domingo, 27 de septiembre de 2009

VERDADERA LUZ



Antes, -y cuando digo antes, me refiero a los años de mi niñez- en los días de tormenta y lluvia, la luz se iba de mi casa con la misma facilidad que una croqueta de bacalao en una noche de vigilia, sin avisar. Dejémoslo en que la antigua Sevillana -actual Endesa- se desbordaba en los días de invierno (en Sevilla también hace frío) y echaba humo sus magníficas instalaciones con los consiguientes apagones en las casas. Para mi el día que nos quedábamos sin luz, eran una auténtica fiesta, un jolgorio familiar. Era la hora de sacar el brasero de cisco picón y comenzar a peregrinar desde cualquier rincón de la casa donde nos encontráramos para acabar amparado por la mesa camilla, mientras nos entreteníamos con otra partida de parchís. La estufa de carbón sólo se utilizaba ya en mi casa en días especiales como ese. Si Proust apelaba a su magdalena para atiborrarse de recuerdos infantiles, yo colmo mi memoria recordando el intenso aroma de alhucema que desprendía ese fondo de rescoldos vivificante; y aparte es más poético que una triste magdalena.
Había días que coincidía el respectivo apagón eléctrico con que mi madre había preparado manteca colorá para desayunar y merendar, entonces, yo, en un arrebato místico de los que sólo puede sufrir un niño de ocho años, pensaba que no se le podía pedir más a la vida.
Salía a la terraza y todas las casas que veía estaban a oscuras. Las farolas apagadas pergeñaban como sombras siniestra que a mi me daba mucho temor, pero también despertaba en mi la conciencia de lo desconocido. El olor de la humedad, del vino que subía del bar de mi padre, los petardos que tiraban los niños mayores que les sobraron de las fiestas navideñas, todo absolutamente todo, comenzaba a tener una nueva percepción para mi, más auténtica, menos impostada. Eran los días que tenía que bañarme con el agua hirviendo que se calentaba en la olla donde se preparaba el puchero de nochebuena, las tardes interminables donde se dejaba la caja de roscos de vino y alfajores en la mesa. Cada minuto de esas jornadas sin luz, pedía que no volviese la electricidad, que me lo pasaba mejor así
-como vivían los antiguos, papá.

En el discurrir de la noche, siempre había un valiente cargado de anís que se lanzaba con la primera saeta, entonces, sólo entonces, era consciente que faltaba poco para que la cuaresma y la verdadera Luz inundase mis días.

4 comentarios:

  1. ¡Que recuerdos amigo! Los constantes apagones que sufríamos la población de familias de clases humildes, en los pobretones núcleos- pueblos dormitorios del Aljarafe sevillano. Según se decía, debido al eterno problema de una sub-estación de Sevillana (sin el Endesa), situada en Camas o la Pañoleta, insuficiente en su previsión de abastecimiento de electricidad, a una cada vez mayor población de aluvión (proveniente de los pueblos) que se concentraba en la periferia del extrarradio de Sevilla.

    Época en las que había una vecindad impuesta o no, un sentido del barrio, un compartir las necesidades y un buscar la calle, aunque fuera de noche cerrada como la boca de un lobo como cuando ocurrían los apagones.

    Ahora el Aljarafe se ha convertido en feudo de una clase media, que habita en urbanizaciones de adosados (media-baja), o chalet (media-media/media-alta), y que lejos de fomentar la vecindad, intenta chinchar al vecino con el nuevo cambio de coche, la piscina o el último capricho comprado al niño.

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  2. Pues a mí me recuerda al pueblo de Extremadura donde viví mi infancia. Aquellas tardes oscuras, a la luz de una palmatoria que mi madre ponía sobre la mesa camilla. Nos pasábamos el rato canturreando "Niño Jesús, que venga la luz; niño Jesús, que venga la luz" (no entiendo cómo a mi madre no le daba algo, porque era para agotar los nervios de cualquiera).

    A veces fuera sonaba el viento y llovía a rabiar... Daba miedo, pero qué bien se estaba en casa y qué gusto da recordar aquellos tiempos... Bonito texto, Bate, y preciosa la evocación que me has provocado de tiempos pasados... que fueron tan felices.

    Saludos.

    S. Cid

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  3. Yo vivía en Madrid, y mis recuerdos infantiles no están ligados a apagones, si no al escaparate de la pastelería/cafetería "Californía" que estaba bajo mi casa.
    Me podía pasar las horas muertas mirando aquel escaparate de dulces y pasteles maravillosos, de tartas perfectas de fresa y chocolate,de milhojas de nata,de barquillos de canela y limón, de bandejas de bombones,de boles inmensos llenos de gominolas, de palos de nata...
    Un día, sor Teresa,nos pidió(yo tenía siete años) que describieramos como pensabamos que sería el cielo.
    Yo fui concisa:como el escaparate de "California".

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  4. Me has recordado cuando iba a casa de mi abuela, y buscaba el brasero, para explicarle lo que entonces creía mis padres no entendían. Y en cuanto al video, no he podido gozar de esa fantástica visión, nada más que por pantalla. El año que mis hijos estuvieron, vinieron emocionadísimos.
    Por cierto: Pa que te dicho na de los comentarios en el blog citado abajo. Que te conozco.
    A que no te resistes?

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