martes, 2 de marzo de 2010

Verdadera Luz



Antes, -y cuando digo antes, me refiero a los años de mi niñez- en los días de tormenta y lluvia, la luz se iba de mi casa con la misma facilidad que una croqueta de bacalao en una noche de vigilia, sin avisar. Dejémoslo en que la antigua Sevillana -actual Endesa- se desbordaba en los días de invierno (en Sevilla también hace frío) y echaba humo sus magníficas instalaciones con los consiguientes apagones en las casas. Para mi el día que nos quedábamos sin luz, eran una auténtica fiesta, un jolgorio familiar. Era la hora de sacar el brasero de cisco picón y comenzar a peregrinar desde cualquier rincón de la casa donde nos encontráramos para acabar amparado por la mesa camilla, mientras nos entreteníamos con otra partida de parchís. La estufa de carbón sólo se utilizaba ya en mi casa en días especiales como ese. Si Proust apelaba a su magdalena para atiborrarse de recuerdos infantiles, yo colmo mi memoria recordando el intenso aroma de alhucema que desprendía ese fondo de rescoldos vivificante; y aparte es más poético que una triste magdalena.
Había días que coincidía el respectivo apagón eléctrico con que mi madre había preparado manteca colorá para desayunar y merendar, entonces, yo, en un arrebato místico de los que sólo puede sufrir un niño de ocho años, pensaba que no se le podía pedir más a la vida.
Salía a la terraza y todas las casas que veía estaban a oscuras. Las farolas apagadas pergeñaban como sombras siniestra que a mi me daba mucho temor, pero también despertaba en mi la conciencia de lo desconocido. El olor de la humedad, del vino que subía del bar de mi padre, los petardos que tiraban los niños mayores que les sobraron de las fiestas navideñas, todo absolutamente todo, comenzaba a tener una nueva percepción para mi, más auténtica, menos impostada. Eran los días que tenía que bañarme con el agua hirviendo que se calentaba en la olla donde se preparaba el puchero de nochebuena, las tardes interminables donde se dejaba la caja de roscos de vino y alfajores en la mesa. Cada minuto de esas jornadas sin luz, pedía que no volviese la electricidad, que me lo pasaba mejor así
-como vivían los antiguos, papá.

En el discurrir de la noche, siempre había un valiente cargado de anís que se lanzaba con la primera saeta, entonces, sólo entonces, era consciente que faltaba poco para que la cuaresma y la verdadera Luz inundasen mis días.

2 comentarios:

  1. Vas a echar todo esto de menos cuando nos vayamos a Gongeland. O a Calgary.

    Un saludo

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  2. Cómo me gustaría escuchar una saeta en una noche sevillana.
    A mí el brasero me recuerda a mi abuela, aunque ya sólo los he conocido eléctricos.

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