domingo, 26 de septiembre de 2010

Consiste, pues, la perfección de las cosas en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto, para que por esta manera, estando todos en mí y yo en todos los otros, y teniendo yo su ser de todos ellos, y todos y cada uno de ellos teniendo el ser mío, se abrace y eslabone toda esta máquina del universo, y se reduzca a unidad la muchedumbre de sus diferencias; y quedando no mezcladas, se mezclen; y permaneciendo muchas, no lo sean; y para que, extendiéndose y como desplegándose delante los ojos la variedad y diversidad, venza y reine y ponga su silla la unidad sobre todo. Lo cual es avecinarse la criatura a Dios, de quien mana, que en tres personas es una esencia, y en infinito número de excelencias no comprensibles, una sola perfecta y sencilla excelencia

(
De los nombres de Cristo, lib. I). Fray Luís de León




*** Si algo caracteriza y marca la dirección de Claudio Abbado es la liviandad de sus movimientos atemperados, la eléctrica calma que sosiega. Llegando a regurgitar dolorosamente en la orquesta un ánimo casi místico, que termina convirtiendola, en una sola voz.

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