martes, 16 de junio de 2009

Frio



La nieve, los campos nevados, la soledad del camino, tiene algo que hace sentir vivo, mas lúcido que nunca, y mas cercano a la quietud de lo que nunca pude imaginar. La serenidad hay que demandarla en nosotros, pero ayuda mucho el terreno donde pisamos, lo que vemos, como respiramos.
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Nunca encontraré nada interesante en un lugar donde siempre es verano, me agobia la sola idea de vivir allí, de sentirme todo el día sudoroso y amodorrado. Llevamos por el centro de la península más días de lo apetecible rondando los cuarenta grados. No se descansa bien, las noches se alargan en el fragor de la vigilia. Todo empieza a transformarse en un gigantesco horno vernáculo, surgido de una marabunta infernal.
No me gusta el verano, ni sus ritos ni sus reglas. Me produce escozor en las meninges la sola imagen de un tipo en chanclas, o la dantesca costumbre de un día en la playa acompañado de tres millones de seres vivos. La humanidad surgida de la ilustración, la del culto al conocimiento, no habita en esos parajes, por lo menos yo, ya no. Huyo de la masa como del aceite hirviendo, circunlocución que me viene como anillo al dedo.
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Dejo reposar mis bastones sobre un dulce temblor de frío que abre la senda del camino. No hay atajo para llegar a la cima, solo se camina con la esperanza puesta en la luz que deja sobornarse.
Nubes bajas, amenaza de nieve. El camino se vuelve por momentos intransitable, tortuoso, imperecedero como los árboles de hojas caducas. Las ramas congeladas al abrigo de una noche donde cayó la temperatura hasta los 16 grados bajo cero. Se cruza en mi camino un cervatillo que busca algo, percibe que alguien lo observa y sale como un chiflado en busca del rebaño, la manada o donde diablo le esperen. Le he asustado, solo el y yo, nada más. Intento seguirle pero no puedo, estoy en su territorio y me es imposible alcanzarlo. Hay trayectos donde es imposible adentrarse en la nieve. Me apetece un café bien cargado y muy caliente. Seguir para adelante me sugiere un peligro próximo, no me achanta, pero me apetece un café cargado y caliente. Dejaré para otro día mis deudas con la montaña, llevo con los pies mojados mas de una hora y empiezo a notarlo.
Las huellas siguen en el camino indicando la salida. Hubo suerte.

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Quizás tengamos una idea equivocada de los animales que viven continuamente en el frío…

*Fotos sacadas de mi ascenso a Peñalara (sierra de Guadarrama)

3 comentarios:

  1. Muy bonitas fotos. Refrescan.
    A mí sí me gusta el calor, claro que con moderación, como todo en esta vida, pero no soporto la playa abarrotada, prefiero ir a partir de Septiembre, mejor sería decir que me gusta la orilla del mar... ;)
    Yo no me atrevería a salir afuera con esa cantidad de nieve, seguramente estaría helada al cabo de un rato, parece que no tengo sangre en las venas, pero esa sensación de estar sola en el mundo, en un mundo dormido, la he tenido alguna vez en mis 'excursiones' a las huertas en La Mancha, cuando hasta los pájaros dormitan en las ramas de puro calor...
    Abrazos.

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  2. Me decía un amigo de la infancia, que del verano sólo le gustaba la primera semana, y que el resto le sobraba, estaba de más.
    Los que padecemos el vivir en Sevilla, lo soportamos como una maldición de los Dioses. El fértil valle del Guadalquivir, tan acogedor de grandes pueblos que apreciaron sus virtudes, tiene sin embargo un clima en verano que in-civiliza al más pintao. Por eso creo que los romanos de Itálica veraneaban en las playas de “Baelo Claudia” en Bolonia (Tarifa).

    A mí me cambia el carácter cuando empiezan las calores; Me vuelvo irascible, poco hablador y sociable (sí, más aun). La ciudad, a medida que se aproxima el calor, muta de su aspecto de urbe meridional con sus naturales atractivos, a un paisaje cada vez más tercermundista y desolador. La gente utiliza el calor como coartada para hacer más desaguisados y tropelías, tanto en lo cívico, como con las normas de tráfico. La limpieza brilla por su ausencia. Se llenan las calles de esos charquitos de los desagües de los aires acondicionados que dan mal aspecto. Los malos olores hacen su aparición. La atmosfera adquiere un aspecto turbio y sucio, insano.
    En los meses de julio y agosto aparece en Sevilla un paisanaje raro; no son guiris. Parecen gentes escapadas de un conflicto bélico con aspecto de refugiados-mercenarios. A mí me dan siempre muy mala espina.

    Anhelo la llegada de la época de lluvias, porque como bien decía usted, la lluvia civiliza y se lleva por delante todos los malos rollos que se apoderan del aire y así respiramos mejor.
    Me ha gustado sobremanera su entrada.

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  3. "La serenidad hay que demandarla en nosotros pero ayuda mucho el terreno donde pisamos, lo que vemos, como respiramos". Y, qué razón tienes amigo, creo que, por mucho que la busquemos o, intentemos que nos acompañe, luchando por evitar su huida, como es mi caso, a veces se me va, involuntariamente, eso sí, depende muchísimo de lo que y quienes nos rodean y de las sensaciones que esto nos provoca. Me ha encantadooo. Un beso.

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