lunes, 26 de julio de 2010

Tribulación de un costalero en la calle Francos

No, si yo con la ayuda de ustedes (mensajes a redcuadro@yahoo.es) voy a echar el verano con la calle Francos... Pues si cada calle es un mundo, Francos es un sistema solar. En nuestra Reliquia y Tesoro en defensa de esa calle, un hermano del Silencio nos envía la anécdota histórica que su protagonista contó durante la entrega del premio anual de una tertulia cofradiera: «La historia ocurrió en el Bar Pajaritos que usted evoca. Era años antes del 92. Cierto costalero de Jesús Nazareno del Silencio, al mando de José Ramón Rodríguez Gautier, se había tomado una torrija en San Buenaventura tras los Santos Oficios en la iglesia de la calle Carlos Cañal. La torrija no le sentó muy bien, porque a la hora de fajarse, el vientre empezó a darle vueltas como una lavadora antigua. El costalero pidió en varias ocasiones salirse para evacuar, pero Gautier le dio nones en todo el recorrido de ida, prometiéndole que en la Catedral le dejaría ir al “locum”. Cosa que tampoco se produjo, porque dijo que no se podía dejar retraso, que venga de frente. A la subida de Argote de Molina, el pobre costalero amenazó con hacerlo en un husillo en una arriá, al estilo antiguo, pero los costaleros profesionales que aún quedaban de la etapa del Penitente lo miraron y dieron nones: que ni se le ocurriera, que por ese tramo empiezan los parones y cualquiera aguanta la tostá. Ya por Francos, el buen hombre dijo que ya no aguantaba más y Gautier, en voz muy baja, le dijo: “Salte por el faldón de atrás y corre a un bar”. El tío se metió en el Bar Pajaritos. Lo dejaron saltarse la cola del váter por ser costalero. Entró en el recoleto lugar, se bajó el pantalón y cuando, opá, iba a largar, se dio cuenta de que lo que había era... ¡un urinario de pared! Como el vientre le seguía centrifugando, decidió hacerlo allí mismo. Con tan mala suerte que apretó la cisterna, aquello subió y subió y, coronado por una tela metálica de plástico y tres bolitas de alcanfor, empezó a rebosar. El costalero, aliviado su vientre pero angustiado por la que se iba a liar, se puso el costal, salió corriendo, cerró la puerta para ganar tiempo respecto a la cola de espera y huyó hacia el paso. Desapareció bajo el faldón, y de pronto se oyó procedente del bar, en pleno silencio del Silencio por Francos, una voz que decía:
—¡Hijo de la gran puuuuuuuta!
La bulla comenzó a sisear: “¡Callarse, hombre, que esto es El Silencio!”, “Más respeto, por favor!”. Gautier levantó el faldón y, muy preocupado, preguntó al costalero:
—Niño, ¿qué ha pasao ahí?
Y el costalero:
—Ná, uno que por lo visto le han cogío el culo a su novia y se ha cabreao. Tú dale de frente...
Pasó la Madrugada. El Silencio celebró su ágape de Resurrección en el patio, a cuyo término muchos fueron a ver el regreso de una cofradía que por lluvia se había refugiado en la Catedral. Como el asesino vuelve al lugar del crimen, el costalero se apartó del grupo y pasó por la calle Francos. Se encontró en pleno domingo una cuba de obras y albañiles en el Bar Pajaritos. Le preguntó a Moisés, el dueño montañés, que estaba en la puerta:
—¿Qué, de obras, jefe?
—Sí, porque un costalero del Silencio, el hijo de la gran puta, me arruinó la Madrugada, dejándome sin váter la noche del año que más cafés despacho, y ya hemos aprovechado para poner una taza en condiciones...».

Por Antonio Burgos

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