sábado, 15 de agosto de 2009

Primer día en isla de Gongelad

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La primera impresión que recibe uno como un susurro al desembarcar en la isla, es el olor a naturaleza que lo invade todo. La fragancia que desprende la madera de las casas cercanas al puerto, casitas construidas por los marineros que pasan aquí buena parte del año; el salitre quejumbroso y húmedo que corroe el frío aire de la isla, la hierba que todavía no se ha ocultado tras la nieve, como un montón de recuerdos.
Los graznidos de las gaviotas retumban en toda la isla con la fuerza de un viento huracanado, con el nervio de un grito punzante al que cuesta acostumbrarse. Me tendré que acostumbrar, que remedio, a estos bichos voladores a los que desde el primer día comienzo a odiar. ¿Se puede odiar a unas criaturas creadas por Dios para El sabe qué, y con que fin?
Se puede.
Para que fueron creadas no lo tengo claro, el fin, no me cabe la menor duda es para poner a prueba los nervios de cada uno de los trescientos sesenta y cinco días que voy a pasar en esta isla alejada de todo, y de todos.
Nadie de aquí entiende que mi año sabático lo pase en una isla del ártico, con la compañía de algunos libros y a cuesta con el violoncello. A cuesta, siempre cargando con este mamotreto. Quizás no lo toque ningún día, pero me gusta tenerlo a mi lado, mirarlo, que me vea. Sentir que me acompaña.
He dedicado tantos esfuerzos para intentar sacar de su alma algo por lo que merezca seguir con vida.

Y los de allí, simplemente me toman por loco.
¿Donde está mi lugar?!!…,Aquí.

La casa que pude alquilar desde España es mejor de lo que esperaba. Salón, con chimenea, un cuarto para dormir, y una cocina de horno, donde podré cocinar todo lo que madre me enseñó, que es mucho y bueno. Podré disfrutar, gracias a unos inmensos ventanales que hay en el salón, de la luz que permite el ártico. Todo muy acogedor. ´
La casera es una mujer de facciones dulce y sonrisa austera. Su larga melena trigueña tiene parecido a una lengua de fuego. La sonrisa por estas latitudes no se prodiga mucho. Su raigambre calvinista, sale a relucir en la mirada pétrea y abrupta que se gastan las gentes que viven por los confines del fin del mundo. El primer contacto con una persona de esta isla me ha dejado frío.
Enciendo la chimenea para ver como tira y saber si necesita alguna reforma, tengo que aligerarme antes que se largue Mary, la casera, para constatar que todo está en su sitio.

El fascinante encuentro que tengo con el mar en las primeras horas de la tarde me hace sentir miserable, atrapado por una araña de ensueño en este lado del planeta. Desde la ventana del salón puedo divisar la playa, una playa de arena blanca y reluciente entorno, salteada por rocas de diferente tamaños. No necesito más, nada. Solo acariciar la luz de la tarde que bajo diferentes tonalidades se desvanece.
El rugido del mar, llama a la calma.

1 comentario:

  1. Yo quiero el año sabatico, quiero la isla, quiero el silencio, solo el sonido que Dios ha creado. Hoy necesito esa isla.
    Un abrazo

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