viernes, 29 de enero de 2010

Para Guido Finzi



El antiguo testamento es la historia de Dios con su pueblo elegido. El propio Dios le da un nombre. Ocurrió el día en que luchó con el patriarca Jacob. Jacob no se dejó vencer por el Señor del universo, por lo que desde entonces se llamaría “Israel”, “el luchador de Dios”.
¿Pero por qué eligió Dios a un pueblo? ¿Y por qué especialmente a ése?

El Antiguo Testamento, el Deuteronomio por ejemplo, resalta una y otra vez la especificad de esa elección. Dios dice al pueblo por boca de Moisés: “No os he elegido porque seáis un pueblo especialmente grande, o especialmente importante, ni porque tengáis esta o aquella cualidad, sino porque os amo, por libre elección”.
Analizar racionalmente las causas de dicha elección es imposible, sigue siendo un misterio. Aunque una cosa es evidente: Dios elige. Pero no elige para excluir a los demás, sino para llegar a unos por medio de otros y entrar en el juego de la historia.

Ese pueblo elegido tuvo que pasar por el exilio dos mil de sus tres mil años de historia y todavía hoy lucha por su seguridad dentro de su propio Estado. Uno se pregunta: ¿por qué el Egipto de los faraones fue tan grande y poderoso, y precisamente el pueblo con el que Dios estableció su alianza ha sido perseguido a través de los siglos, expulsado y torturado, hasta llegar al intento de aniquilación absoluta con el holocausto?

Las categorías divinas son diferentes. La elección de Dios no confiere grandeza en el sentido terrenal. El no confiere grandeza en el sentido de las categorías terrenales. Él no convierte a su pueblo en una gran potencia, sino que se revela y actúa a través de lo humilde. A escala divina, no es la gran potencia lo que cuenta, sino el acontecer de la fe.
A ello estaba llamado evidentemente un pueblo que, entre las grandes potencias, uncido a Egipto y a Babilonia, padeció siempre la amenaza de la desmoralización. Así pues, Dios escribe su propia historia justo en cualquier cosa excepto en un poder mundano. Y de ello también podemos aprender que la Iglesia tampoco es importante por su poder terrenal
Esto también puede enseñarnos la gradación de las categorías, lo que es esencial y no esencial en la vida. Pero, repitámoslo, no es asunto nuestro calcular en particular las razones de Dios. Él nos muestra un camino, una dirección, y se reserva su soberanía.

Del libro Sal de la Tierra

2 comentarios:

  1. Mil gracias. Te quedo muy agradecido por el detalle.

    Shabat Shalom, javer.

    PD: Lo acabo de ver mientras hacía un descanso en la lectura del Diario de Hélène Berr.

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  2. Un Dios que es ante todo humilde y que no se cansa de ejercer como tal. Digo yo que algún día aprenderemos la lección, ¿no? Porque mira que lleva tiempo dándonos tiempo para que lo hagamos.

    Bonito texto que viene, además, muy bien leer.

    Saludos.

    S. Cid

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