martes, 22 de marzo de 2011

El paseante de La Moncloa y el mundo

LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Por Horacio Vázquez-Rial

El presidente del gobierno español no ve amanecer, a diferencia de su juez favorito. De tener que escribir su biografía –Dios me libre de esa carga–, yo la titularía El hombre que no se levantaba al paso de la bandera. Sí, ya sé, es demasiado largo. Pero eso es lo que era hace siete años. Yanky go home y no a la guerra. El progretariado, feliz.

Después, la cosa fue cambiando. Irak no. De ahí hubo que salir corriendo y tratando de cubrirse las vergüenzas porque ni daba tiempo a ponerse el uniforme. Ah, pero Afganistán sí. Nunca se explicó por qué el ejército español tiene que ir a pacificar –a la guerra van los otros: nosotros, sólo misiones de paz– a un sitio y a otro no. Ahora le toca el turno a Libia. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ha producido estos cambios en el pacifismo radical del cejudo e inexplicablemente sonriente habitante de La Moncloa? (Habitante, que no inquilino, como acostumbran poner algunos colegas: no paga nada por la casa y el servicio va incluido). El poder no será, porque prometió que el poder no le cambiaría.

Fuimos a Irak, además de por una cuestión de decencia, porque entraba en el marco de una política que equilibraba lo atlántico con lo europeo. Una política sana, a la vista de lo que es la UE: el coro del eje francoalemán. Pero Zapatero no tuvo nada parecido a una política atlántica durante varios años, hasta que cambió el habitante de la Casa Blanca y, con su natural cortedad, supuso que los intereses permanentes de los Estados Unidos iban a variar por alguna misteriosa razón, como el color de Obama, por ejemplo, porque ésos son los modos de evaluar políticamente que caracterizan a este gobierno. Además, Obama puede ser un colegui de la alianza de civilizaciones, que son la occidental y otras, siempre preferibles.

Pero ya era tarde: Obama tampoco lo ama especialmente, y no porque sea manifiestamente antiamericano, sino porque en unos pocos años este tipo ha conseguido que España no tenga la menor importancia en el mundo. La importancia que había adquirido con la política independiente de Aznar, en delicado equilibrio entre Washington y Berlín.

No es un elemento menor en este proceso la minuciosa labor de destrucción del ex ministro Moratinos, para quien el mundo será musulmán o no será, parafraseando a Malraux. La elección de Trini como ministra de Exteriores es una prueba de lo poco que el presidente valora el cargo. La chica hace lo que puede, nada más, lo cual es preferible a lo mucho que le dejamos hacer a Moratinos en su día, para nuestra desgracia: él fue quien decidió que el vínculo más importante de España en el mundo es el que mantenemos con Marruecos. No se atrevió a abogar directamente por la cesión de Ceuta y Melilla, como quería Máximo Cajal, porque alguien en su entorno le informó de que Rabat no es Londres y, por mucho que cedamos a Mohamed, Gibraltar no iba a ser devuelto, que era el cálculo que hacía el ex embajador en Guatemala en su célebre libro sobre los límites reales de España: una burrada.

Zapatero dijo zalamerías sobre el avance de la democracia en Egipto, no porque sepa qué hay que hacer en un caso así, sino por imitación de los demás jefes de gobierno europeos, y pasando de perfil delante del hecho irrefutable de que Mubarak era miembro de la Internacional Socialista. Calló como quien es ante todos los demás conflictos –Yemen, Jordania, Bahréin, etcétera–, porque no tocaba. Ahora, dice la prensa, vamos a la guerra. ¿Qué guerra? Una legal y legítima, que lo es porque Francia ha tomado la iniciativa, y ya es raro que no la haya tomado antes, considerando que el limítrofe Chad ha sido y es su protectorado, y los franceses mantienen allí a Idris Déby, creación suya, por cierto, y nada mejor que Gadafi.

El hecho mismo de que el plasta funcionariado europeo haya postergado hasta ahora la intervención en Libia es en sí mismo criminal. Con los debates, las cenas, los cafés y otras diversiones pasaron demasiados días, en cada uno de los cuales murió gente, y no poca. El gran referente de Zapatero, Obama, ha vacilado durante todo el proceso sin necesidad de burócratas, en busca de la aprobación del Consejo de Seguridad. Hace unos días Hillary Clinton dejó caer que en dos años se retira de la política: no está contenta la señora con su jefe, y eso que ella, pese a tener su carácter, tampoco quiere problemas con los países árabes. Por supuesto, el de Moncloa esperaba lo mismo, para no ir a una guerra ilegal e ilegítima, sino con todos los apaños. No importaba cuánto tardara la decisión, no la iba a tomar él. Ni esa ni ninguna en lo tocante a la política exterior.

Moratinos fue un ministro horrendo, pero fue sustituido por esa nada que es Trinidad Jiménez. Eso no revela sólo irresponsabilidad, también un hondo desinterés por lo que pasa en el mundo, además de una renuncia implícita a cualquier voluntad de que España tenga el papel que le corresponde en el mundo, que ya no es sólo Occidente. Carecemos de política exterior. No es que no sea coherente, sino que no existe. El único otro país que parece ocupar un poco al gobierno es Marruecos, poca compañía en verdad, sobre todo habida cuenta de que no es un país amigo, sino todo lo contrario.

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