martes, 27 de abril de 2010

Luz verdadera

La catedral de Santiago pone velas digitales a través de SMS

Yo no quiero una Iglesia de velas digitales. ¿Eso que es lo que es?.
¿Hasta donde estáis algunos dispuesto a llegar y llevar en vuestra necia carrera hacia la herejiaca adulteración, los símbolos más íntimos de nuestro culto?
Yo quiero una Iglesia con velas de cera, las de toda la vida, las de verdad.
Las que compraba mi madre en el quiosco de Manuel el de las papeletas cuando se iba la luz en los días lluviosos de invierno y las sombras, asustadas y a oscuras, de sus tristezas huían.
Velas que chorreen lágrimas cuando supure la luz, y mueran dejando el aire cargado de una fragancia de vida consumada, como Dios manda.
Vela rizada de cera que florece danzando y forzando leves tintineos de vainilla, como su Luz, mientras quedamos absorto llorando de impaciencia.

Anida en lo más profundo y hondo de nuestras certezas la dulzura de saber que el Espíritu Santo hará acto de presencia, la Luz. Que yo no quiero saber nada de velas digitales, ni eléctrica, ni a pilas, ¡mastuerzo!.
¿A quien debemos reírle la ocurrencia, y a qué enemigo de la Iglesia debemos tal bajeza?.

Un enemigo muy impío y muy cretino debe ser este fanfarrón para creer que la fe está en venta.
La belleza de la Fe y la Verdad de la razón son íntimas enemigas de lo estrafalario, de lo ridículo, sépanlo ustedes, vendedores de falsas velas.
Más pareciese, señores del cabildo catedralicio, que ponen una vela a Dios, y otra al diablo.
Luz artificial por Luz verdadera. Luz que encandila almas, por luz que trajina embustes, Luz que abre virtudes, por luz cerrada, Luz de vida, por luz apagada, manipulada ahogada fruncida, luz falseada, luz sin vida, pétrea carne muerta.

2 comentarios:

  1. Esta entrada te ha salido verdaderamente del alma, que es en realidad de donde emana la autentica luz.
    Este concepto de LUZ relacionado con lo trascendente, se va diluyendo en nuestros días, de la misma forma que la llama titilante de los hogares de antaño, las mariposas de los pequeños altares, las ascuas mecientes de las constelaciones en miniatura de los braseros, las hornillas que calentaban los pucheros, la de los cuadros de Rembrand…, se van diluyendo por la contaminación lumínica de las grandes ciudades. Es una luz que ciega y no deja que aflore la luz real.

    Añoramos una luz en penumbra que sosiegue el alma. Una oscuridad anhelante como la de San Juan de la Cruz en “La Noche obscura del alma”.
    Gracias por esta entrada.

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  2. De nada Morat, si te ha gustado y además ha servido para escribir la respuesta tan bonita que te ha salido, me doy por agradecido.

    Estamos perdiendo el norte amigo.
    Y vamos cuesta abajo y sin freno a un lugar nuevo que me malicio nada agradable. Si ya hasta a la Iglesia, mía, nuestra, hay que llamarle la antención...

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