jueves, 10 de junio de 2010

Preludio de la Quinta Suite para violoncello de Bach


C
uando Juan Sebastián Bach se puso con la Quinta Suite para violoncello en Do Menor, ojo con esta tonalidad, que derrumba al más engreído. Quiso dejar claro, y lo dejó, vaya si lo hizo, que para interpretar y desentrañar esta música, haría falta algo más que músculos y escuela, técnica y tesón. Si las Suites del
viejo peluca son la Biblia para el violoncellista, concretamente esta, la Quinta, son los Salmos de alabanza que debemos cantar más con el corazón, que con la razón, más con la fe que arrinconan dudas, que con sombras de certezas.
Sólo podemos atacar este sagrado promontorio de vuelo, seguro de nuestras posibilidades, aligerando pesares. Si los hay, que esa es otra. (Ludwig Van Beehtoveen a Schubert: "Sólo podrás crear una ópera, cuando hayas sufrido hasta lo indecible").

Nada más vacío, que el dolor, y nada llena más, que el soplo que deja ciego de amor; ahíto de Verdad.


Él es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

( Salmo 1, 3 )


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