domingo, 7 de febrero de 2010

“Viendo no ven, y oyendo no oyen ni entiende” (Mt 13,13)

Tras las huellas insomnes del ganado, la infantería de los cruzados se dirigían a Jerusalén,
la tierra por conquistar para la cristiandad. La plebe que arremolinaban el camino a tierra santa no salían de su asombro al contemplar los batallones de monjes cargados con las armas que debían arrojar de la ciudad a los mahometanos.
Todo transcurría con una marcialidad digna de reyes. Divisaron la explanada al atardecer, cuando el sol se disponía a sucumbir y la luz dejaba un reguero de plata antigua.
Tras semanas y meses cabalgando a lomo de una Europa pertrechada de lanzas contra el Islam, se hacían comunión con los pastos de oriente.

Texto sacado de un futuro libro que quiero escribir sobre las cruzadas. Tal vez esté el tema muy trillado, pero me apasiona. Si alguien quiere que un personaje del futuro libro lleve su nombre, que me lo haga saber. Ya le buscaremos un hueco, y llegaremos a un pacto, claro.
Deben saber que a mayor relevancia, mayor será el pacto.

Que tengan un delicioso día.

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