martes, 23 de febrero de 2010

El Descendimiento


El cielo estaba todavía oscuro y nebuloso cuando José y Nicodemus se fueron al Calvario: allí se encontraron con sus criados y las santas mujeres que lloraban sentadas en frente de la cruz. Casio y muchos soldados, que se habían convertido, estaban a cierta distancia, tímidos y respetuosos. José y Nicodemus contaron a la Virgen y a Juan todo lo que habían hecho para librar a Jesús de una muerte ignominiosa, y cómo habían obtenido que no rompiesen los huesos al Señor. Entre tanto llegó el centurión Abenadar, y luego comenzaron la piadosa obra del descendimiento de la cruz, para embalsamar el sagrado cuerpo del Señor. Casio se acercó también, y contó a Abenadar la milagrosa curación de la vista. Todos se sentían muy conmovidos, llenos de tristeza y de amor. Nicodemus y José pusieron las escaleras detrás de la cruz, subieron y arrancaron los clavos. En seguida descendieron despacio el santo Cuerpo, bajando escalón por escalón con las mayores precauciones. Fue un espectáculo muy tierno; tenían el mismo cuidado, las mismas precauciones como si hubiesen temido causar algún dolor a Jesús. Todos los circunstantes tenían los ojos fijos en el cuerpo del Señor y seguían sus movimientos, levantaban las manos al cielo, derramaban lágrimas y daban señales del más profundo dolor. Todos estaban penetrados de un respeto profundo, hablando sólo en voz baja para ayudarse unos a otros. Mientras los martillazos se oían, María, Magdalena y todos los que estaban presentes a la crucifixión, tenían el corazón partido. El ruido de esos golpes les recordaba los padecimientos de Jesús; temían oír otra vez el grito penetrante de sus sufrimientos. Habiendo descendido el santo Cuerpo, lo envolvieron y lo pusieron en los brazos de su Madre, que se los tendía poseída de dolor y de amor. Así la Virgen Santísima sostenía por última vez en sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no había podido dar ninguna prueba de su amor en todo su martirio; contempló sus heridas, cubrió de ósculos su cara ensangrentada, mientras Magdalena reposaba la suya sobre sus pies. Después de un rato, Juan, acercándose a la Virgen, le suplicó que se separase de su Hijo para que le pudieran embalsamar, porque se acercaba el sábado. María se despidió de Él en los términos más tiernos. Entonces los hombres lo tomaron de los brazos de su madre y lo llevaron a un sitio más bajo que la cumbre del Gólgota, que ofrecía gran comodidad para hacer el embalsamamiento. Lo hicieron en seguida y envolvieron después el santo Cuerpo en un gran lienzo blanco. Cuando todos se arrodillaron para despedirse de Él, se operó delante de sus ojos un gran milagro: el sagrado cuerpo de Jesús, con sus heridas, apareció representado sobre el lienzo que lo cubría, como si hubiese querido recompensar su celo y su amor, y dejarles un retrato a través de los velos que lo cubrían. Era un retrato sobrenatural, un testimonio de la divinidad creadora, que residía siempre en el cuerpo de Jesús.




Extracto del libro sobre las visiones de Ana Catalina Emmerick
La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

TOMÁS LUIS DE VICTORIA Misa "Ave maris stella". "Agnus Dei"




9 comentarios:

  1. Una escena muy bien descrita. Te felicita.

    Saludos

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  2. Bello y emocionante texto de cuaresma. Sobrecogedora música y de equiparable nivel plástico, si comparación posible se pudiera realizar, en la soberbia ilustración.

    He estado tentado de llamarte estos días, al no tener noticias blogeras tuyas.
    Me alegra volver a visitarte y compartir contigo.

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  3. Guido:
    Esta mujer, Ana Catalina Emmerick, no sabía casi escribir, tuvo que ser el poeta alemán Clemens María Brentano quien pasase a papel sus visiones. Se dice que en 12 años sólo se alimentó de la Sagrada Forma y de agua.
    A mi me ha dejado sus Visiones bastante conmovido, como flotando en un mar de certezas.
    Sabes, hay textos, palabras, que transmiten una verdad insoslayable, un suspiro veraz sustentado en algo sobrenatural. Creas o no en lo que cuenta Emmerick, sus palabras transmite autenticidad.
    Una historia para que sea creible debe tener verosimilitud, da igual que cuentes la invasión de la Tierra por criaturas zapatéticas venidas del planta Zumbao. Tiene que transmitir verosimilitud.

    Pues imaginate lo que he podido disfrutar - ojo, que también he sufrido-, leyendo a Emmerick. Mel Gibson basó su Pasión de Cristo en este libro.

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  4. Locuaz:
    Impresionte la pintura, sobrecogedor el texto y sublime la música. Si tuviera que explicarle a un androide zapatético del planeta Zumbao de que va eso del Amor Verdadero, le enseñaría el post de hoy.

    Saludos, se te echaba en falta.

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  5. No hace ni dos meses que leí este libro. Como en el caso de "Caballo de Troya" (¿recuerdas que lo comentábamos hace poco en mi blog?), este libro me hizo llorar al ir avanzando en la lectura de la Pasión.

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  6. S.Cid: Hay lecturas que alimentan el alma, ya sea por su sencillez, ya por la sabiduría que desprenden. Este libro destila un perfume verdadero, cierto, cargado de una generosa humildad, sufriente. No hay sentimentalismo, ni brindis al sol, no se gusta en la faena, más que mostrar, enseña.
    ¿Por qué no cuentas algo S.Cid de lo que te provocó su lectura?. Con tus palabras seguro que nos haces ver otras lecturas.

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  7. Ojalá supiera cómo hacerlo, pero el talento no me da para tanto, amigo Bate...

    No comento en mi blog todos los libros que leo: unos se caen porque no les veo nada comentable; otros, porque mis comentarios serían demasiado personales. Éste es uno de ellos. Sí te contaré, que hube de escaparme más de una vez durante su lectura en busca de soledad..., donde se llora más a gusto :-)

    Saludos.

    S. Cid

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  8. Vaya, parece que la beata Emmerich nos conmovió con sus visiones. Entiendo tu llanto, y que buscases la soledad. Hay cosas que necesitan silencio para que germinen en el interior.
    Yo necesito cada vez más el silencio para respirar.

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