viernes, 11 de junio de 2010

Dos monjas


El aire del amanecer despierta como un lánguido
susurro divino tras el aguacero que cayó minutos antes.
Debería parar el tiempo.
La humedad del día dispone el alma de otro proceder, más serena, menos cortante.
Del descolorido y sucio portal de los arrabales de la inhóspita urbe, salen tras haber pasado toda la noche sosegando a la muerte, la rabia y el dolor, dos monjas de las Hermanas de la Cruz. Hábito marrón tabaco, rosario al fajo y unas humildes sandalias para transitar por los caminos inescrutables que les rubrica el Señor.

Como dos gorriones asustados, evitan un charco de agua formado poco antes por el aguacero.
El aire está limpio al pasar, como si lo hubiesen jabonado con lejía.

-"Pasan toda las noches cuidando a un pobre huérfano del barrio que esta malito de sida". Comenta una vecina anciana arrancada de un cuadro de Valdés leal.
En esas sandalias, se encuentra toda la teología de la caridad, todo el peso del amor sobrenatural.
Para el resto de los comunes, esa caridad, nos está vedada. Lux cegadora.
Dos alimañas revestidas de odio y chatarra ideológica murmuran a sus pasos palabras que hieren.
Truculenta inercia hispana.

Ora Pro nobis, y a otra cosa; buscar el camino más corto para regresar a sus celdas.
Incluso estos pobres diablos que se jactan de su ignorancia flotando como el corcho en un mar de dudas, serán cuidados el día de mañana de sus futuras desgracias (Dios no lo quiera), por esta cohorte de ángeles ceriferarios que moran la tierra.

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