los hombres ha sido tan bajo como hoy. Y no hablo de los chinos semiesclavos que seguramente han tejido o cosido el jersey que llevo puesto; ni de los semiesclavos de los que habla Saviano en Gomorra, que han sido resucitados en el sur de Italia, ni de los que mueren en las ininteligibles guerras de África: el rey Leopoldo de Bélgica, entre 1885 y 1906, redujo la población del Congo de veinte millones a diez, de modo que lo de ahora es casi una minucia. Tampoco me refiero a los árabes de Libia que mueren como moscas o a los árabes de Túnez que se meten en una barcaza y se lanzan a buscar Europa porque imaginan que aquí, aunque sea en la peor de las marginalidades, hay algún atisbo de esperanza de vida.

No, no me refiero a ésos, que ya no les importaban a los reyes sumerios, sino al hombre corriente de hoy, el empleado, el repartidor de la Coca Cola, el inmigrante que pierde un brazo en la amasadora de pan y sale un día en la prensa y después se vuelve a su país, manco. No le importa a nadie. A veces hasta sospecho que ni siquiera importa a los suyos.

La Casta tiene una idea de la muerte que corresponde al nivel de desprecio por su propia especie con que plasma en leyes sus manías, sus fobias, su inanidad. Me protegen del cáncer prohibiéndome fumar, porque así, fumando, soy un coste para el seguro, aunque siguen vendiéndome cigarrillos; pero si el cáncer llega, es posible que en el hospital público alguien decida que no valgo la pena y que, para ahorrarme dolor, me induzca una sedación terminal, porque la ley lo autoriza. El Estado y quienes lo ocupan me ignoran y me convierten en nada. Por eso tienen éxito los populismos, su reconocimiento del uomo qualunque mussoliniano, reconocimiento irremediablemente falso, aunque emocionante para el destinatario.

La gente desaparece (14.000 personas en España) y las búsquedas se postergan porque ni hay personal policial. La gente muere y entra en el olvido, cremada, enterrada por un tiempo –hasta a Galdós le cuestionaron la tumba al cumplirse los 99 años de la perpetuidad–, pasada luego al osario. La gente vive y no deja marca alguna.

Todo esto que somos, lo que hace de Occidente una civilización, se sustentó durante siglos y siglos en el culto a los muertos, en la memoria de los antepasados. En la mayoría de los casos, ya no hay tal. Los recuerdos familiares no suelen pasar ya de una generación. Conservo una fotografía tomada en Traba de Lage, Coruña, en 1885. En ella aparecen, muy ancianos ya, el padre de mi tatarabuelo y su esposa, personas muy cansadas del trabajo de la tierra. José Lema y María Pérez. Nadie. Pero mi vida ya estaba ahí. Y lo que quede de sus cuerpos está enterrado en Betanzos, y sé dónde, como sé lo que sucedió en las cinco generaciones siguientes. Eso me construye. Y asombra a la mayoría. No hace falta ser miembro de la nobleza para tener pasado. No lo tenemos porque seamos historia general, sino porque somos historia personal en una comunidad de seres civilizados, con conciencia de progreso.

Perdonen ustedes la tristeza.

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