lunes, 17 de mayo de 2010

En los albores del cristianismo, en la Carta a Diogneto se dice:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. (...) Habitan ciudades griegas y bárbaras según le correspondió a cada uno; y, aunque siguen los hábitos de cada región en el vestido, la comida y demás género de vida, manifiestan –y así es reconocido– la admirable y singular condición de su ciudadanía. Todos ellos viven en sus respectivas patrias pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos pero lo soportan todo como extranjeros. (...) Lo que es el alma en el cuerpo son los cristianos en el mundo. El alma está difundida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos, por las ciudades del mundo. El alma vive en el cuerpo pero no tiene su origen en el cuerpo; los cristianos viven en el mundo pero no tienen su origen en el mundo.

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